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La última llamada

Por Jon San José Beitia

Desde que ganara el Oscar por su interpretación en Monster´s ball, Halle Berry encadena fracaso tras fracaso, no sólo en lo que se refiere a la calidad de sus interpretaciones, sino a estrepitosos fracasos de taquilla por participar en productos de baja calidad e interés.

La última llamada se convierte en otro reclamo por parte de la actriz, Halle Berry, para recuperar protagonismo en las producciones de Hollywood, pero su estatus de estrella ha dejado de brillar hace tiempo y ya no tiene el gancho de antaño.

A la actriz sólo le queda seguir participando en productos mediocres y carentes de originalidad como esta última llamada y refugiarse bajo la capa de la mutante tormenta, de los X-men.

Si olvidamos la caída sin freno de la actriz y nos centramos en la película que protagoniza, nos encontramos con un producto de corte televisivo, carente de originalidad y atractivo. Se apoya en el desarrollo angustioso de un secuestro y de una operaria de teléfono, que se encarga de atender las llamadas que llegan al Departamento de Policía tras haber sufrido la impotencia de no poder hacer nada ante un crimen que se estaba cometiendo al otro lado del teléfono.

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A pesar de ser previsible, logra captar la atención del espectador, gracias a la tensión que se respira a cada instante, manteniendo el suspense y apoyándose en la angustia que padecen secuestrada y telefonista.

La traumática vivencia sufrida por la telefonista en el pasado ayuda a comprender su dedicación y entrega en el caso. La situación del argumento se hace más insostenible a medida que avanza y a pesar de ofrecer algunos instantes interesantes, llenos de tensión, resultan forzados. Llega un punto en el que se hace tan inverosímil que los responsables de la película optan por buscar una solución fácil y rápida para el lucimiento de Halle Berry, cuyo personaje se lanza a resolver el caso por arte de magia e intuición.

Encaja con el esquema tradicional de cualquier película de estas características, no sorprende y se limita a ser un vehículo de entretenimiento, a base de un argumento previsible plagado de situaciones de tensión inverosímiles.

Jon San José Beitia

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