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La senda del perdedor

Por Manuel G. Mata

De nuevo la realidad ha superado con creces a las expectativas. La nueva película de los hermanos Coen, que ha recibido muy buenas críticas en medio mundo, prometía una historia tragicómica, una historia como la vida misma; la historia de un perdedor que no se rinde, que persigue un sueño. Con este cartel y este planteamiento es muy difícil no disfrutar de la narración. Sería la falta de sueño probablemente lo que me hizo pegar algunos cabezazos durante la película, o tal vez era el soberano coñazo que estaba viendo lo que casi me hace caer en las garras de Morfeo.

La parte técnica, como en casi todas las películas hoy día, es incuestionable. El tono gris y de la cinta ayuda a meterse de lleno en la historia de Llewyn Davis, un músico de folk de principios de los sesenta que se ganaba la vida como marino mercante y que desea con toda su alma poder dedicarse a su verdadera vocación: la música. El problema es que una película no sólo consta del apartado técnico y,  a pesar del buen hacer de sus actores (no me gusta opinar sobre interpretación en películas que veo dobladas) el ritmo es casi inexistente, sólo las partes musicales y el duelo interpretativo entre Mulligan e Isaac hacen que la producción remonte y que lo que vemos en pantalla no sólo nos llame la atención, sino que nos atraiga; el giro que tiene el montaje no sólo da lugar a confusión, sino que te deja mucho más perdido de lo que está el protagonista.

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La historia, tal y como está planteada, tiene fuerza, es atractiva, pues todos hemos caminado muchas veces por la senda del fracaso, pero a mi juicio no ahonda lo suficiente en el drama. Una imagen vale más que mil palabras y la cinta consigue transmitir de una manera notable el drama del protagonista, lo vemos durmiendo en el suelo, sin abrigo, pasando frío, con los pies empapados caminando por la nieve, hecho polvo, muerto de sueño… Todo eso lo vemos, pero hace falta algo más que nos meta de lleno en ese mundo, que nos ayude a ponernos en su lugar y realmente emocionarnos con su historia. Por otra parte, la cinta apenas se apoya en algunas subtramas interesantes (como la del personaje de Mulligan o la del torpe y mal construido personaje que interpreta el Picapiedra Goodman), lo que hace que sea poco dinámica y algo cansina. Algunas frases ingeniosas, algunos momentos de humor negro muy del cine de los Coen, pero una película que se ve con más pena que gloria.

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