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La psicopatía en una película mediocre de Lumet

Por Enrique Fernández Lópiz

Al comienzo de este comentarios creo conveniente apuntar que el título español que se le dio a esta película, El abogado del diablo, no concuerda con el título original que es Guilty as sin, que se corresponde en sentido y significado con “Culpable como el pecado”. Si hubiera sido así no se confundiría con la conocida novela homónima de Morris West, que nada tiene que ver con la trama de esta cinta.

En esta película una abogada brillante e igualmente hermosa, Jennifer Haines (Rebecca De Mornay), decide defender a David Greenhill (Don Johnson), un gigoló perverso y peligroso acusado asesinar a su esposa, una acaudalada mujer. El caso es que el “playboy” Greenhill elige a conciencia, con premeditación y alevosía a la sagaz y bella abogada Haines, para que le defienda de su presunta culpabilidad de haber arrojado por la ventana a su mujer. Haines es una abogada hábil y lista, capaz de hacer pasar por inocente al más culpable de sus clientes. En la historia, la abogada queda cautivada por el atractivo físico y los encantos de su cliente, con el que mantiene un romance, aunque poco a poco se va dando cuenta de lo que está haciendo y de la cara oscura de la identidad de su defendido: ¡un gran y peligroso psicópata. En un entorno de intriga, Jennifer tendrá que decidir hasta dónde debe llegar para proteger los derechos de su defendido… y su propia vida.

Lo que yo pienso es sencillamente, que resulta un poco –no del todo, como luego diré- difícil entender cómo Sidney Lumet, con toda una rutilante carrera cinematográfica desde los años cincuenta, siendo un reconocido director experto en temas judiciales por lo ampliamente que ha tocado esta temática a lo largo de su extensa filmografía, cómo, digo, se avino a dirigir este film que, por empezar, tiene un guión bastante mediocre y absolutamente previsible desde el comienzo de la historia. Guión de Larry Cohen, quien por cierto ha realizado las funciones de director en otras ocasiones, lo cual hace más sorprendente la mediocridad del guión. Es, por tanto, una de las peores películas de Lumet, una especie de folletín policial, un Thriller menor. La fotografía de Andrzej Bartkowiak es pasable, y atención a la banda sonora de Howard Shore, que resulta ser muy interesante.

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En cuanto al reparto yo diría de destacar –mas no por igual- a Rebecca De Mornay, Don Johnson y Jack Warden, puntales principales de la obra. Rebeca de Mornay está estupenda y no ha sido una actriz suficientemente valorada, desde mi punto de vista; es capaz de mostrar una causticidad y una cara de malas ideas que no se ve en las actrices actuales, si bien a veces es dudosa la credibilidad en su rol de abogada “confusa”. El papel del psicópata David Greenhill no es para un actor de segunda como Don Johnson, a quien le falta sutileza y repertorio actoral; Johnson es más bien un actor de TV tipo Corrupción en Miami y paremos de contar. Y eso sí, excelente trabajo como actor de reparto de parte de un brillante Jack Warden, que desbanca a De Mornay y a Don Johnson. El resto del reparto está, desde mi modo de ver, relleno de mediana calidad. En resumen, es evidente que Lumet eligió el atractivo físico tanto de Rebecca de Mornay como de Don Johnson, pero el trabajo de ella supera con creces el acartonamiento de Johnson; y, como he dicho, ambos son superados por la veteranía de Jack Warden, quien por cierto fue un actor habitual en muchas películas del insigne Lumet.

Y ya que estamos en faena, y dado que me gusta hacer algún aporte humano e incluso psicológico, hablaré del personaje de psicópata de esta película, personaje habitual por lo demás en el cine, con Hitchcok a la cabeza, pero últimamente muy común en las cintas violentas. El psicópata o la psicopatía es una patología psiquiátrica que, epidemiológicamente hablando, destaca en nuestros tiempos, como una enfermedad o trastorno que trae de cabeza a la salud mental sobre todo en el mundo occidental (psiquiatras, psicólogos, etc.), pues es el trastorno punta de la postmodernidad. En el siglo XIX y principios del XX fue la histeria (ya Freud y antes Charcot lo evidenciaron), la enfermedad de la época, fruto de una educación estricta y la cultura derivada de la severa época victoriana. Luego vinieron los trastornos de angustia en los cincuenta o sesenta del pasado siglo. Después, en los setenta y aún hoy sigue azotando la depresión. Y en la actualidad rabiosa, lo que interesa de manera particular en salud mental por la gran cantidad de casos y la malignidad, repercusiones y misterio del cuadro, es la psicopatía (la psiquiatría francesa habla de trastornos antisociales). El psicópata –como el de la película- suele ser un individuo narcisista, egocéntrico, encantador incluso, mentiroso pertinaz, convincente hablador, manipulador, para el que todo gira en torno a él, que exprime a quien se le pone por delante y a tiro (le roba, le engaña, viola e incluso asesina); además son individuos desinhibidos y carentes de capacidad empática. Los psicópatas tienden a crear códigos propios de comportamiento, por lo cual sólo sienten culpa al infringir sus propios reglamentos y no los códigos comunes. Sin embargo, estas personas sí tienen conocimiento de los usos sociales, por lo que su comportamiento es adaptativo y pasa inadvertido para la mayoría de las personas. El psicópata es ante todo una persona que no ha podido construir en su interior lo que en psicoanálisis se denomina un Superyo necesario y adaptativo, es decir, una estructura interna que en las personas normales contiene –efecto de la educación- los elementos éticos, normativos, ideales, morales, ideológicos, etc. Es decir, una estructura que al igual que es capaz de suscitar sentimientos de culpa frente a las malas acciones, produce igualmente sentimientos saludables de orgullo y positivos ante las acciones buenas, prosociales, ideales en suma. Pues bien, el psicópata carece de esta dimensión y por lo tanto robar, extorsionar e incluso asesinar no le produce sentimientos de culpa. Además, el psicópata es por lo común bastante inteligente, lo que le dota de cualidades excepcionales para el engaño, la treta, la argucia y la perfidia. A ello se suma que no existe un comportamiento único definido en él o ella, son personas que no suelen explicitar sus rasgos malignos; no se puede discernir de forma unívoca a un psicópata de una persona normal. A lo que se une que son prácticamente refractarios a cualquier tratamiento educativo o social, o sea, que no rectifican, ni se arrepienten y por lo tanto son gente peligrosa, aun cuando hayan pasado tiempo en cárceles o correccionales. Pues bien, el film tiene el atractivo de hacernos caer en la cuenta de este tipo de personalidades antisociales que lamentablemente está generando nuestra sociedad y nuestra cultura y sobre las cuales se sabe poco y se desconocen los cauces terapéuticos o de rehabilitación.

Y hecha esta digresión psicopatológica, querría añadir que no obstante lo que he comentado sobre la mediocridad de este film, se pueden apuntar algunas cosas que expliquen esta valoración y hacer a la vez un comentario positivo. Desde mis primeros “cine forum” en el colegio, aprendí que incluso la peor película alberga enseñanzas y aspectos aprovechables y de interés.

En este sentido, lo primero que quiero señalar es que la calidad media de las películas de Sidney Lumet (1924-2011) durante los años ´50, ´60 y ´70 es probablemente superior a la demostrada en el tercio final de su obra hasta el año 2007 cuando rueda su último film: Antes que el diablo sepa que has muerto en 2007. En 2005 recibió el premio Oscar honorífico a toda su trayectoria. No obstante, hay ciertas constantes en el director de la gran obra 12 hombres sin piedad, esto es, que nunca abandonó, ni arredró y siempre salvó, aunque fuera por los pelos, los muebles en proyectos endiablados como este drama judicial con presuntos tintes de Thriller del que estamos hablando. O sea, si con este guión la película la hubiera realizado otro director mediocre, la cinta habría sido verdaderamente infumable.

De otro lado creo de justicia decir que la película tiene los ingredientes necesarios para tener interés y atracción, desde el tema judicial, pasando por el suspense y siguiendo por el romance amoroso de los dos principales protagonistas. O sea, que uno se lo puede pasar razonablemente bien viendo esta película que tiene su punto de entretenimiento. Como hemos dicho no es la mejor de Lumet, pero tampoco es del todo desdeñable; se puede ver en la sobremesa, siempre que no se sea muy sensible a la calidad cinematográfica o un esteta del cine, lo cual que mucha gente no es. Y nada hay de crítica en esto. Mi parecer, a pesar de los “peros” que he vertido en esta crítica, es que a muchos espectadores les parecerá una cinta adecuada para pasar el rato.

En resolución, dirigida por el reconocido Sidney Lumet, El abogado del diablo es un intrigante y sexy thriller un tanto sorprendente, si bien limitado en cuanto a calidad.

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