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La última fortaleza

Por Jon San José Beitia

Cine carcelario, plagado de tópicos y situaciones inverosímiles, que cuenta en su reparto con la presencia de Robert Redford, que se coloca en un puesto diferente al que ocupaba en Brubaker, pero con un mismo fin, denunciar las duras condiciones de una prisión.

En esta ocasión ubica el relato en una prisión militar conocida como, La fortaleza, donde se suceden los abusos de autoridad.

La película va directa al grano, sin grandes florituras y explota los tópicos habituales del cine de cárceles, llegando a precipitarse en exceso a la hora de manifestar el choque de egos que se da entre el coronel responsable de imponer el orden en la prisión y uno de los presos, que fue encarcelado por no cumplir con las ordenes.

Parece que el viejo compañero de Paul Newman en Dos hombres y un destino, Robert Redford envidiaba a éste y se marca una escena muy similar a la protagonizada por Paul Newman en La leyenda del indomable.

El desarrollo de los personajes y las relaciones existentes entre ellos se presentan de una forma dinámica y muy simplista, abusando de los tradicionales tópicos, donde el malo es muy malo y el bueno, muy bueno.

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El encargado de plantar cara a Robert Redford es el famoso interprete principal de la serie, Los soprano, que aporta rudeza e intensidad a su personaje, consiguiendo hacerlo realmente odioso.

La sublevación de los reos es progresiva y se aprecia una evolución en el estado de ánimo de los prisioneros de guerra, gracias a la ayuda del personaje encarnado por Redford, que les devuelve a hacer creer en ellos mismos, creando un grupo unido y dispuesto a luchar por sus derechos.

Resultan patentes los dos tipos de enfrentamientos, el psicológico y el basado en la fuerza de las armas de fuego.

Según avanza la trama, todo va resultando demasiado previsible e inverosímil al mismo tiempo.

La operación de la sublevación se deja entrever, pero no queda bien descrita, de pronto por arte de magia, todo parece estar perfectamente planeado, con todo tipo de aparatos comunes, empleados como armas de destrucción masiva, que parecen creados por el propio MacGyver.

Toda la película tiene ese aroma patriótico de los americanos, con el que sacan pecho al ondear su bandera.

Si no se toma en serio, ni se cuestionan muchas cosas, se puede ver.

Jon San José Beitia

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Comentarios

  1. Cinepata

    ¡Grande Gandolfini! Que descanse en paz.

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