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La profunda levedad de Wilder

Por Enrique Fernández Lópiz

Sabrina Fairchild (Hepburn) es hija única de Thomas, viudo inglés, que trabaja como chófer doméstico de los poderosos Larrabee, una acaudalada familia de Long Island. Ella está enamorada del hijo menor de la familia, David, un díscolo y mujeriego personaje (Holden) que la corteja a modo de distracción. El padre, conociendo los sentimientos de su hija y la diferencia de clase social y las características poco recomendables de su amado, decide enviarla a París a estudiar cocina. Pero a la vuelta, Sabrina regresa convertida en una atractiva y elegante muchacha. Su talante encantador y seductor hará que surja el amor en los dos hermanos Larabee, el “cabeza loca” de David, y al mayor, Linus (Bogart), un individuo serio y hermético al que sólo se le conoce su entrega a los negocios. Este trastrocamiento en la vida de ambos con Sabrina por medio, precipitará una encantadora historia en la que al final triunfará el amor.

Ya es sabida la genialidad del GRAN Billy Wilder como director de comedias. De hecho, tras esta maravillosa Sabrina, su film número once, Wilder rodó películas nada más y nada menos como La tentación vive arriba (1955); Con faldas y a lo loco (1959); El apartamento (1960); o, Irma la dulce (1963), entre otras. Pues bien, Wilder aborda esta obra como suele hacer, esto es, con un ritmo en la narración fuera de serie, una conducción firme, una visión irónica, y una distinción sin par.

El guión de Wilder junto a Ernest Lehman, es una adaptación de la comedia Sabrina Fair (1953), de Samuel A. Taylor. Tiene un argumento sencillo, leve e incluso si se quiere, manido: dos hermanos se enamoran de la misma mujer; y resulta interesante ver como Humphrey Bogart seduce a Audrey y se enamoran, en perjuicio del más mujeriego, joven y guapo William Holden. Pues bien, sobre esta liviandad y simpleza del texto, Wilder sabe sacar oro, construir una obra genial gracias a unos ocurrentes e impecables diálogos impecables, diálogos directos y muy divertidos; un perfecto retrato de personalidades; un cuadro actoral impecablemente dirigido con brillantes secundarios; ese humor suyo natural, pródigo y directo; y una ironía sutil. Me parece que cualquiera que hoy intente escribir una comedia romántica, debería aprender de esta película, para no quedarse en la cursilería pastelera. Y es que sin ninguna desmesura, Wilder sabe cómo emocionarnos con los enredos sentimentales de Sabrina y los hermanos Linus y David Larrabee.

También Wilder se sirve de esta comedia llena de sarcasmo digerible, para criticar aspectos muy diversos que tocan temas sociales de ayer y de hoy; así, el servilismo de los empleados de los señores Larrabee, subrayando particularmente el rol de las secretarias; la indolencia de muchos personajes; los rasgos autoritarios del patriarca Larrabee, con su gran cigarro y su güisqui en la mano; la callada obediencia del Consejo de Administración que no dice ni pío ante decisiones trascendentes; el clasismo social de gente de primera y de tercera o cuarta (como el dilema que plantea el chófer –padre de Sabrina- cuando le dice al señor Linus que hay asientos delante y detrás y entre medias, un cristal que separa y que cada cual debe seguir su camino); la compra de periodistas y otras voluntades; los rígidos y extenuantes horarios de trabajo; las cómicas clases de cocina en París (todo un sarcasmo para tanto chef estrella de hoy); o los por aquellos entonces modernos aparatos electrónicos, como la grabadoras de voz que utiliza Bogart a cada tanto. Toda una sátira, para quien sabe mirar más allá de lo bonito y de lo anecdótico.

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Tiene la película una música estupenda de Friedrich Hollaender, con una partitura de composiciones originales, ligeras y románticas, y adaptaciones y arreglos. Añade cuatro canciones: las dos que canta Hepburn (“La vie en rose” y “Yes! We Have No Bananas“) y los temas “Love” y “Isn’t In Romantic“.

Posee igualmente el film una espléndida fotografía en blanco y negro con pronunciados y bonitos matices de Charles Lang, que hace uso de apacibles movimientos de cámara, amortiguados “zooms” de aproximación, y encuadres a cámara fija; añade también planos contrapicados espectaculares (como las tomas de la imponente fachada del edificio Larrabee) y crea escenas cómicas como cuando al final, Bogart cuelga su paraguas del cinturón posterior del abrigo de un pasajero en el barco.

Reparto de excepción en el cual podemos presenciar un duelo interpretativo de los buenos entre William Holden y Humphrey Bogart, ambos magníficos; el primero suelto, expresivo, elegante y convincente; y Bogart con su carisma que llena pantalla y puede con leves gestos mostrar toda la complejidad de su persona y sus sentimientos más íntimos, todo ello sin pestañear. Y la Hepburn, que entonces tenía 22 añitos, está divina, y realiza una interpretación exquisita, que la consagraría como gran actriz, lo cual que colaboró posteriormente con Wilder en Ariane (1957). Y si alguien quiere un avance de la bonita Hepburn con el intrincado Bogart, que vea estas escenas: https://www.youtube.com/watch?v=lB2ckiy_qlQ. El resto de actores y actrices son sencillamente geniales y perfectamente conjuntados; figuras como Walter Hampden, John Williams, Martha Hyer, Joan Vohs, Marcel Dalio, Marcel Hillaire, Nella Walker, Francis X. Bushman y Ellen Corby.

Y no hay que olvidar el vestuario de la Hepburn, un vestuario supervisado por Edith Head y realizado por Huber de Givenchy, que convierte a la Hepburn en una etérea princesa; Audrey inicia en este film una larga colaboración con la marca Givenchy.

En 1954, entre premios y nominaciones obtuvo: Oscar: Vestuario. 5 nominaciones incluyendo Director, Actriz, y Guión. Globos de Oro: Mejor guión. Nominada al BAFTA: Mejor actriz británica (Hepburn). Círculo de críticos de Nueva York: Nominada a Mejor actriz (Hepburn). National Board of Review: Top 10 Mejores películas y Actor Secundario.

Siempre digo y repito que no hay como una comedia buena, realizada con elegancia, glamour y saber hacer, una comedia con simpatía, también con su pimienta de crítica y el agudo retrato de sus personajes. Pero hoy, tengo la impresión de que se hace mucha comedia un tanto ordinaria, en muchas ocasiones sobreactuadas y con gags y una comicidad que roza la chabacanería. Pues bien, Sabrina pertenece a la primera de estas categorías, como no puede ser menos proviniendo de Wilder. Sabrina es una muestra de cómo el maestro Wilder, como escribe Palomo:… demuestra su absoluto dominio de los resortes de la comedia clásica. Esta maravilla…. destila elegancia en cada secuencia. Sin duda es una obra maestra del género, lo cual creo que se puede afirmar de forma incontestable: es una de las más encantadoras películas que he visto, por su distinción, su tono romántico delicioso y una historia que siendo sencilla, llega al corazón del espectador.

Sé que alguien dirá que no es lo mejor de Wilder, y yo acuerdo; pero es una cinta deliciosa, y en cada escena e incluso en cada fotograma, uno puede paladear un gran guión y un repertorio actoral difícilmente repetible: Bogart sensacional, Holden explosivo y el espectacular trabajo de la bellísima Audrey Hepburn. Y encima una radiografía social ¿alguien da más?

De veras te digo, caro amigo que lees estas líneas, que de corazón te la recomiendo. Hoy este tipo de cine ya no se hace.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=AOZuxReeNTk.

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