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La nave de los locos

Por Íñigo Bolao

Entre finales del siglo XV y principios del siglo XVI el pintor holandés El Bosco (1450-1516) pintó un cuadro titulado La nave de los locos. Con el estilo propio del pintor, entre lo alegórico y lo surrealista, el cuadro representa la locura entendida, según la mentalidad de la época, como el lógico resultado del vicio y del descontrol, con gente canturreando, bebiendo y gritando mientras el barco navega por la deriva sin rumbo fijo. Si tenéis un momento de descanso os pediría, por favor, que contemplarais el cuadro durante unos minutos. No tiene desperdicio, y por reservar un tiempo al arte no pasa nada.

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Cinco siglos después, en una época cada vez más globalizada y muy informatizada, en las que las distancias se han hecho cada vez más cortas, el tiempo pasa demasiado rápido y todas las cosas están gobernadas por el dinero y las tendencias, Martin Scorsese (1942) dirigió, según un guión adaptado de Terence Winter (1960), la historia, con su auge y caída, de un loco de las finanzas. La nave de los locos es en la cinta una agencia de corredores de bola de Wall Street (Nueva York), el centro financiero del mundo, y su capitán es Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio), acompañado de una panda de grumetes que solo piensa en una cosa: enriquecerse para no volver a trabajar nunca más en la vida. Una idea que precede a la más absoluta locura…

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El lobo de Wall Street es la historia, mostrada con un poco de exageración por el gran cineasta neoyorkino, del ex bróker Jordan Belfort (1962), un hombre que recurrió a manipular valores financieros en el mercado y blanquear dinero negro, entre otros delitos, para enriquecerse ilícitamente. Por todo ello, y tras haber colaborado con el FBI en la detención de varios compañeros suyos de la agencia de inversores Stratton Oakmont, fue condenado a 22 meses de cárcel en 1998. De su experiencia en prisión, Belfort, que se dedica en la actualidad a dar conferencias sobre finanzas y mercados, escribió dos libros que son sus memorias: El lobo de Wall Street (de la que se ha hecho la adaptación al cine) y A la caza del lobo de Wall Street, publicados en un gran número de países.

En la cinta de Scorsese se nos presenta al corredor interpretado por DiCaprio como un hombre que va degenerando progresivamente, como otros personajes de su filmografía, tales como Jake La Motta en Toro Salvaje (1980) o Henry Hill en Uno de los nuestros (1990). Vemos a un Belfort que comienza siendo un ambicioso, pero inexperto, joven bróker recién salido de la universidad que acaba volviéndose un auténtico tiburón esclavo de sus adicciones: dinero, drogas, juergas y mujeres. Aunque no estará solo en el proceso: también caerán presa del perverso influjo del dinero –y de lo que proporciona- los co-fundadores de su empresa, entre ellos Donnie Azoff (increíble Jonah Hill), un hombre de negocios aún más sucio y enloquecido que el propio Belfort. No obstante, el protagonista, como en otras películas de Martin, acabará salvando su alma tras haberlo perdido todo.

Con un reparto de secundarios repleto de caras conocidas, entre ellos Matthew McConaughey como el “mentor” de Belfort; Jean Dujardin como el banquero suizo de Ginebra que esconde dinero y secretos oscuros tras una mirada hipócrita; el director Rob Reiner como el padre de Belfort, el gritón Mad Max; o la joven actriz australiana Margot Robbie como la segunda esposa del decadente bróker, la modelo británica Naomi Lapaglia, El lobo de Wall Street se presenta como una película cargada de excesos y de locura que pueden desagradar o impresionar al espectador, e incluso hacernos dudar de si lo que vemos en pantalla es tan exagerado como en los sucesos que Jordan Belfort protagonizó en la vida real.

Aún así, no cabe duda de la que la película es todo un espectáculo. Con una banda sonora repleta de canciones de los 80 y de los 90 y con un excelente montaje de una de las colaboradoras más asiduas del cine de Martin Scorsese, Thelma Schoonmaker (1940), es una película que a nadie dejará indiferente, siendo aún más transgresora que la visión política y crítica que Oliver Stone (1946) realizó sobre el mundo de las finanzas y del materialismo de la sociedad norteamericana en Wall Street (1987).

Por si fuera poco, el cineasta italoamericano nos muestra a los corredores de bolsa y a su mundo como la cara opuesta de la moneda respecto a los mafiosos que vemos en Casino (1995) o en Infiltrados (2006): ellos, como Nicky Santoro (Joe Pesci) o Frank Costello (Jack Nicholson), roban, pero no se llenan las manos de sangre, son ladrones de guante blanco; simplemente, aprovechan que somos unos yonquis del dinero fácil para robarnos discretamente mientras se corren una fiesta en la nave de los locos (¿o debería decir en el yate de los locos?).

Recientemente nominada a los Óscar, y sin que Leonardo DiCaprio obtuviese el premio al Mejor Actor en la edición de 2014 por un papel que se merecía con creces, El lobo de Wall Street promete darnos un espectáculo tan decadente e incisivo que más de uno querrá desconfiar de ese mundillo que, como dice Belfort en la cinta, está repleto de vacíos y de números que ni siquiera el que los inventó lo entiende. De la nave de los locos al grito existencialista del hombre del cuadro de Edvard Munch (1863-1944) hay un paso que das sin darte cuenta, y eso le pasó a Belfort, que empezó con solo saber vender un bolígrafo.

Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Tu alusión a El Bosco en y todas tus reflexiones sobre la peli El lobo de Wall Street me parecen geniales.
    En cuanto a Ex aequo, acuerdo totalmente tu opinión de que la rareza de conceder premios ex aequo se deba convertir algún día en costumbre, por las razones que expones.

    Y de la colmena, peli que vi hace años en su estreno y cuya novela leí en su momento, de ese Cela tan controvertido como genial escritor, me ha gustado todo lo que comentas; efectivamente, “La colmena” es una de las películas más importantes del cine español. Y mucho me ha gustado esa frase que escribes de que: “tal vez la presión cotidiana de esta colmena ruidosa en la que vivimos sea tan fuerte que no encontramos ningún momento para pensar en ella y arreglárnoslas solos”. Y está genial, junto a esa frase de Cela: Esa mañana eternamente repetida, trepa como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad (…). Ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena… Yo tengo, si me permites, un libro escrito, en el que al principio, encabezo con esta también frase de Cela que dice:

    ““Mi viejo amigo y maestro Pío Baroja tenía un reloj de pared en cuya esfera lucían unas palabras aleccionadoras, un lema estremecedor que señalaba el paso de las horas: todas hieren, la última mata. Pues bien: han sonado ya muchas campanadas en mi alma y en mi corazón, las dos manillas de ese reloj que ignora la marcha atrás, y hoy, con un pie en la mucha vida que he dejado atrás y el otro en la esperanza, comparezco ante ustedes para hablar con palabras de la palabra y discurrir, con buena voluntad y ya veremos si también con suerte, de la libertad y la literatura.
    No sé donde pueda levantar su aduana la frontera de la vejez pero, por si acaso, me escudo en lo dicho por don Francisco de Quevedo: todos deseamos llegar a viejos y todos negamos haber llegado ya”.

    Elogio de la fábula
    Camilo José de Cela
    Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura
    10 de diciembre de 1989

    Bueno, gracias por tus palabras para con mi crítica de Senderos de Gloria; es evidente como apuntas que la Primera Guerra Mundial y Vietnam fueron cosas distintas; no obsta para que yo sea igualmente un enamorado de “La chaqueta metálica”; y sí, tenemos que seguir escribiendo sobre este apasionante mundo que es el cine, y de nuevo felicitaciones.

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