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La última gran comedia musical de Hollywood

Por Enrique Fernández Lópiz

Se dice que en lo que en lo tocante a musicales no cabe la tibieza entre los aficionados al cine: o te gustan o los odias. Pero a mí me parece exagerada esta afirmación, pues si bien no soy un enamorado de las películas musicales, admito que algunas me han cautivado. Pondré sólo cuatro ejemplos: Cantando bajo la lluvia (1952) de Stanley Donen y Gene Kelly; Siete novias para siete hermanos (1957), de Stanley Donen; West Side Story (1961) de Robert Wise y Jerome Robbins; y finalmente, para no extenderme, La leyenda de la ciudad sin nombre (1969) de Joshua Logan. Todas ellas me encantaron. Pues bien, esta me ha parecido también un gran y hermoso musical que me hace pensar cómo géneros que parecen fuera del circuito de la modernidad, tal el género musical (también ocurre con el Wéstern), tienen una tendencia a retroalimentarse de manera invariable, como si se tratara de un acto reflejo, como tomando conciencia de que constituyen un tipo de cine para “conocedores” y aficionados con buen gusto, pero que tienen también una proyección cara al gran público.

Nada más comenzar este film, asistimos a un increíble y único plano secuencia, comprimiendo todo el vigor y la magia del cine musical hollywoodiense, donde un elenco de bailarines coloristas y muy frescos danzan entre los automóviles, dentro de un atasco en la ciudad de Los Ángeles. Ya este punto de arranque hace que te pongas las pilas, pues realmente es un llamativo borbotar ebullescente y alentador de variopintos personajes que danzan con gran agilidad entre la empantanada fila de coches parados al son de una maravillosa música. Esta escena te anima y te motiva a ver qué cosa sigue a esta música y coreografía de una distinción apabullante.

En la historia, Mia (Emma Stone) es una de tantas aspirantes a actriz que trabaja como camarera, buscando el sueño hollywoodense y yendo a pruebas de casting en su tiempo libre. Sebastian (Ryan Gosling) es un virtuoso pianista de jazz que trabaja a salto de mata en bares de segunda, cuyo sueño es tener su propio club y rendir tributo al Jazz más puro. Ya en el atasco a que he hecho mención, pero luego de manera más potente y efectiva, los destinos de Mia y Sebastian se cruzan y la pareja acabará enamorándose, un vínculo que florece con fuerza pero que más tarde habrá de poner en riesgo las aspiraciones de ambos. Y en esa constante competencia por encontrar un lugar en el mundo artístico, la pareja se dará cuenta que la difícil armonización entre el amor y el arte se va convirtiendo en un obstáculo insalvable, “el día a día de cómo la vida te va poniendo zancadillas en forma de ambición personal, de lucha continua para salir del hoyo, de las decepciones y de lo difícil que es la duración del amor cuando el quehacer diario le pega hachazos continuos” (Cuéllar).

El joven Damien Chazelle, el nuevo “muchacho maravilla” (“wonder boy”) de Hollywood consigue con esta película una manera real maravillosa de disociar la realidad de la fantasía, acercándose con enorme éxito a lo que podría denominar cine-deseo. Y además, precioso cine-deseo que da un nuevo impulso al musical, con una inflamada y potente apelación a la pasión, la nostalgia y el anhelo por el arte y la creación. Tiene la obra un excelente guión del mismo Chazelle, que consigue contar muy bien una hermosa historia de amor “juguetona y cálida durante mucho tiempo, finalmente triste […] de un romanticismo creíble, nada empalagoso”. Y lo más grande es que lo hace con la valentía y el arrojo para que la más potente industria del cine, Hollywood, consienta ¡un desenlace amargo en un musical! Y a fe que lo consigue con absoluto éxito.

Las canciones y banda sonora original fueron compuestas y llevadas a cabo por la orquesta de Justin Hurwitz, una música muy hermosa, variada, que incluye Jazz, clásicos y una exquisita melodía que enternece a la vez que alegra el corazón; sin olvidar la preciosa canción The Fools Who Dream cantada por Emma Stone (https://www.youtube.com/watch?v=UlunjmpaRVU). La fotografía de Linus Sandgren es esplendorosa, fotografía de lujo para escenas antológicas. Puesta en escena envidiable: vestuario, decorados, lo tiene prácticamente todo.

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En el reparto está Emma Stone, una actriz que yo adoro, con esa belleza de ojos saltones poco dada a los cánones al uso, una forma de preciosidad casi cubista; y aunque algunos digan que la Stone no es guapa, lo cual puedo respetar, lo que sí es una actriz de bandera que llega a resultar hasta sexy. Ryan Gosling, ese actor tipo hombre-orquesta que lo interpreta todo, otorga enorme credibilidad y encanto a su personaje. Lo que ocurre además es que, sin ser ambos actores cantantes o bailarines, cantan y bailan más que aceptablemente. El resto de actores y actrices están para quitarse el sombrero. Así, John Legend, Rosemarie De Witt, J.K. Simmons, Finn Wittrock, Sonova Mizuno, Jessica Rothe, Jason Fuchs, Callie Hernandez, Trevor Lissauer, Phillip E. Walker, Hemky Madera y Kaye L. Morris.

Premios y nominaciones en 2016 (a 14/01/17): 7 Globos de Oro: incluyendo Mejor comedia/musical, director, actor y actriz. Premios BAFTA: 11 nominaciones, incluyendo Mejor película y director. 8 Critics Choice Awards: incluyendo Mejor película y director. 12 nominaciones. Festival de Toronto: Premio del Público. Festival de Venecia: Mejor actriz (Emma Stone). American Film Institute (AFI): Top 10 – Mejores películas del año. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película. Críticos de Los Angeles: Mejor banda sonora. 6 nominaciones. National Board of Review (NBR): Mejores 10 películas del año. Satellite Awards: Mejor película, banda sonora, canción y dir. artística. 13 nominaciones. Sindicato de Directores (DGA): Nominada a Mejor director. Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión original. Sindicato de Actores (SAG): Nominada a Mejor actor (Gosling) y Actriz (Stone).

Película que homenajea al baile, a la música, a la canción y a ese íntimo instinto que nos conduce a modo de necesidad al arte, incluso por derroteros oníricos. De hecho, en este musical, “el principio de realidad se suspende y ante los ojos del espectador sólo queda la ensoñación como argumento” (Martínez).

Por supuesto el film es una cinta de amor, pero de las bonitas, no ñoña, no empalagosa. De hecho, hay en este denominado musical –que luego no lo es tanto-, casi sesenta minutos en los que no aparece una canción, quedando la música “solapada por la bellísima historia de amor que nos relata […] la emoción va subiendo de tono a medida que los impecables Gosling y Stone van encontrándose y peleando codo a codo por perseguir sus sueños. Porque la película va de eso, de sueños y de amores” (Cuéllar). Y esta trama sublima una perseverante belleza en cada fotograma que pasa. La elegancia y el talento con que Chazelle construye cada toma hacen soñar a los protagonistas, y además, consigue que éstos lleven su ilusión a la retina del espectador. Y qué decir del final, es muy emocionante, casi de lágrima, es tierno, es entrañable, es un “hola y adiós” y lo que pudo ser y no fue. Chazelle afirmó: “No me gustan los finales felices” […] Creo que no hay nada más romántico que dos personas que comparten un recuerdo que sólo les pertenece a ellos. Después de todo, en un musical las canciones siempre se acaban, devolviéndote al mundo real. No hablaría de amargura, sino de melancolía”. Y añadió para subrayar este aspecto: “Ahora más que nunca necesitamos esperanza y romanticismo en las películas. Son el lenguaje de los sueños, porque la realidad a menudo no está a la altura de nuestras fantasías”.

Decía por eso al empezar estos comentarios que los musicales, pasado un tiempo sin que aparezca uno nuevo, acaban por resurgir tomando como modelo los clásicos del género porque, como el propio Chazelle afirma: “Hay una razón por la que los musicales antiguos son atemporales. Se justifican de forma emocional, es eso lo que dicta las canciones. A la vez, genera una gran responsabilidad sobre el director durante todo el filme”. Este es un ejemplo de ello, un ejemplo digno de elogio, para contento de quien vaya a verlo.

Además, esta película es igualmente una alegoría bien trabada de la industria del cine en Hollywood. De hecho, el propio director ha confesado que su obra es un homenaje a la ciudad de Los Ángeles. De manera que mira por dónde, Chazelle no hace sino recorrer puntada a puntada el conocido patrón de esa mítica película a la que antes hacía mención, Cantando bajo la lluvia, de Donen y Kelly.

Y hay otro aspecto que me parece muy destacable en esta cinta. Se trata de cómo la historia pone en evidencia que las aspiraciones y los sueños de los protagonistas requieren de mucho esfuerzo, trabajo, perseverancia  y una fe indestructible en lo que se desea, en aquello a lo que se aspira. La propia Emma Stone dice: “No tenemos que vivir de manera cínica, esta película no lo es nunca mientras que los jóvenes de hoy en día sí lo son. Queríamos mostrarles que hay que trabajar con todo ti mismo para lograr algo”. Gran lección para una generación educada en la facilitación y que luego no sabe responder ante los obstáculos y las frustraciones que la vida nos pone a la vuelta de cada esquina.

Resumiendo, es una película que irradia alegría y ternura. Como decía nuestro insigne poeta José Hierro: “Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría/ no podrá morir nunca”. Esta es una obra para salir bailando de la sala, o tatareando su música; pero también, que todo hay que decirlo, para poner “en duda el triunfo del amor con una sonrisa” (Marañón). La La Land también tararea entre susurros nuestro fracaso.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=zBRkZZ6K1YU.

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