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La revolución no se hace por el culo (o sí)

Por Asdrúbal Guerra

-Te voy a contar cómo me hice maricón.
El otro día vi Fresa y Chocolate, una película dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Pensando cómo comenzar esta crítica, recordé cuando era pequeño y mi madre me cantaba canciones de Víctor Jara para dormir, y cuando llevaba una camisa de mi padre que ponía “Nicaragua Sandinista”, sin saber qué era todo esto. Pensé que, sin entender cómo influenciaba en mí mi entorno, me convertí en una persona “de izquierdas” -como se suele decir- que difiere bastante del resto; una persona crítica y autocrítica con los llamados movimientos de izquierda, pero que está orgullosa de sentirse parte de estos y entender bajo estas ideologías su realidad.

La película Fresa y Chocolate (1995) expresa claramente las incongruencias de ciertos movimientos que predican las libertades, como es el caso de socialismo cubano y su homofobia, y lo ilustra con la historia de Diego y David: un artista gay escéptico con la Revolución y un estudiante de sociología que forma parte del movimiento, respectivamente. Estos dos personajes (Diego, interpretado por Jorge Perugorría, y David, interpretado por Vladimir Cruz) mantienen una amistad que, si bien es difícil al principio debido a las convicciones de cada uno, luego se va haciendo más profunda.

El ya difunto Tomás Gutiérrez Alea, director al que más se le atribuye el film, fue uno de los abanderados del Nuevo Cine Latinoamericano y finaliza con esta película y con Guantanamera (su último largometraje) una larga lista de producciones realizadas en Cuba que, si bien son partidarias del Régimen, también son muy críticas con la situación social, económica y política del país. Es precisamente este punto discordante del director con su ideología, expuesto a través del personaje de Diego -que tanto me hace recordar el libro Sobre la supresión general de los partidos políticos de Simone Weil-, la manera de plasmar su historia y de mostrarnos la realidad cubana en los años 90, lo que hace de esta película un documento irrepetible.

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El género de la película es el drama teñido con algunos toques de humor. La fotografía de Mario García Joya es la típica del cine de Gutiérrez Alea y no muestra grandes planos fílmicos, sino visiones estáticas de la realidad cubana que nos recuerdan, por la precariedad de medios y la manera de grabar, otras películas como El lado oscuro del corazón, cuya banda sonora es también muy similar, destacando los ruidos de fondo sutiles, discretos, tormentosos, orientales. Pero lo verdaderamente remarcable de la película es la interpretación soberbia de los dos personajes principales y, en especial, de Jorge Perugorría, que expande a otras dimensiones el humanismo de su personaje, cercano y vital.

Diego (y quién no) tiene dos caras: una, la del primer encuentro con David, con quien intenta  ligar tras hacer una apuesta con otro amigo suyo, la de una persona espontánea, algo cínica, casual e interesada; y otra, la del resto de encuentros con él, la de alguien contradictorio, feliz, triste, artista, con sentido de culpabilidad, vibrante, humano. Desde el principio, Diego sólo quiere la amistad, el abrazo desinteresado, la mano amiga, y sufre por ello; y David va pasando de vivir del vacío, de las ideas que inventaron otros, para vivir, también, al día, e ir disfrutando poco a poco del cariño que se le ofrece. Pero esta amistad nunca será total cuando está denostada y perseguida por la sociedad, cuando hay malas miradas y actitudes que muchos, no sólo en Cuba sino en el mundo entero, no ven como algo natural.

Bajo mi punto de vista -repito- lo más interesante de la película es la visión cuasi-documental que da de la sociedad cubana, la denuncia que hace contra la homofobia, el manejo de los sentimientos, que en más de un momento llegaron a provocar en mí el llanto y la sonrisa, y también el aderezo cultural que el personaje de Diego proporciona a la película, citando a autores vetados por la Revolución como Goytisolo o Mario Vargas Llosa. El guión maneja todo esto a la perfección y merecería la pena, sinceramente, tenerlo en mi mesa de noche para leerlo e imaginar amigos tales en noche nubladas en que uno se siente también un poco solo.

Recomiendo esta película, recomiendo en menor medida la obra de Gutiérrez Alea y recomiendo la disidencia dentro de la disidencia y el pensamiento crítico ante todo, especialmente en estos tiempos en que el poder nos quiere hacer creer en diversas formas y partidos que todo es incontestable. En cuanto al tema de la homosexualidad, me parece que se trata con una delicadeza y un humanismo terrible que no busca la lágrima fácil, pero la encuentra. El personaje de Diego seguirá marcado por mucho tiempo en mi retina. A menudo muchos nos sentimos como él, leyendo solos, esperando una figura cómplice al otro lado del sillón, buscando un abrazo, ¿pero no es esa soledad bella y no vendrán los amigos desinteresados? Lejos de la habitual estética burlona y débil que se le atribuye a las personas que aman a otras de su mismo sexo, este Diego “loca” muestra más fortaleza aceptándose a sí mismo y mostrando sus sentimientos pese a las presiones sociales que muchos hombres que se creen fuertes sólo por el hecho de ser hombres. Hace poco, mi actual pareja me dijo en otro contexto que se sentiría orgullosa de tener un hijo con sus propios principios, pese a que discrepasen de los de su entorno y se pudiera ver aislado más de una vez. Hoy más que nunca me siento identificado con esta afirmación y creo que este Diego, el Diego vivo, el que sufre y ríe y dice lo que siente, es un digno hijo de Gutiérrez Alea y de muchos de nosotros, para quienes es más importante ser auténticos que ser como nos quieren los demás, en todo momento y siempre.

Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Felicitaciones, me ha gustado tu crítica y efectivamente, lo más importante es ser crítico, ser auténtico y ser uno mismo, algo bastante complicado en estos tiempos de estulticia que corren.

    • Asdrúbal Guerra

      Muchas gracias. Se agradece tu comentario y sentirme leído.

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