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La nostalgia de la época en que uno vio una película

Por Enrique Fernández Lópiz

No sé exactamente cuándo vi Verano del 42, es igual, fue en mi adolescencia o tardo-adolescencia. Y tengo el recuerdo de un suave pero potente perfume para mis ojos de aquellos entonces. Para mí, por razones que no son del caso, esta película tuvo un calado tremendo, me dejó una huella imborrable, y además, promovió la poesía en mi espíritu juvenil, aunque en el fondo el film tenga un regusto amargo que ahora puedo entender mejor. Pero en aquel entonces, el mundo abierto a la experiencia adolescente, y no digamos ese amor que me parecía extraordinario entre el protagonista y la bella joven para él adulta mujer, tuvo un impacto inusitado.

Luego la he vuelto a ver con otra mirada, pero su impronta sigue ejerciendo sobre mí un mágico influjo.

Y es que tal vez yo vivía alguna historia es similar a lo que cuenta el film. Se trata de Hernie, quien en la película, ya de mayor, recuerda la vacación que pasó con sus amigos Oscy y Benji en una isla de Nueva Inglaterra, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En ese verano, Hernie se enamoró perdidamente de una mujer atractiva mayor que él. Habría de ser la tragedia la que los uniera. Algo que parecía increíble al tal jove.

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Dirigió con gran sentido estético y una sensibilidad psicológica excepcional Robert Mulligan, director poco prolífico pero que dejó su imborrable huella con su film Matar a un ruiseñor, de 1962 o, posteriormente, El otro, de 1972. Estamos entonces hablando de un grande, un director que dejó huella en la filmografía universal. La película tiene un gran guión de Herman Raucher y una música de alto nivel, preciosa, mágica, que se graba de momento y acorde con la historia de Michael Legrand (merecedora de un Oscar), junto a una excelente y cálida fotografía de Robert Surtees.

El reparto es de jóvenes actores donde destaca la bellísima Jennifer O´Neill, junto al joven Gary Grimes; les acompañan Jerry Houser, Oliver Conant, Lou Frizell, Shristopher Norris y Katherine Allentuck, todos actúan maravillosamente y de manera empática.

Entre premios y nominaciones en 1971 tiene: Oscar: Mejor banda sonora original. 4 nominaciones. Globos de Oro: 4 nominaciones, incluyendo mejor película – Drama. Festival de San Sebastián: Concha de Plata.

En fin, yo diría que es una preciosa película, llena de encanto, con una fotografía luminosa recreando aquel verano del cuarenta y dos para tres ingenuos adolescentes, en las bravías pero arenosas costas de Nueva Inglaterra; tres jóvenes que se inician en los insondables misterios de la sexualidad; preciosa música, preciosa fotografía, y el narrador, quien cuenta la historia ya desde su adultez, de cómo se enamoró perdidamente de una preciosa mujer encarnada en Jennifer O´Neill. Y es que el amor del joven es el amor de los espectadores que se enamoran igualmente de la bonita chica. La historia tiene un punto álgido, una escena conmovedora, el momento en que ella accede a unirse al muchacho en una relación para ella teñida del dolor de la pérdida.

Película delicada, sentimental, nostálgica, película que a mí no se me olvida. Y aunque la he vuelto a ver dos veces más, me sigue emocionando. Y es que en el cine cuenta, no sólo la obra en sí, sino también el momento vital en que uno ve la película.

Un film para rememorar el sentimiento trágico más amable, dulce e inolvidable de nuestra existencia: ¡el primer gran amor!

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