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La mordacidad de Berlanga y Azcona

Por Enrique Fernández Lópiz

Ver una película de Berlanga, de sus ya clásicas obras de los años cincuenta o sesenta es todo un placer para mí. Luis García Berlanga es sin duda uno de los grandes genios en la historia de nuestro cine español, sobre todo en su primera etapa, durante la dictadura, cuando dio a luz obras de tanto renombre como esta, Plácido, pero otras de aún más alto nivel, películas como ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953) o El verdugo (1963). A Berlanga le pasaba que tenía una gran capacidad de perspicacia y un hondo sentido del humor. Pero sobre todo, la enorme inteligencia para que sus obras, afiladas como navajas de reyerta o punzantes como un estilete, pasaran milagrosamente el tamiz de la censura franquista que tal vez no acertaba a entender bien su sarcasmo.

La idea de esta obra de Berlanga surge de una campaña que ideó el régimen franquista en los años cincuenta bajo el lema, “Siente un pobre a su mesa”, que pretendía para las señaladas fechas navideñas, promover un sentimiento de caridad cristiana hacia los más necesitados. Berlanga viene a demostrar en el filme que lo que verdaderamente perseguía la tal campaña era jugar con el sentimiento de culpabilidad de los burgueses de la época, los más pudientes, y que éstos limpiaran sus conciencias.

La historia es así. En una pequeña ciudad provinciana, unas señoronas burguesas, ociosas y orondas organizan la campaña de sentar un pobre a la mesa, para que los menesterosos compartan la cena de Nochebuena con familias acomodadas y disfruten del calor y el afecto que no tienen. La película muestra la subasta caritativa de la empresa Ollas Cocinex, al estilo de los telemaratones: la empresa Ollas Cocinex patrocina una subasta de pobres a la que acuden artistas de Madrid. Cada familia postora se lleva su pobre a cenar a casa. Mientras, Plácido, ha sido contratado para que pasee por la ciudad una estrella navideña en su recién estrenado motocarro. Pero debe abonar la primera letra del modesto vehículo antes de la puesta de sol. En esta tesitura, por una razón de mala suerte, acontece un problema importante para Plácido que le impide centrarse en su trabajo procesional: ese mismo día vence la primera letra de su vehículo, que es su único medio de vida.

El director Luis García Berlanga acomete esta ácida propuesta con toda su sabiduría y su pertinaz crítica a los valores de la plutocracia franquista y lo hace sin miedo y sin piedad. Lo que ocurre es que su fino humor tapa el maloliente tufo de su mensaje contra los susodichos prebostes y así, como quien lava y no enjuaga, pasa el filtro de la censura, algo por demás complicado en aquellos años en que el Caudillo caía a plomo sobre todo tipo de manifestación artística. Aunque es difícil elegir una de las escenas de la película, es muy interesante y mordaz todo lo que ocurre en la casa de los señores de Helguera, gente republicana que han acogido al pobre por quedar bien. Esta escena se va complicando conforme avanza, cada vez sube más gente al piso, creándose una atmósfera asfixiante al modo del camarote de los hermanos Marx.

La cinta fue rodada en Manresa y en algún lugar de Barcelona, entre otras la única casa a la que se tuvo acceso, a la sazón la vivienda ampulosa del cineasta Antoni Ribas.

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Berlanga, con guión en el que colabora por vez primera con Rafael Azcona (participaron también José Luis ColinaJosé Luis Font). Azcona, digo, reordenó el burbujeo de ideas de Berlanga y estructuró la historia; hubo tan gran entendimiento que luego trabajaron años juntos. “Azcona es un hombre más moral, más deseoso de salvar a la humanidad que yo; con él hay más ternura”, diría el director. La conclusión fue un guión magistralmente construido, con unos diálogos y escenas que acaban tejiendo una trama entre alocada e hilarante, una ácida crítica con el sarcasmo como banderín de enganche. Berlanga hace su película utilizando por primera vez de forma sistemática sus eternos plano-secuencia, una opción narrativa que le convertirá en uno de los grandes maestros del cine europeo. Con esa técnica se entrelazan situaciones diversas y contrapuestas que se desarrollan a la vez, estilo imposible sin la colaboración de grandes intérpretes. Muy buena música de Miguel Asins Arbó, el célebre compositor valenciano (no podía ser de otra forma) y gran fotografía en blanco y negro cargada de matices de Francisco Sempere.

El reparto es auténticamente de lujo con un debutante en el cine en papel de Plácido que es Cassen, cuando ya era un cómico de fama. Cassen hace según mi parecer un trabajo excelente, que fue muy bien recibido por la crítica. José Luis López Vázquez está en el nivel de excelencia que caracterizó a uno de los mejores actores de nuestro cine; en el film hace una divertida creación del personaje Gabino Quintanilla, el hijo del dueño de la serrería, coordinador de la campaña, “un malvado al que los pobres le importan un pimiento”, según el actor: “Las películas de Berlanga son esperpentos no de la España de la época, sino de la España eterna”. Elvira Quintillá maravillosa, natural y creíble. Y un elenco genial con actores y actrices como Amelia de la Torre, Julia Caba, Amparo Soler Leal, Manuel Alexandre, Mari Carmen Yepes, Agustín González, Lus Ciges y Antonio Ferrandis. Como coro actoral es difícilmente mejorable. Berlanga, eterno admirador de los llamados actores secundarios, contó para esta película con este plantel de lujo en que cada cual hace un trabajo perfecto.

Entre premios y nominaciones en 1961 tuvo: Nominada al Oscar: Mejor película de habla no inglesa. Festival de Cannes: Nominada a la Palma de Oro: mejor película. Dos premios del Sindicato del Espectáculo, uno de ellos a actor para Manuel Aleixandre (el cuñado de Plácido). Dos Premios del Círculo de Escritores Cinematográficos: mejor película, mejor director y mejor secundario a López Vázquez. Tres Premios San Jorge: Mejor película, director y actor López Vázquez.

Creo que Plácido, aunque no alcanza el nivel de otros filmes de Berlanga como los que antes mencioné, es sin duda una “gran obra maestra de Berlanga, (que) estalla no sólo como impecable comedia costumbrista, sino también como un devastador retrato social” (Palomo). Berlanga se permite mostrar las mezquindades, hipocresías y pacatería de la burguesía provinciana de los cincuenta del pasado siglo. Víctor Erice consideró que “el objetivo final de la película es mostrar la incomunicabilidad de las personas”, y añadió: “Para mí, Berlanga es fundamentalmente un romántico”.

Así que es una película tejida con las mimbres del humor español (el término anglosajón “humor negro” no era muy del gusto de Berlanga). Como gustaba decir a nuestro insigne director en torno a este humor hispano, es “el de la picaresca española. Desde Quevedo a Buñuel, pasando por Goya y Solana, todo señor que haya intentado diseccionar a los españoles, es decir, diseccionarse a sí mismo, ha tenido que recurrir por fuerza a esto que llaman humor negro.”

Curiosamente la primera idea de Berlanga consistía en un banquete de Navidad en el cual, los ricachones que invitaban a los pobres se comían las pechugas de los pollos y los indigentes las alitas (se dice que influido por el director francés René Clair). El proyecto se tendría que haber titulado Siente un pobre a su mesa; pero ahí sí la censura actúo con presteza y ni el título ni los pobres comiendo alitas fueron tolerados. Lo que sí ocurrió es algo que suele ser así, esto es que en la mente de Berlanga su film fue adquiriendo insinuaciones más acerbas cuanto más se arreglaba el guión. Entonces ocurrió ninguna productora se interesó (o no se atrevió) en el proyecto, pero había tiempo, y además, Berlanga era ya un director de prestigio tanto en Europa como en los EE.UU., lo cual que no había más que esperar a que la fruta cayera de puro madura; contaba para ello con la ayuda de distintos colaboradores. Sí, las cortapisas y censuras en aquel entonces eran realmente draconianas y ya le habían fastidiado su obra Los jueves, milagro (1957), siendo un cura quien escribió el final del guión; además, justo en aquel 1961 estalló el escándalo de Viridiana, la película española de Buñuel que fue premiada en el Festival de Cannes (Palma de Oro a mejor película – Ex-aequo), película que durante diecisiete años fue prohibida en España. En fin, al final la cosa salió adelante para Berlanga y Cia con todo éxito.

Y mira por donde, esta película vuelve a estar de última actualidad, en la medida en que el “conservadurismo compasivo” sigue teniendo una legión de acólitos que prefieren mantener sus riquezas en “paraísos fiscales” y otras lindezas, en vez de pagar impuestos y tributar en aras al bien común, entre otras para que los servicios sociales funcionen, así como las legítimos pagos en forma de jubilaciones decentes o subsidios de desempleo dignos. Porque como a nadie se le escapa, no es igual recibir la ayuda circunstancial producto una encomiable solidaridad (lo cual no cuestiono), que tener derecho a prestaciones regladas cuando se entra en una situación de carencia o de riesgo prevista por las normas sociales y legales. “Al final, lo que está en juego es la dignidad de las personas. Un ciudadano con derechos no es lo mismo que un menesteroso que recibe caridad de forma discrecional” (Subirats). Así es la cosa, menos limosna y más derechos sociales.

Película genial, interesante de todo punto, muy recomendable y que no deja títere con cabeza: los bien pensantes, los chupatintas, el ejército, la burguesía de la época… Espejo deformante de un mundo antiguo, mediocre y pretencioso. Así y todo, Berlanga no la consideraba “más dramática que mis películas anteriores: en todas existe el mismo arco. Son dramáticas, agnósticas, escépticas, amargas si se quiere, son películas anarquistas”. En el momento de su estreno tuvo problemas con el villancico final de la película, donde dice: “Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frío, ande dile que entre y así se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”.

Propongo que en las próximas Navidades sea ésta la película que programe TVE, en lugar de las cursiladas de Mujercitas (1949) o ¡Que bello es vivir! (1946). Plácido sí representa el genuino espíritu navideño que todos podemos experimentar en alguna medida: portarnos bien durante unos días y ¡viva la Papa! el resto del año.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=Gn9yXFKAg6g.

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