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La piedra de la paciencia

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta película es una belleza de un hondo calado emocional y moral. Se trata de la historia de una mujer joven con dos hijas, que cuida de su marido en estado de coma herido en una reyerta, en un país de Oriente Medio, probablemente Afganistán, que está en guerra permanente. La joven logra dejar a sus dos hijas con su tía, una mujer pudiente, liberada e inteligente. En tanto, ella continúa en su casa junto a su marido, a veces huyendo de las bombas y los disparos, pero siempre junto a él, mientras cuenta en voz alta con su marido yacente como único interlocutor toda su vida, sus vivencias más íntimas y sus secretos más escondidos, a la vez que repasa su existencia de privaciones, sometimiento y represión en el angustiante mundo islámico radical que le ha tocado vivir. En el transcurso del film, la joven conoce a un joven soldado tartamudo con el que mantiene relaciones íntimas a cambio de dinero, si bien ambos están estrechamente unidos sentimentalmente.

La historia, además de narrar el infierno de represiones y limitaciones de la mujer en los países musulmanes, narra, a mi modo de ver, el esfuerzo “psicoterápico” de la joven mujer, que logra sacar a través de la palabra con su yaciente marido, sus más recónditos sentimientos y frustraciones. Desde hace mucho, pero sobre todo desde la fundación del psicoanálisis por Freud, se sabe del poder terapéutico de la palabra, dicha ésta ante un psicoterapeuta neutro que apenas habla y que deja a su cliente verbalizar libremente, asociando cuanto le va viniendo a la mente, sus afanes, miedos y fantasías. Y esto es lo que ocurre en el film. Y es que la tía de la protagonista le había hablado de una leyenda sobre una piedra a la cual se le cuentan las cosas hasta que la piedra se rompe y entonces la persona queda liberada. Pues esa “piedra de la paciencia” es su marido en estado vegetativo al que ella le cuenta de todo y más. Secretos que jamás le hubiera contado a nadie y mucho menos a su esposo en estado de vigila. Y al final, ella, en cierto modo queda liberada y resuelve y reconstruye su vida en esa especie de diálogo interno frente al silente cuerpo del marido.

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Vida y muerte se cruzan en este film independiente con un fluir de imágenes que contrapesa la radicalidad de la densidad dramática de la historia. Hay que destacar la magistral interpretación de Golshifteh Farahani que es quien mantiene todo el peso de la película con una expresividad y saber hacer excepcionales. Jean-Claude Carrière escribe junto con Atiq Rahimi la adaptación de la novela de éste último, además de coguionista, director de la cinta. Véanla con los ojos bien abiertos y el corazón de par en par, pues es un film que nos reta a escuchar y a comprender muchas cosas, algunas de ellas muy dramáticas y en nuestra cultura occidental desconocidas.

Como dato curioso e importante diré que en una especie de sarcasmo en la historia, en un momento dado, y dadas las confesiones tan duras que la mujer ha hecho, el esposo despierta de su letargo e intenta acabar con ella estrangulándola, lo cual no consigue. Ese momento es el final del film, cuando el novio tartamudo asoma por la ventana y la ve a ella con su marido encima ensangrentado, mientras la joven lo observa con cara misteriosa. Y es que el final es enigmático.

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