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La música como vía de escape

Por Jorge Valle

Cuando una película toca varios temas y consigue trasladarlos al público de manera brillante, manteniendo además su interés y su implicación emocional desde el primer minuto hasta el último, cuando permanece en su cabeza tiempo después de su visionado, cuando las imágenes se quedan grabadas en la retina y los intérpretes han sido capaces de tocar el corazón del espectador mediante sus expresiones y sus palabras, uno puede sentirse afortunado por haber disfrutado de una experiencia maravillosa, única y tremendamente satisfactoria.

Bailar en la oscuridad (2000) cumple todos estos principios que definen el gran cine: es una denuncia de la injusticia y el atropello de los más débiles, representados por la inocencia y dulzura de Selma (Björk), una inmigrante checa y madre soltera que se está quedando ciega y que tiene que ahorrar casi todo su dinero para pagar la operación de su hijo y evitar que este también pierda la vista. También supone un canto mayúsculo a la música y su increíble capacidad terapéutica para hacernos olvidar, aunque solo sea por un instante, lo doloroso y terrible que puede ser nuestro propio mundo interior. Maravillosos y originales los números musicales en los que la protagonista desconecta de la realidad, imaginando en su cabeza la melodía que conforman los ruidos que escucha a su alrededor.

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La película también constituye una oda a la amistad, un sentimiento que puede salvarnos de las situaciones más difíciles. En la ceguera de Selma, su amiga Kathy (Catherine Deneuve) constituye un apoyo seguro y firme, un verdadero faro de esperanza entre toda la oscuridad que va consumiendo poco a poco el mundo de la protagonista.

El danés Lars von Trier se llevó la Palma de Oro en el Festival de Cannes por esta historia demoledora que construye con un estilo muy personal, que puede recordar al documental por los numerosos -pero nunca molestos- movimientos de cámara, y que confirma el talento, la originalidad y la sensibilidad del director de Melancolía (2011) para emocionar al espectador, no solo en el brutal y despiadado final, sino durante todo el metraje, donde las tragedias se van sucediendo unas tras otras, sin caer nunca en el melodrama barato o el maniqueísmo.

El resultado no es solo una de las películas más tristes de la historia del cine, sino una absoluta obra maestra que nos roba un pedazo de nuestro corazón para nunca devolvérnoslo, dejando constancia de que la tristeza y la injusticia existen aunque no las podamos ver ni sentir a nuestro alrededor, y que es imprescindible que pongamos todo de nuestra parte para terminar con ellas.

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Comentarios

  1. Enrique Fdez. Lópiz

    ¡Vaya! De nuevo te agradezco esta crítica sobre esta película “Bailar en la oscuridad” de 2000. E igual ya tengo ganas de encontrarla por algún sitio, pues no son fáciles de ver estas obras. ¡Felicitaciones otra vez!! Enrique Fdez. Lópiz

  2. Alberto

    Muchas gracias por la recomendación Jorge, no la conozco pero leyéndote tengo claro que hay que verla sí o sí.
    Saludos

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