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La soledad del espacio

Por Jorge Valle

Existe un número muy reducido de películas que han marcado un antes y un después en la historia del cine, ya sea por su temática, sus sorprendentes y avanzados efectos visuales, por la enorme influencia que han ejercido sobre el cine posterior o por la fuerte tendencia que ha marcado en el público. Buen ejemplo de ello son El Padrino, La naranja mecánica, Ciudadano Kane, Pulp Fiction, Tiburón, Star Wars: Una nueva esperanza, El Señor de los Anillos: La comunidad del anillo y, más recientemente, AvatarSi el cine recordará ésta última como un paso importantísimo en la aplicación de las nuevas tecnologías –en este caso, el 3D- al mundo del celuloide, la última película del director Alfonso Cuarón supone el afianzamiento de esta nueva forma de hacer y entender cine. Y es que Gravity tiene reservado, desde el momento de su estreno, un lugar privilegiado en el Olimpo en el que conviven los títulos anteriormente mencionados y, especialmente, en el campo de la ciencia ficción.

Más que una película, Gravity es una experiencia única e irrepetible, un viaje emocional y sensitivo tan apasionante como agotador, y que supone todo un triunfo en las posibilidades del cine para conectar con el espectador. Mucho tiene que ver en esto el mejor 3D jamás hecho -incluso su “creador”, el director James Cameron, ha mostrado su admiración y perplejidad ante su uso en la película-. La aplicación de esta nueva técnica, que desde que se diera a conocer al público de manera espectacular en Avatar no ha tenido la continuidad y la correcta aplicación que se pretendiera –con alguna contada y notable excepción a cargo de un consagrado maestro (La invención de Hugo de Martin Scorsese o La vida de Pi de Ang Lee)- se antoja como imprescindible en Gravity. Este 3D con sentido no se limita sólo a arrojarnos cosas –en una escena tendremos incluso que esquivarlas-, sino que nos permite flotar y marearnos en la gravedad cero, adentrarnos en el casco de los protagonistas y vivir desde su propio punto de vista la desesperación que supone navegar solo y a la deriva en el espacio.

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La maravillosa fotografía de Emmanuel Lubezki no sólo contribuye a hacer de Gravity un deleite visual y un regalo para los ojos sino que, junto a los inteligentes movimientos de la cámara de Cuarón, hace que el espectador sienta y viva en sus propias carnes la aventura espacial de dos astronautas que, mientras intentan arreglar el telescopio Hubble, sufren un aparatoso y terrible accidente que les dejará flotando en la infinitud del espacio. La reputada ingeniera Ryan Stone (Sandra Bullock) y el veterano y experimentado Matt Kowalsky (George Clooney) afrontan, respectivamente, su primer y último viaje fuera de la Tierra. Pero es la primera la indiscutible protagonista de la película. Sandra Bullock es la teniente Ripley del siglo XXI. Sin poseer la presencia y el carisma de la gran Sigourney Weaver, la actriz norteamericana sostiene la película con su fuerza dramática y sus estudiados movimientos en la gravedad cero, lo que denota un profundo y esforzado trabajo de investigación que bien podría valerle una nueva nominación al Óscar. Su personaje intenta olvidar la trágica muerte de su hija mediante el aislamiento espacial y, perdidas todas sus ganas de vivir, se debate entre una muerte angustiosa en el espacio -pero alejada del mundanal ruido y de los problemas de una vida en la Tierra-, y la superación de su depresiva soledad y el inicio de una nueva vida. Ryan Stone es, como la teniente Ripley, una mujer que tendrá que sacar lo mejor y lo peor de sí misma para poder sobrevivir en un ambiente hostil y aterradoramente solitario.

Alfonso Cuarón también se permite un pequeño homenaje a la reina indiscutible de la ciencia ficción, y es que ese bolígrafo olvidado que flota en el interior de la estación y esa posición fetal que adopta Bullock con el planeta Tierra de fondo nos remiten indiscutiblemente a 2001: Odisea en el espacio. Sin entrar en comparaciones -la obra de Kubrick es muchísimo más compleja y simbólica-, quizá ambas muestren a la perfección la enorme fascinación que el universo siempre ha ejercido sobre el ser humano desde sus orígenes hasta la actualidad. El director mexicano nos convierte en el tercer astronauta junto a Clooney y Bullock, y nos ata a la butaca durante 90 minutos que se hacen cortísimos pero que nos dejan exhaustos e incluso nos provocan jaquecas, una hora y media conteniendo la respiración como si el oxígeno de nuestro alrededor también se estuviese agotando. Gravity es, seguramente, lo más cerca que estaremos de presenciar desde lo más alto la belleza y la grandeza de un planeta en decadencia y la inmensidad de un enigmático universo todavía por conocer.

No obstante, el impresionante e intachable acabado visual se sustenta sobre un soporte narrativo claro, simplón y a veces inverosímil –sobre todo en algunas decisiones un poco cuestionables del guión conforme nos vamos acercando al final-. Pero aunque el mediocre argumento, repleto de tópicos y desastres encadenados, constituya el punto más flaco de la película, Cuarón consigue su objetivo, que no es presentar una historia compleja y perfectamente montada, sino trasladar literalmente al espectador a la gran nada, y provocarle una sensación de agobio durante todo el metraje que recuerda en ciertos momentos a Alien, el octavo pasajero. El mérito de Gravity consiste en trasladar esa tensión claustrofóbica fuera de la nave, a la infinitud del espacio, mediante unos planos secuencia larguísimos que giran sobre sí mismos, haciendo que el espectador se sienta igual de desorientado y angustiado que los protagonistas. Sin ser perfecta, no podemos hacer otra cosa que considerar a Gravity como todo un triunfo cinematográfico, una demostración del talento de un director cuyo nombre ya es parte de la historia de cine, y que confió siempre en las posibilidades de un proyecto que difícilmente le podría haber salido mejor y que se recordará como una de las experiencias más increíbles y emocionantes de la última década.

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Comentarios

  1. Adrián

    Muy buena crítica compañero.

    Yo sólo añadiría de nuevo: Ir a verla (en 3D) insensatos.

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