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La guerra y sus secuelas

Por Enrique Fernández Lópiz

Hace un cuarto de siglo que comenzó la Guerra de Bosnia, uno de los episodios más cruentos de la ruptura y desmembración de la ex-Yugoslavia, tras la caída del comunismo y el mando de acero del Mariscal Tito. Este tipo de películas –ahora haré mención a otras- sirven para comprender la guerra en los Balcanes, para pensar qué y cómo fue aquel horror que asomó sus garras en pleno corazón de Europa y ante las narices de todos los biempensantes continentales que vimos la fragmentación geográfica y el desgarro y la crueldad humana casi en directo por TV, impávidos. Hasta que EE.UU. se puso serio, que es lo que hasta ahora siempre ha ocurrido en Europa, y “acabó” con la sangría. Para para una generación entera, la de los nacidos en la década de los ochenta, éste fue el bautismo de fuego sobre la irracionalidad de la guerra. Un conflicto fratricida en un continente que, se suponía, había aprendido a vivir en paz.

Me permito mencionar algunas películas importantes sobre el tema, para quien las quiera tener en cuenta. Son: Antes de la lluvia (Milcho Manchevski, 1994); Underground (Emir Kusturica, 1995); Bienvenidos a Sarajevo (1997), del versátil Michael Winterbottom; la francesa Las flores de Harrison (Elie Chouraqui, 2000); En tierra de nadie (Danis Tanovic, 2001); de nuestro compatriota Daniel Calparsoro, 2002, Guerreros; La verdad oculta (Larysa Kondracki, 2011); En tierra de sangre y miel (2011), el debut en la dirección de Angelina Jolie; también de un compatriota, Fernando León de Aranoa, de 2015, Un día perfecto; y finalmente, esta cinta croata que ahora me dispongo a comentar tras haberla visto de estreno en nuestro país, Bajo el sol, de Dalibor Matanic, 2015.

El film cuenta tres historias de amor en diferentes momentos de la reciente historia serbio-croata. Son historias de amor entre enemigos, amores prohibidos entre un hombre croata y una mujer serbia; sobre el retorno la contienda; sobre el desencanto y la culpa. Film denso donde los haya y esclarecedor de la tragedia, y sobre todo de las secuelas que trae consigo la guerra. Sin concesiones a la galería, la cinta nos introduce en un orbital de angustia y supervivencia.

Tres décadas. Dos naciones. Tres historias de amor consecutivas, amores en el corazón envenenado de los Balcanes, aunque la verdad, el film “fluye como un solo relato […] historia única sobre las secuelas de la guerra y la dificultad de la reconciliación” (Qim Casas); el metraje es un continuum tan real como fatídico.

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A.- 1991: Yugoslavia todavía está unida, pero la tensión ya es palpable. Iván es serbio y Jelena croata, pero su amor trasciende el odio entre sus pueblos. Ambos están a punto de abandonar su terruño natal para viajar a Zagreb juntos. Él toca la trompeta y la música juega un importante papel, siendo utilizada como lenitivo contra la intolerancia y las barreras, tanto físicas como metafóricas. El final de esta historia, al modo de Romeo y Julieta, deviene dramática.

B.- 2001: Croacia es ya un Estado independiente que está pagando un coste humano y a todo nivel muy grande. Acabada la contienda, la joven serbia Natasa vuelve con su madre a la casa en la que creció. El regreso a las raíces se plasma en un paisaje de casas vacías, huellas de bomba y metralla, ventanas sin cristales, un pueblo fantasma. Natasha es el reflejo de la desconfianza y la desolación que la guerra ha dejado en su tierra y en su alma. Rencorosa, indiferente, arruinada interiormente. Pero la pasión es su punto débil. Su querencia es Ante, un joven que les ayuda a reconstruir su casa. En Natasha se entremezcla el ferviente deseo del amor y la inconmovible pasión nacionalista. Pero “la amargura hace difícil que la naturaleza sexual de las cosas siga su curso” (Weinrichter). Transcurridos los días y difuminados los recuerdos, un futuro más esperanzador asoma en el horizonte, aunque persiste el lastre del dolor. La música aquí ya no es un arma contra el odio, sino una herramienta de seducción, esos auriculares de la joven dan rienda suelta a la imaginación y al erotismo.

B.- 2011: Luka, croata, vuelve a casa para una fiesta después de una larga ausencia. Visita a sus padres y lucha contra la tentación de buscar a Marija, la joven serbia con la que tuvo un hijo. En este período Croacia es un país cambiado y reformado, y aunque las apariencias son otras, en el fondo los problemas persisten. La preocupación ahora es el futuro inmediato y las diferencias ya no vienen de los orígenes nacionales, sino de la separación entre zonas urbanas y zonas rurales. De otro lado se ha producido un auge de lo festivo en la juventud: el alcohol, los tóxicos y la frivolidad sexual campan en la fiesta. La música sirve ahora a modo de catarsis que envuelve a los chicos en contorsiones, baile desaforado y gritos al cielo. Muchachos pertenecientes a una generación que apenas conserva una vaga idea de lo que una vez se llamó Yugoslavia. Pero los errores hay que pagarlos y Luka y Marija aún deben sufrir.

Hay mucho dolor, desasosiego, amargura, tropiezo y pasión en estos tres episodios románticos situados en dos pueblos vecinos en la zona de los Balcanes.

El director Dalibor Matanic es bastante desconocido en nuestro país, y con este film ha sabido construir una obra imponente sobre los devastadores efectos de la guerra, rica en “sensorialidad plástica” (Costa), “sensual e intimista” (Bermejo) y siempre haciendo un análisis de aquellos crudos acontecimientos, desde la perspectiva de los protagonistas, con un firme aval, como ahora diré, en los principales intérpretes. Matanic “apuesta por una mirada sencilla y un patrón narrativo sabido, pero el magnífico despliegue de imágenes y la poética visual redimen la sensación de cliché” (Caballero) y su planteamiento dramático está orientado a la simplicidad servida en la forma del tríptico a que he hecho mención.

El guión del mismo Matanic está perfectamente pergeñado, escrito con solidez y ofreciendo un panorama romántico, social, y a la vez viscoso, de aquellos terribles acontecimientos que marcaron la vida de los personajes y de millones de ciudadanos serbios y croatas que se vieron envueltos en una beligerancia atroz y fratricida. Tiene de particular el libreto que, sin obviar el desgarro, coloca las acciones bélicas fuera de los encuadres, fuera del campo de visión. Además, si por un lado el argumento coloca sobre el tapete la esperanza de recuperar la paz, de otro lado permanece una especie de pesimismo que parece abocar a los personajes a la repetición de la tragedia. Es decir, “en la apariencia de que, sin ruido de sables, no sucede nada; el silencio se hace aterrador” (Marañón). Aunque ya en el segundo y tercer episodio la guerra ha terminado, la guerra habita en los personajes como demonio interno y maldito.

Excelente música de Alen SinkauzNenad Sinkauz, que ejemplifica en sus tres momentos, como ya he apuntado, la música como elemento de paz en el primer capítulo; en el segundo episodio la música usada para la fantasía y la atracción; y en el tercer momento la música como purificación. Es muy buena la fotografía de Marko Brdar.

La pareja actoral es siempre la misma en las tres historias: una enorme Tihana Lazovic, expresiva, convincente y creíble en sus papeles; y Goran Markovic que teje sus roles con una naturalidad que encierra la angustia y el dolor de los acontecimientos, lo cual que es capaz de trasladar al espectador. Y excelentes actores como Nives Ivankovic, Mira Banjac, Slavo Sobin, Dado Cosic, Trpimir, Lukrecija Tudor y Stipe Radoja. En lo actoral de diez para arriba.

Premios y nominaciones entre 2015 y 2016. 2015: Festival de Cannes: Premio Especial del Jurado (“Un Certain Regard”). Satellite Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa. 2016: Premios del Cine Europeo: Nominada al Premio del Público.

Es la última entrega balcánica que llega a nuestras carteleras; una cinta premiada en Cannes, tres historias de amor y tres décadas diferentes, pero siempre con la misma pareja protagonista (Thiana Lazovic Goran Markovic). Una obra quereflexiona sobre la dualidad amor-odio, pero sobre todo profundiza en dos conceptos tan ligados a la barbarie como son el dolor y la pérdida, en todos sus niveles. La de la inocencia, la de la libertad, la de los seres queridos, la de la vida […] una obra que sabe tomarse su tiempo, que no duda en ofrecernos planos introspectivos de sus personajes a fin de adentrarnos con mayor facilidad en sus percepciones” (Gil Gómez). Se aprende mucho con el visionado de esta obra, y no sólo sobre el mal que anida en el corazón humano o sobre nuestro instinto cainita. También aprendemos una sencilla moraleja: si una región está sometida a los tirones de grandes potencias y fanatizada por conflictos religiosos y étnicos, no nos debe sorprender que se convierta en un avispero incontrolable. Y lo que es peor, sus secuelas durarán décadas.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=pcWDMgipJ78.

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