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La película de un escándalo real de primera magnitud

Por Enrique Fernández Lópiz

Me fui al cine a ver esta prometedora película, Matar al mensajero, pues por lo que había leído iba a tratar un tema peliagudo en el que se mezclaba la política, la industria armamentística y la droga; y para colmo trataba de hechor reales: ¡vaya que si prometía la cosa!

Empezó la película y ya fui viendo de qué iba la cosa, pues el rodaje no me parecía redondo, tampoco demasiado buenas las interpretaciones a mi parecer, pero lo que nadie podrá negar es que a muchos como a mí, se nos quitó una venda de los ojos y pudimos ver en toda su crudeza y con gran claridad, hasta qué punto es perversa la gente que está en el poder, sobre todo los poderes fácticos, que no repara en medios para alcanzar sus fines, aunque sean medios absolutamente abominables. De manera que estamos ante una importante aportación al cine de denuncia social y política.

La película está basada en la vida del periodista norteamericano Gary Webb, que puso negro sobre blanco desde su modesto periódico San José Mercury News, las conexiones entre la CIA (la Agencia Central de Inteligencia Norteamericana) y el mundo de la droga. Lo que Webb descubrió fue que los barrios negros en los EE.UU., fueron inundados de la droga llamada “crack” (piedra compuesta por cocaína y bicarbonato sódico), una droga de efecto inmediato y con gran poder adictivo. Una vez creada la necesidad, se comerciaron cantidades ingentes de esta sustancia entre la gente más desfavorecida, mayormente población negra, lo que supuso pingües beneficios para la CIA que se utilizó el dinero para financiar la guerra (hombres, armas, medios), fundamentalmente en apoyo de la contrarrevolución en Nicaragua en la época post-Somoza cuando el Sandinismo se hacía pasar por rojo que, por cierto, nada que ver. Webb denunció también al importante capo Luís Posada Carriles y a sus cómplices cubanoamericanos, todos ellos involucrados en este criminal negocio. Lo cual fue recogido en su libro Dark Alliance: The Book.

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Gary Webb era un periodista importante, tanto que ganó dos veces el reconocido Premio Pulitzer, que es el máximo galardón anual para los periodistas en los Estados Unidos. El más sonado de sus reportajes fue el relacionado con los reportajes que he referido sobre la conexión entre el mundo de la droga y las fuerzas armadas que lucharon contra el Sandinismo de Daniel Ortega (menudo pájaro resultó ser con el tiempo) en sus inicios. Como apunta Ocaña con relación a la proeza periodística de Webb: “Tema enorme, periodista grande, medio de comunicación pequeño. Combinación letal”. Y así es como acabó la historia de este pobre hombre, del que aún no se ha decidido si se suicidó o lo mataron, siendo que las señales de la muerte apuntan más bien, a lo que he leído, al primer supuesto, o sea, crimen. Normal.

Michel Cuesta dirige con desigual fortuna este film, aunque hay que decir a su favor que mantiene un componente de tensión a lo largo de los 112 minutos que dura el metraje. El guión es de Peter Landesman, basado en una obra de Nick Schou y el propio Gary Webb, que adolece de algunas lagunas y entrecruzamientos de lo que quiere contar el film con otras partes de menor interés relacionadas con la vida sentimental del protagonista. La fotografía oscura y densa de Sean Bobbitt es más que aceptable, así como la música de Nathan Johnson que introduce elementos de inquietud en un film ya de suyo inquieto. Y hay que añadir un excelente montaje que hace que la película tenga un buen ritmo y mantenga la intriga.

En cuanto al reparto tenemos a un protagonista solo a ratos creíble, Jeremy Renner; su esposa, interpretada por Rossemarie DeWitt no tiene química con él; no así su jefa en el periódico, Mary Elizabeth Winstead; Ray Liotta está estupendo; Michael Sheen, Barry Pepper, Andy García en su sitio, Richard Schiff y otros actores y actrices de reparto que conforman un conjunto muy profesional pero tal vez sin excesiva brillantez en esta película.

La película tiene su entidad, sobre todo en la primera parte, que es cuando el ritmo y el vértigo de la investigación que lleva a cabo el periodista resultan atractivos y dotan al film de emoción. De esta manera, en esos primeros momentos que llegan hasta la primera media hora, la película se sigue con gran interés. Pero una vez que la madeja de la corrupción y los enredos políticos y de espías quedan aclarados, una vez que se desenreda la cosa, decae la historia y la trama se torna fláccida, pierde fuelle con un exceso de esposa, hijos y aromas familiares que no son la temática en la que queríamos estar. Entonces, como apunta Crespo: “desaprovechan el intenso thriller político que se traían entre manos en pro de esa historia demasiado real y personal que les quemaba sobre todo en la conciencia”.

Algunos califican el film de conspiranoico, algo de lo que no cabe duda, e incluso de escandaloso, pues que los poderes públicos creen adicción entre los sectores más desfavorecidos de población para sacar dinero y comprar armas, que no tengan en cuenta las vidas y familias rotas con tal de construir un nicho de población adicta a la porquería del crack para pagarle a Edén Pastora o a quien. fuere para crear doctrina sobre lo que es bueno o malo para los EE.UU. y para el mundo, a costa de la enfermedad de la pobre gente que son quienes costean el tinglado mesiánico resulta absolutamente surrealista ¡Pero fue verdad!

Puede que la película pretenda tocar una sinfonía de notas para las que su director Michel Cuesta no está maduro, o preparado, pues la verdad es que no consigue ahondar lo que en principio se presumía. Y como dice Pons: “… el retrato del periodista, vigilado y acosado, que entrega su vida a la investigación de los secretos de un sistema que financia su propia podredumbre, tiene tanto de revelador como de kafkiano”.

Es una película que no alcanza las cotas de calidad de las realizadas por Alan J. Pakula como Todos los hombres del presidente de 1976 y todo el asunto del llamado caso ‘caso Watergate’ con Richard Nixon como implicado, por si alguien no se acuerda. Tampoco nada que ver con Costa Gavras y tantos otros de algunas décadas ya pasadas, cuando el cine político y social estaba en su auge. Esta película, comparada con esas otras se queda cortita. Y su gran mérito es poner en evidencia que los políticos y los gobernantes del gran Imperio estadounidense son traídos y llevados por fuerzas oscuras entre las que están, y no hace falta ser muy listo para adivinarlo, la industria armamentística, las farmacéuticas, el sistema financiero (¡cómo no!), los mesiánicos endiablados que hay tras todo ese montaje de “poder en la sombra”, que han utilizado el consumo de estupefacientes entre ¡sus propios ciudadanos! para financiar sus tropelías. La verdad, asombroso, todo un escándalo para la Historia de la humanidad en las últimas décadas.

Yo, aunque sólo sea para que se aireen estas aberraciones y sepamos, pues la verdad nos hace libres, recomiendo esta película. Vela y luego me cuentas tú qué te pareció. Gracias.

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