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La Odisea del fracasado

Por Jorge Valle

«If I had wings like Noah’s dove, I’d fly the river to the one I love…» (Si tuviera alas como la paloma de Noé, volaría sobre el río hasta alcanzar lo que amo…). Así comienza Fare Thee Well, la canción que Llewyn Davis (Oscar Isaac), un cantante de música folk que vive en la Nueva York de los años setenta, interpreta al final de la nueva película de los hermanos Coen. Esta pieza musical es obra del cantante Dave Van Ronk, cuya música inspiró a los directores a la hora de escribir el guión. Incluso hay un álbum en su carrera que lleva el título de Inside Dave Van Ronk. No son las únicas referencias que los autores de Muerte entre las flores y No es país para viejos han utilizado para la confección de A propósito de Llewyn Davis. Y es que no es coincidencia que el gato que acompaña al protagonista durante buena parte de la película se llame Ulises. En efecto, este Llewyn Davis tiene mucho en común con el héroe homérico de la Odisea. Ambos tienen que salvar una serie de obstáculos –monstruos marinos y sirenas en un caso, férreos directores de productoras musicales en el otro- para alcanzar su peculiar y, por momentos, inalcanzable Ítaca. Los Coen narran, a caballo entre la comedia, el drama y el musical, y siempre haciendo gala de un estilo personal y único que les convierte en unos de los directores más interesantes del panorama cinematográfico actual, la particular “odisea” de este músico idealista cuya única meta es escapar de la mediocridad que le rodea y triunfar siendo fiel a su personalidad, “volar” hacia lo que realmente quiere.

Los Coen han elegido para el papel protagonista al actor guatemalteco Oscar Isaac, conocido por sus roles secundarios en Drive y Ágora, y le ofrecen la oportunidad de cosechar su primer gran éxito interpretativo. Lo consigue, más allá de los numerosos galardones y candidaturas que ha recibido en la presente temporada de premios –nominación al Globo de Oro y reconocimiento de la National Society of Film Critics como mejor actor-. Y es que Isaac sabe imprimir a su personaje un carácter tímido y retraído, a veces antipático y brusco, pero siempre sincero y franco con las personas que le rodean. Mezcla carisma e irritabilidad con naturalidad. No es raro que el espectador se identifique con su personaje, arquetípico de fracasado incomprendido por un entorno que es incapaz de premiar un talento que todos reconocen y admiran y del que Llewyn es consciente, pero que no recibe la atención y el reconocimiento que debería. Este músico folk es la prueba de que no siempre triunfa el mejor, sino el más comercial, el que más vende, el que mejor se adapta a un público cuyo gusto siempre suele rayar lo superficial. Ahí tenemos a Jim (Justin Timberlake) o Al Cody (Adam Driver), dos de los músicos con los que se cruza Llewyn y que gozan de éxito y fama a pesar de que sus cualidades musicales sean bastante inferiores a los del protagonista. No es de extrañar, pues, que la impotencia y la frustración sean otros de los dos temas más presentes en toda la película.

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Sin rumbo fijo ni cama donde dormir, Llewyn se debate entre ser fiel a sí mismo y a su música o, por el contrario, venderse al éxito de la mediocridad. Reflejo de esta discusión interna es su conversación en el bar con Jean (Carey Mulligan), la chica a la que presumiblemente ama –nunca deja claro sus sentimientos hacia nadie- y quien le llama “perdedor” por seguir mendigando sofás y no renunciar a su estilo para poder ganarse la vida con su música. Él, en cambio, considera su postura de “oportunista”, pues para él la música no es un medio, sino un fin. Prefiere dormir en la calle que renunciar a su música. Una actitud tan elogiable como discutible. Los hermanos Coen retratan el naufragio de este cantante triste y poético con elegancia y gusto y, aunque la película decaiga en su parte media, consiguen contagiar la amargura del fracaso. Todo parece impregnado de una extraña y cruel melancolía gracias a la fotografía de Bruno Delbonnel, que reproduce el frío invierno de Nueva York y Chicago de forma magistral. La melancolía siempre ha acompañado al genio –ahí tenemos a Miguel Ángel, baluarte indiscutible de este sentimiento- pues a menudo lo bueno se define como lo raro, lo excepcional, lo diferente, aquello que se aleja de lo convencional y lo establecido, aún a riesgo de caer, como Llewyn, en la desesperación del fracaso. Pocos entienden que es quizá la fidelidad a uno mismo el mayor éxito que una persona puede cosechar a lo largo de su vida. Aunque tenga que dormir todas las noches en sofás ajenos.

Comentarios

  1. Jorge Valle

    Dos aclaraciones: la historia se desarrolla en la década de los 60, no en los 70.
    Y la canción de “Fare Thee Well” no es de Dave Van Ronk, aunque este hiciera una versión.

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