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La Tierra Media ya no es lo que era

Por Alejandro García-Castellano

Si tuviera que expresar con palabras lo que El Señor de los Anillos -en tanto que adaptación cinematográfica significa para mí- podría recubrir con palabras y palabras decenas de hojas y jamás podría describir con estas letras y espacios en blanco mis sentimientos hacia la primera trilogía que el director neozelandés más famoso del mundo acometió́ sobre el vasto y rico universo tolkeniano. Mis primeros recuerdos de la épica Guerra del Anillo se mantendrán incorruptos hasta el mismo día en que deje de recordar. Un orondo y desconocido cineasta, con una nimia nominación a Mejor Guión Original en su haber, decidió́, hace más de una década, trasladar a la pantalla grande una de las historias más reconocidas de la historia de la literatura. Convertir en imágenes lo que la pluma del profesor Tolkien había vertido sobre sus tres libros, era una odisea cinematográfica catalogada de imposible, antes de Jackson, por un director como Stanley Kubrick. Pero, a pesar de la advertencia del cineasta americano y gracias a la osadía de los productores que apostaron por un proyecto problemático y sin esperanzas de éxito, Peter Jackson confeccionó tres de las mejores películas de la historia del cine. Una adaptación tremendamente compleja, dada la naturaleza de las novelas, fue resulta con éxito gracias al talento del director y de sus dos socias, que le han acompañado desde sus humildes orígenes: Fran Walsh, su mujer, y Philippa Boyens, una gran conocedora de la literatura de Tolkien que aportó su conocimiento y capacidad a los largometrajes, en beneficio de Jackson. Las películas se convirtieron en la mejor bienvenida que se podía conceder al nuevo siglo y, además, revolucionaron el género de la fantasía, hasta entonces despreciado por la Academia de Cine americana. El cineasta neozelandés se proclamó rey del mismo mundo que había conquistado James Cameron pocos años atrás, al recibir por El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (id. The Lord of the Rings: The Return of the King, 2003, Peter Jackson) once galardones en la ceremonia de los Oscar, igualando la cifra alcanzada por el barco del amor de Cameron y la epopeya bíblica de 1959: Ben-Hur (id. Ben-Hur, 1959, William Wyler). La trilogía del Anillo escribió́ su nombre en la roca de la historia, y Peter Jackson se convirtió́ en el cineasta más valorado de Hollywood, y en uno de los más reconocidos del mundo. Consumada su labor tras más de cinco años de esfuerzo y dedicación, Jackson supo en 2004 que el eco de su nombre iría a perdurar para siempre.

Tras casi diez años, se anunció su regreso a la Tierra Media. Peter Jackson volvería a cabalgar en La Comarca, para convertir en largometraje la breve novela que el profesor Tolkien escribió́ para sus hijos: El Hobbit. Atendiendo a lo que había logrado el cineasta en su primera incursión en el universo de El Señor de los Anillos, la expectación por lo que iría a perpetrar en su segunda correría era extraordinaria. La prosa de Tolkien y el innato talento de Jackson encendieron, de nuevo, la llama del entusiasmo, que prendió́ la paciencia de los cinéfilos, de los fanáticos y de los no tan fanáticos. Así́ pues, el año pasado asistimos al regreso del cineasta neozelandés al universo que había abandonado, hacía más de una década. Un proyecto vinculado en un principio al mexicano Guillermo del Toro, que el mismo director abandonó voluntariamente para así poder enfrascarse en un regreso todavía más personal a la gran pantalla, tras el estreno de Hellboy (id. Hellboy II: The Golden Army, 2008, Guillermo Del Toro): Pacific Rim (id. Pacific Rim, 2013, Guillermo del Toro). Jackson tomó las riendas que soltó el cineasta americano e hizo las veces de productor, guionista y director de la película. Tras el más que sonado fracaso de su último filmThe Lovely Bones (id. The Lovely Bones, 2009, Peter Jackson) y teniendo en mente sus hazañas de antaño, las expectativas ante lo que podría surgir de esta nueva coalición eran notorias. Pero, a pesar de todo, el resultado de esta vuelta no pudo ser más insatisfactorio. Jackson olvidó la magia que obró tiempo atrás y nos presentó una película para niños, cargada de efectos visuales y escenas rodadas por ordenador. Una trama estirada y forzada, para poder dotar de sentido a la trilogía que han decidido realizar; no hizo más que empeorar el largometraje y nos sugirió́ una pregunta: ¿cómo pudo Jackson hacer algo con tanta calidad como El Señor de los Anillos? (El interrogante aún sigue buscando una respuesta.) Pero, a pesar de todo, no perdimos la esperanza. Confiábamos en Jackson, y sabíamos que a pesar de su bochornosa primera entrega, la segunda película podría devolvernos al mejor cineasta… No podíamos estar más equivocados.

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El mismo día de su estreno, yo, incautamente, acudí al cine con ilusión, confiando en las primeras críticas sobre la película que habían visto la luz y que la tildaban de gran película de aventuras y maravilla de la fantasía moderna. Cinco para El Hobbit: La Desolación de Smaug (id. The Hobbit: The Desolation of Smaug, 2013, Peter Jackson), por favor -respondí a la taquillera, tras su desganado saludo-. A mis espaldas, un joven que no pasaría de la veintena, buscando convencer a su acompañante, una chica de larga melena rubia, no paraba de repetir: «Seguro que va a estar genial. ¿No dijo el mismo director que esta película iba a estar al nivel de la trilogía del anillo?» La chica se limitaba a sonreírle y asentir con la cabeza, preguntándose, seguramente, que era eso de “la trilogía del anillo”. Apenas les dediqué unas discretas miradas, pero el tiempo que retuvieron mi atención fue suficiente para cerciorarme de que no era el único que mantenía la fe en Jackson y sus recónditas capacidades. El aliciente de ver a un Bilbo, interpretado por un pletórico Martin Freeman y el interés suscitado por Smaug fueron suficientes para relegar a 12 años de esclavitud (id. 12 years a slave, 2013, Steve McQueen) al siguiente Viernes. Entendía que, una vez en la sala, iba a encontrar una adaptación nada fiel a la novela de Tolkien, cargada de acción y subtramas concebidas para el guión e inexistentes en la historia original. Pero como un medio diferente requiere necesidades diferentes, entendía también que una adaptación fidedigna de la obra del escritor inglés era imposible. El cine no es literatura. No se ha de criticar la adaptación en sí, sino la forma de adaptarlo. Pero en esta película da igual lo que critiques, el resultado no puede ser más nefasto.

Peter Jackson ha muerto. Esta segunda entrega demuestra que aquel director de principios de siglo murió́ junto al proyecto, una vez que todo finalizó. Jackson nació́ para consumar su trilogía del anillo, y nada más. No sé cómo pudo elaborar con tanta maestría una labor que requería de una destreza inusitada y poco repartida en el mundo del celuloide. Nunca entenderé́ cómo lo logró, pero lo hizo posible. La película que nos atañe es una declaración de intenciones contra el cine, entendiendo el cine como una manifestación artística. Una historia burda, aburrida y pueril, llena de peleas, peleas y más peleas, aderezadas todas ellas con unas interpretaciones lamentables. Espadas, flechas y orcos hechos por ordenador no dejan margen para nada más. La reflexión que existía en la trilogía del anillo se ha perdido entre el polvo levantado por las batallas, entre los personajes insustanciales y entre romances innecesarios. La Desolación de Smaug es una película de Disney ideada para un público infantil que exige poco, muy poco o casi nada. ¡Que venga a mí el dinero! A eso se reduce este largometraje de casi tres horas. Jackson ha acabado con el cine, construyendo una película donde el ordenador es el máximo responsable. Escenas cargadas de CGI hacen que recuerde con todavía más nostalgia a El Señor de los Anillos, donde el realismo brotaba por todos sus costados y el uso del ordenador, ya fuera por el presupuesto o por decisión del propio director, estaba confinado a aquellas escenas que en verdad lo requiriesen. En este largometraje todo esta computerizado. Decenas de secuencias que son obra de máquinas, no de artistas. Viendo la película lo único que escucho es el ruido del ventilador enfriando la placa base del enorme ordenador de Weta, la empresa, creación de Jackson, responsable de todo el apartado visual en la filmografía del director. Peter Jackson se ha convertido en un lacayo del Hollywood más comercial; el Hollywood industrial que emboba a los espectadores con cada blockbuster estival que llega a la cartelera. El director se ha olvidado de hacer cine y ha comenzado a crear entretenimiento del malo, dejando a un lado todo lo que fue en sus orígenes.

Si en la primera entrega, Martin Freeman e Ian McKellen, Bilbo y Gandalf respectivamente, se convirtieron en el salvavidas del largometraje gracias a su talento interpretativo, en esta película Jackson les desplaza a un papel secundario y convierte a Thorin y Bardo en los protagonistas del film, haciendo inviable que esta entrega esté a la altura de la primera. Bilbo apenas tiene diálogo y Gandalf acapara muy pocos minutos, a pesar de las posibilidades que brinda su historia. La película dura cerca de tres horas, pero para mí́ todo acontece de manera acelerada. El personaje de Beorn es insignificante y su relevancia en el film es inexistente. ¡Tanto decorado para tan poco personaje! Si en el libro Beorn se convierte en una figura mágica y entrañable, que asumirá́ mucho protagonismo en el devenir de la historia, en la película es un incordio, un estorbo narrativo que Jackson está obligado a citar para así́ no corromper tanto la historia original. La inserción de Légolas es lo peor que le puede acontecer al film, pues su personaje es innecesario y la interpretación de Orlando Bloom es de lo peor que he visto este año. Pero a pesar de su empeño, ni una sola nominación a los Razzie con la que poder fardar delante de sus amigos. ¡Qué injusta es la vida! Su padre en la ficción, Thranduil, es el Rey de los elfos del Bosque Negro y su papel es tan malo como la interpretación de Lee Pace. Mucho maquillaje y mucha verborrea pedante, pero nada de la grandiosidad de Elrond o Galadriel. Rivendel debe ser el barrio bueno de la Tierra Media. ¿Y qué decir de Tauriel? El personaje de la elfa creado por la mente perversa de Jackson es a la película lo que Jar Jar Binks es a La Amenaza Fantasma (id. Star Wars: Episode I – The Phantom Menace, 1999, George Lucas). La diferencia radica en que, al menos, Jar Jar Binks tiene momentos cómicos que te dibujan una sonrisa en el rostro, mientras que Tauriel lo único que provoca es pena por la horrenda interpretación de Evangeline Lilly. Esa historia de amor forzada entre ella y un enano, que idean el director y los guionistas, no ayuda a la actriz y convierte al papel en algo estúpido, que sobra en el film. Por mucho que le dé vueltas, no encuentro utilidad a esta elfa guerrera. Nada queda ya de la majestuosidad de los elfos que El Señor de los Anillos se preocupó en mostrar. Y una vez dicho esto puedo. por fin, despacharme a gusto con la escena que Jackson y el público han decidido bautizar como “la de los barriles” y a la cual, tomándome alguna que otra licencia, yo terminé llamando: chapuza insultante. Siento tanta vergüenza por esos veinte minutos, que soy incapaz de teclear más de cinco palabras seguidas sin que acudan a mi mente palabras como: asquerosa, patética o estupidez. Tan sólo diré́ que fue en ese momento, cuando me percaté de la atrocidad que estaba contemplando y por la cual había pagado la no desestimable cantidad de 11,2 euros. La escena es, en verdad, patética, roza en ocasiones lo vomitivo y si me juraran que forma parte de una película de Disney Channel para un TV Movie de un sábado por la tarde, me lo podría creer. Orcos, elfos, botes, enanos, acción a borbotones, un Légolas saltimbanqui, un enano mortífero que asesta hachazos sin clemencia y un romance fundamentado en un flecha salvadora es en lo que se resume una escena que, para mí, es lo peor de este 2013 y de otros muchos años pasados. ¡Qué pena que no sea yo el responsable de entregar los antiOscar!

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A partir de aquí́ las cosas mejoran, aunque no mucho. Gandalf continúa su historia en solitario, reservándole Jackson muy poco tiempo de metraje. Bilbo continúa callado, con esporádicas apariciones que apenas ayudan a enriquecer la película. Aunque la verdad es que, con tanto ajetreo, lo mejor es no decir nada y salir lo menos posible en pantalla. Así dentro de algunos años, Martín Freeman tendrá que dar pocas explicaciones. El film visualmente es apabullante. Esto sí que hay que decirlo bien alto y claro. Esgaroth es muestra fehaciente de ello, pero -y en esta crítica siempre habrá un pero-, nosotros, los espectadores, estamos ya cansados de tanto efecto visual; estamos cansados de tanto colorín y nave especial o castillo gigante, que sólo sirva para gastar irracionalmente el dinero asignado al presupuesto. Exigimos más y, por regla general, nunca satisfacen nuestros deseos. No nos basta con sólo ver, la imagen debe de estar justificada por la historia y en esta película nada justifica el exagerado uso del ordenador del que hace gala Jackson durante 161 minutos. Del personaje del Gobernador de Ciudad Lago -Laketown/Esgaroth- se ha dicho que es una de las mejores incorporaciones del film y, aun aportando desde luego, algo de calidad y sentido a la película, para mí, no es más que el resultado de los estereotipos más repetidos del político corrompido y estúpido que sólo busca lo mejor para él, y nada más. Por esa razón, aun destacando entre el reparto, no aporta nada significativo. Luke Evans como Bardo puede ser catalogado también como un acierto de Jackson, como lo es en menor medida el Gobernador, pues el actor cumple correctamente con la responsabilidad de portar con parte de la carga dramática en el final de la película. Su presentación y relación con los enanos es el mayor logro narrativo del director, ya que debido a la significación que el personaje irá a agenciarse en el próximo film, Bardo debía de comenzar a apropiarse de la atención de los espectadores y de muchos minutos en esta película y Peter Jackson no sólo lo comprendió́, sino que trasladó muy bien esta necesidad al guión. La subtrama, ya gestada por el director en la primera película, de los orcos y su lucha contra los enanos no es más que la búsqueda de dotar de épica a la película mediante el conflicto entre Thorin y Azog. No obstante, este enfrentamiento y su consiguiente historia son necesarios para enlazar escena tras escena y guiar a los espectadores hacia el final que nos espera en la siguiente entrega, que llegará a las carteleras el año que viene. Sin los orcos, la película sería inconsistente y esa sensación de aventura que desprende se desvanecería. Azog es necesario, pero la forma en la que Jackson desarrolla la subtrama es patética y la evolución de la historia no está́ a la altura de lo exigido. Todo al final se reduce a peleas y peleas sin objetivo, que sirven a Jackson para rodar escenas innecesarias que añadir al film. Lo importante es hacer mucho ruido, y atorar la cabeza del público con el golpe metálico de las espadas, el eco de las flechas y los gritos de los protagonistas.

Y al fin, llegamos a la montaña. Tanto se ha dicho y divagado sobre el dragón que da título al film, que las expectativas alcanzadas entre los espectadores eran muy difíciles de satisfacer. Pero toda expectativa ha sido, aun temiendo generalizar, complacida. Smaug es el gran logro del largometraje, y me atrevo a asegurar que será́ lo mejor de la trilogía. Un espectáculo visual escupefuego que encierra toda la magia de la que gozaba El Señor de los anillos, y que tendría que haber persistido en estas nuevas películas. Su belleza y magnificencia en pantalla ensombrece, como una nube cenicienta envolviendo al Sol, a todo lo visto. Su presencia es imponente, y consigue que el espectador vuelva a creer en la Tierra Media y sienta de nuevo sus pulmones llenarse del aire de Minas Tirith, sus ojos inundarse de la oscuridad de Moria y su piel iluminarse por la luz vespertina que riega las llanuras de Rohan. Smaug es la Tierra Media de Tolkien. Pero, a pesar de lo confeccionado en el apartado visual, Peter Jackson vuelve a fallar, una vez más, con el dragón y su cometido, escupiendo sobre el libro del autor inglés y diciendo con voz alta y clara: ¡Aquí mando yo! Y desde luego que manda él. La presentación del dragón es asombrosa, pero todo lo que sucede tras su aparición en Erebor es, como no podría ser de otra manera, decepcionante. La forma en la que Jackson decide desarrollar toda la escena de Smaug y Bilbo, elimina toda posibilidad de volver obrar, de nuevo, lo logrado por el hobbit en su fortuito encuentro con Gollum, en la primera entrega de la trilogía. La escena del dragón y el mediano es mala, aunque resalta en medio de tanta mediocridad. El director desaprovechó esta oportunidad de incluir algo de sobriedad en la película y así resarcirse de tanta batalla y acción desmedida, manteniendo el ritmo acelerado, niñero y frenético imperante hasta entonces. Jackson no hizo nada bien. Y una vez que Bilbo pierde el protagonismo, y se une de nuevo a los enanos tras su coloquio con el dragón, el largometraje se convierte en una porquería. Subrayo lo de porquería y si hace falta, lo vuelvo a subrayar.

Un Thorin a lo surfista desmelenado, traído directamente desde las playas bañadas por el sol californiano es, quizá, el testimonio más patente de la gloria pasada del reino de los enanos. Al menos, así parece ser para Peter Jackson.

Ya no espero nada. La siguiente entrega, y la última de las tres, será́ un recopilatorio de lo mismo, donde La Batalla de los Cinco Ejércitos se convertirá́ en el leit motiv de todo el largometraje. Jackson ha sucumbido al dinero y, cegado por el brillo de sus monedas de oro, nos ha regalado por Navidad esta película. Ya no hay talento. Todo es pasto del olvido. Siento un resquemor al contemplar como con el material del que partía la película, ese universo tan vasto y mágico, Jackson y sus secuaces han construido algo tan patético que acaba desde el principio con lo que Tolkien quiso narrar. El talento del profesor inglés es demasiado talento para el director. Ahora sólo nos queda pedir que la tercera entrega no sea tan bochornosa como sus predecesoras. El Hobbit: La Desolación de Smaug es una película muy mala, y con “mala” apenas alcanzaría a describir lo que manaba de mi boca al acabar la película, aquel aciago 13 de Diciembre. Jackson ha perdido todo lo que aparentaba tener y no creo que lo vuelva a recuperar. Habrá que esperar a la próxima entrega de Tintín para decidirnos a pagar el ataúd.

La Tierra Media ya no es lo que era.

Al menos, siempre nos quedará El Señor de los Anillos.

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Comentarios

  1. Marcos

    Se da a entender en tu crítica que lo mejor del film es el gran Smaug pero estoy en completo desacuerdo. Para mi, sin lugar a dudas lo mejor de toda la película, y no se si técnicamente estoy siendo certero al incluir esto dentro de la película, pero es la IMPRESIONANTE canción compuesta por Ed Sheeran “I see fire”, colocada en un lugar poco adecuado, en mi opinión. Es curioso, y muy triste, que haya que esperar a los créditos para ver (más bien escuchar) lo mejor de esta obra.

    • Alejandro

      Marcos, te doy toda la razón. La canción es impresionante. ¡Menuda trabajazo que se marcó Ed Sheeran, y gran acierto de Jackson por recurrir a él para poner la música aunque sólo fuera los créditos (no obstante, ya es habitual en la filmografía del director utilizar las canciones sólo en el final del film, no es una decisión exclusiva para esta película). Es una canción brillante y lamentablemente, está siendo injustamente infravalorada en todos los premios donde participa, marchándose de vacío en la mayoría de todos ellos.

  2. Jorge Valle

    Tampoco creo que el resultado sea nefasto. Bien es cierto que las comparaciones con ‘El señor de los anillos’ son odiosas, y coincido contigo en la mayoría de los puntos que expones. No reconozco al director que plasmó con tanta brillantez y magia el mundo de la Tierra Media en la trilogía. Ni rastro de la maestría que Jackson exhibió en las aventuras de Frodo y Sam y que conquistó el corazón de medio mundo. Una pena, pues el material que ofrece ‘El Hobbit’ era bastante interesante y atractivo, pero como tú señalas, ha vencido (otra vez) el poder del dinero. Acudí con muchísimas ganas a ver ‘Un viaje inesperado’. Salí un poco decepcionado pero aun así guardo todavía un buen recuerdo de ella. Ir a ver ‘La desolación de Smaug’ ya me dio un poco de pereza. Y salí decepcionadísimo. Ya ni siquiera espero la tercera parte…

    • Alejandro

      Jorge, te doy toda toda la razón. Puede que quizá, manteniendo una postura más objetiva, la película no sea tan mala como la describo. Pero mi pasión hacía la Trilogía del Anillo, y las esperanzas, algo arriesgadas e injustificadas, que deposité en el film, hicieron que al acabar la película no sintiera más que una decepción enorme. Pienso igual que tú en cuanto a las posibilidades que brindaba el material con el que partía, que eran geniales, y han sido desaprovechadas. Y yo también mantengo mis dudas sobre ir a ver o no la tercera… Desde luego que el día del estreno no estaré ahí, como estas dos veces pasadas. Gracias por el comentario, un saludo.

  3. Ana

    Yo sí coincido en la crítica. Gracias por dar una visión tan clara de la película. Magnífico análisis.

    Sólo una apreciación: lo infantil no es bobo. El infantilismo sí. Los niños son exigentes como los adultos cuando se les ha formado bien. Saben lo que quieren, y entienden cuando se les da gato por liebre. Hay un cine y una literatura infantil de extraordinaria calidad. Si una película es mala, lo es para niños y adultos.

    Por lo demás, me ha encantado tu exposición. Chapeau!

    • Alejandro

      Ana, creo que tienes toda la razón. Lo infantil no es para nada bobo. Hay películas, por ejemplo, que son infantiles y que considero obras maestras inigualables y a la altura de las grandes dramones “para adultos”. Y ya no hablar de la literatura, donde hay autenticos tesoros literarios (el libro en el que se basa la película es literatura infantil, y es una de mis novelas preferidas) Debería por mi parte haber utilizado otra palabra distinta, porque sí que es verdad que el texto puede llevar a error o a decir algo que no quería decir. ¡Muchas gracias por tu aportación y comentario! Un abrazo.

  4. Beatriz

    ¡Gracias una vez más Alejandro por tus acertadas críticas!

    • Alejandro

      ¡Muchas gracias a ti Beatriz por tu comentario! Un saludo.

  5. Diego

    Estoy totalmente de acuerdo con vos Alejandro. Hasta Viggo Mortensen se quejó de la obsesión de Jackson por los efectos visuales.
    Acá hay algo muy evidente: el libro El Hobbit es mas corto(breve) que el mas corto de los que componen a la trilogía del Señor de los anillos, o sea, el Retorno del Rey. ¿Cómo es posible hacer con el Hobbit, una trilogía de películas de prácticamente la misma duración que la trilogía hecha con el Señor de los Anillos? ¡Siendo El Hobbit un libro mas corto que cualquiera de los otros tres que componen a la saga El Señor De Los Anillos! Simple: mucho dinero. Y además, inventar (y remarco que uso la palabra inventar, NO crear) historias de relleno que nada tienen que ver, que son completamente innecesarias(ya bien lo has dicho). Pero, había que vender. Hasta me causa gracia como Jackson pretende meter en una película, dos tonos narrativos tan distintos como son lo épico y lo infantil. Porque, hay que decirlo, El Hobbit ES un libro infantil. Así fue concebido por el autor. El Señor de los Anillos tiene otro tono, y Peter Jackson supo llevarlo perfectamente a la pantalla. El Hobbit es infantil y Peter Jackson quiso seguir haciendo algo épico. Y no le salió. Porque desde los inicios de la concepción del libro, éste fue apuntado para determinados lectores! Punto! ¿¿Cuánta plata le pusieron en el escritorio a Peter Jackson para que hiciera este mamarracho?? Tanto que se jactaba de fiel a Tolkien en la primera trilogía. Dicen que del amor al odio hay un solo paso. Jackson me hiciste dar ese paso. Te vendiste. Dejaste atrás al hombre niño aventurero que se fascinaba con las montañas, con las historias de antaño y la melancolía de tomar un mapa amarillento entre las manos. Ojalá que te recuerden no sólo por cómo elevaste El Señor de los Anillos sino también por cómo arruinaste a La Tierra Media. Saludos desde Argentina Alejandro. Y disculpá mi desahogo en tu página.

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