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La mamá y la puta

Por Asdrúbal Guerra

Me van a perdonar. Hace bastante tiempo que no veo La mamá y la puta, pero la recuerdo bastante bien como para hacer una crítica. Para empezar porque ha sido durante bastante tiempo el tema principal de mis conversaciones para dármelas de intelectual y ligar, aunque sin resultados. Y luego porque, como muchos otros adeptos del largometraje, yo también imité inconscientemente al protagonista. El que escriba esta crítica ahora, de una película de 1973, tiene su explicación. Al ser una cinta tan larga y compleja, requiere de un tiempo tras su visionado para fijar en mi memoria los detalles esenciales, ordenarlos. Cada vez creo más que la cultura es un enorme colador de saberes por el que muy pocas cosas pasan. Por ello ahora pienso que tengo tanto en la retina del ojo como en la cabeza los momentos exactos, las escenas, los puntos clave de este excéntrico largometraje.

La maman et la putain, que es el título original, es una película francesa de 1973. Su director y guionista es Jean Eustache, una personalidad relevante -si no la que más- del cine francés de la década de los setenta. El film dura 3 horas y 58 minutos; los actores principales son Jean-Pierre Léaud, Françoise Lebrun y Bernadette Lafont (de izquierda a derecha en la foto); y la película, que se considera de culto y unchef d’oeuvre (obra maestra) en Francia, es un film que no debería ser visto como otro cualquiera.

Dicho esto, la vida y las relaciones de Jean Eustache inspiran directamente la trama de La maman et la putain. Haciendo un resumen, un joven burgués (o con aires burgueses) llamado Alexandre se dedica a vivir plácidamente en el piso de su pareja, Marie. No trabaja, ni le paga nada. Pasa sus días tomando café en el Deux Magots, fumando, viendo los coches pasar, hablando de todo y nada con sus colegas y manteniendo una actitud nihilista frente a la vida. No se entusiasma con nada y ve la cultura y la política casi como un entretenimiento del que conversar. Hasta que un día llega a su vida Veronika, una enfermera sexualmente liberada que Alexandre convence para que viva con él en el piso de Marie, muy a pesar de ésta. Cuando la enfermera acepta se establece en el piso un atípico ménage à trois que va a acabar con la aparente calma de los tres.

- ¿En qué clase de novela te crees que estás?

Lo complejo de la trama, aparte del rol de “madre” y de “puta” que van a jugar respectivamente las dos mujeres (una representando la pareja estable, medianamente comprensiva y de apoyo; la otra representando lo transgresor de una mujer liberada en una sociedad machista) es el espíritu del guión. Francia aún estaba tocada en 1973 por la experiencia -fallida para muchos- de Mayo del 68, en la que miles de jóvenes y obreros en huelga se manifestaron masivamente en las calles de París. Y Jean Eustache, el director, no pasaba por su mejor momento personal. Así que no es de extrañar que todo dé de sí una película deprimente que es el escaparate tanto de una época como de una biografía. Eustache se suicidó en su piso años más tarde, dejando en la puerta una nota que decía: “Frappez fort. Comme pour réveiller un mort” (“Llame fuerte, como para despertar a un muerto”).

Carlos Boyero, un crítico de cine de El País (del cual no soy especialmente fan, puesto que creo que ha caído inevitablemente en el rol de “personaje”, como también le pasó en su día a Pérez-Reverte), acierta totalmente al decir que La mamá y la puta es “la mejor, más audaz y despiadada película de los años setenta”. Toda una pena que sólo ganase el Premio Especial del Jurado en Cannes.

La película es una obra de arte. Pero no todo es bueno. La cinta dura casi cuatro horas, la mayoría de las escenas están rodadas en un plano medio constante y las escenas no suelen variar de la típica cafetería parisina, un parque, la calle y la cama del pisito de Marie. Entonces ¿qué es lo remarcable? Todo a lo que esta austeridad da pie.

Jean Eustache deja de lado las virguerías técnicas, la posibilidad de tener una buena fotografía y buenos enfoques de cámara, un vestuario decente, para centrarse completamente en el texto. Tal y como dicen muchos blogueros y críticos de la red, Eustache filma los diálogos que él mismo escribe. Y lo hace, además, de una manera genial, dejando que los actores improvisen en ciertos momentos. Él se recrea en la modulación de las palabras, los gestos, las formas de expresarse. Para ello utiliza a actores de cierta fama, pero que nunca han pasado por las manos del cine más comercial. De Jean-Pierre Léaud (Alexandre), que era el actor fetiche de François Truffaut y que empezó su carrera siendo un niño -sin formación, por ende-, el mismo director decía que tenía una capacidad única para hacer de cada escena algo que jugaba entre lo ficticio y la realidad. Todos los actores hacen esto, evidentemente, pero intentando hacer más bien de lo ficticio algo real, y no manteniéndose en un limbo creíble, como hace él. Siendo estrafalario, sobreactuando a veces, hace los textos reales. Te das cuenta de que estás viendo una película, de cómo actúa, pero también entras inevitablemente en ella.

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Cuando no hay diálogo en el largometraje, el silencio suele estar poblado de ruidos de una ciudad que hierve, que respira. Se oyen coches pasar, gente hablando, ruidos de cucharillas sobre pequeños platos de café, etc. La única música de la que tengo constancia en mi memoria es una canción de una imitadora de Marlene Dietrich, que uno de los personajes pone en un tocadiscos. Y al final de la película otra canción de Édith Piaf, Les amants passagers, que pone Marie sobre otra máquina. En este sentido, se podría decir que la película usa antes de tiempo un fundamento del movimiento cinéfilo Dogma 95, del cual el famoso director Lars von Trier fue uno de los fundadores.

Seguramente, para algunos el hecho de que los diálogos predominen sobre el conjunto de la película no les motivará a verla. Pero hay frases que son para levantarse del asiento y aplaudir. Como ya advertí al principio de este artículo/”crítica”, no se trata de una película convencional que se pueda ver comiendo palomitas de maíz en una sala de cine minada de parejas lascivas. Todo lo contrario. Es más bien una película de analizar en un cine fórum.

-Con la liberalización, esta especie de igualdad, las criadas, las obreras, las burguesas… son todas iguales. Al final, no nos enteramos de nada.
- Me gustaría que fuese una criada.

Luego se puede entrar más a fondo en el porqué de determinados diálogos. Por qué Alexandre dice cosas tan nihilistas. Por qué Jean Eustache, a través del anterior, que es su alter ego en la pantalla, se autoanaliza definiéndolo como una persona excéntrica, que desvaría a veces y lleva aires de intelectual. Y sin duda, todas las respuestas nos llevarán ineludiblemente a hablar de Mayo del 68. El famoso Mayo del 68. Mucha gente dirá, por ejemplo, que Alexandre ejemplifica el espíritu de una Francia desorientada tras la descolonización de África, que tiene una crisis moral frente al futuro, en la que se ve sola, que busca respuestas; algunos mostrarán en pequeños detalles de la película ejemplos de la turbulenta vida del director; y otros retomarán el tema de que esta película es el último coletazo de la Nouvelle Vague, aquel cine que encumbró a Truffaut y Godard… ¡Y lo que significa! Por decir, se puede decir de todo, y seguramente con bastante razón. Pero yo, pese a ser licenciado en Filología Francesa, también debo aclarar que se puede ver y querer esta película sin ser un intelectual.

-Ah, ¿sabes? Me encontré a Freak… Iba vestido todo de verde. Chaqueta verde, camisa verte, pantalón verde, zapatos verdes. Fumaba incluso Gauloises verdes. Entonces le dije: “¿Todo bien?” y él me dijo: “¿Cómo que si todo bien? ¿No ves cómo voy vestido? Voy de verde, y contra todo” En fin, no me pareció mal. Me gustaría bastante poder decir lo mismo, pero… ya ves, voy de negro. Entonces, de negro, y contra todo. No sé si eso queda bien.

La maman et la putain es una película que se puede entender (si se quiere, claro), porque su mayor logro consiste simplemente en ser dura e inusual, y eso es un concepto conocido y que no cuesta transmitir. El tema de que el arte sólo se pueda valorar teniendo un conocimiento previo de algo, una determinada cultura, y de que tengas que darle a lo que estás viendo una conclusión generalizada por todos “los amantes del arte”, en su elitismo, me parece, con perdón, una “chorrada”. Para empezar porque aún hoy en día no todos tenemos en esto que se creía el Primer Mundo, los mismos medios de acceso al saber. Y luego porque los mejores cuadros, películas, libros, son aquellos que cuando los terminas no alcanzas a describir la sensación que te han dejado en el cuerpo.

En cualquier caso, “revenons à nos moutons”, que ya me pongo pesado. Lo de que es una película evidentemente dura, pero sobre todo inusual, que es lo que considero su mejor valor. ¿A qué me refiero con esto? Como expresaba el diálogo anterior -que versaba sobre un tal Freak que iba vestido de verde por la calle-, el mayor logro de la película consiste simplemente en ser chocante. Estamos demasiado acostumbrados a ver cosas que juegan dentro del sistema para ser diferentes y chocar, pero no lo consiguen. Por ejemplo, cuando vemos por la calle una manifestación contra determinada política castradora del gobierno. ¿Pero no es más sorprendente ver simplemente a una persona que es capaz de manifestarse de otra manera y sola? ¿Algo que sólo rompa con la cotidianidad? ¿Un loco paseándose desnudo por la Gran Vía diciendo que a través de las empresas textiles nos están transmitiendo cáncer? Evidentemente sí. Y para que algo así te choque no necesitas ser un intelectual. Ni mucho menos. Ahí es donde quería llegar. La película, la vida de Eustache modelada dentro del guión no sé de qué manera, es como un hombre desnudo de futuro.

-Al no venir ayer, me has permitido hablarte hoy de tu ausencia. Mientras que ayer no tenía nada que decirte. Has instalado algo entre nosotros, ¿no crees?
-No lo sé.
-Si te aburro, detenme.
-No, en absoluto.
-Podemos hablar de otra cosa, del buen tiempo…

Último consejo y les dejo en paz: véanla. Aunque sea para echármelo en cara luego. La maman et la putain para mí es de las pocas películas que he visto en mi vida (no tengo tanta) y a la que le pondría un 10, junto al Ladrón de Bicicletas y Los 400 Golpes. Además, creo que Woody Allen coincidiría conmigo, ya que pese a que nadie lo suela decir (y sin entrar en spoilers), el tema y final de su mítica Manhattan es bastante parecido.

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Comentarios

  1. Neordental

    Creo que lo que hace grande a esta película es el que, como dices, Eustache habla de sí mismo, de el aire que había respirado, de sus pasiones y sus miserias, de la incapacidad de vivir, de amar, de morir. Muchas películas he visto de directores que van de tortuosos y suicidas mientras se follan a top models en su mansión. Se nota cuando uno habla de lo que sabe, aunque le duela. Y el malogrado Jean se dejaba la vida filmando.

    Personalmente me parece una obra maestra, genial a pesar de su duración -aunque, como en la monumental Sátantango, las horas pasen factura en la valoración global-, alejada de cualquier floritura formal, directa a la llaga, de una incalculable elocuencia. Estremecedora, triste, desgarrada. Sincera.

    Muy buena crítica, Asdrúbal.

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