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La Guerra Fría desde el humor de Wilder

Por Enrique Fernández Lópiz

He dicho ya en otras ocasiones que hay directores que no fallan, es decir, que cuando ves una película dirigida por ellos, será por definición y de antemano, un excelente film. Pues bien, uno de estos directores es Billy Wilder (1906-2002), un director que lo consiguió todo en el Séptimo Arte tras sesenta películas como guionista, veintitrés dirigidas y seis Oscar, amén de veintiuna nominaciones. Y docenas de premios más.

Y ahora que estamos de aniversarios y celebraciones por la caída del muro de Berlín, qué mejor que poder ver y en mi caso comentar la película Un, dos, tres que, sin duda, es un paradigma del cine de humor, un humor de gran sutileza y perspicacia, un humor irónico y a la vez cáustico y veraz sobre aquel experimento tan cruel que fue el comunismo de la ex-URSS, sin excluir el nazismo o el capitalismo feroz a quienes también da un repaso a base de humor y risa.

Wilder trata estos temas con un afilado guión escrito por él mismo junto a I.A.L. Diamond, basado en la comedia en un acto One, Two, Three (1930), del húngaro Ferenc Molnár (1878-1952), uno de los más grandes intelectuales húngaros de la primera mitad de siglo. Sus aceradas escenas, su mordiente, su comicidad de hondo calado y a veces la carcajada que suscita, hacen de este film una obra imperdible y un análisis muy agudo del comunismo y también del mundo empresarial norteamericano. Esta aguda humorada, esta obra ácida, penetrante y arrolladora de Wilder está ambientada en el Berlín de la Guerra Fría.

La película tiene una gran música de André Previn, una partitura dinámica, rítmica y colorista que incluye fragmentos de la Danza del sable de Khachaturian, Las Walkyrias de Wagner, e incluso del rock: Itsy-Bitsy Teeny-Weeny.  y qué decir de la excelente fotografía en blanco y negro de Daniel L. Fapp (West Side History), que además mueve la cámara con extraordinaria eficiencia, ofreciendo con delectación los “gags” visuales y subrayando con imágenes las sugerencias sonoras; fotografía que fue nominada al Oscar a la mejor fotografía en aquel año de 1961.

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El reparto no puede ser más genial, con otro grande del cine, el actor James Cagney que borda el papel de empresario ambicioso, jefe de ventas de Coca-Cola en Berlín que vislumbra por fin su meteórico ascenso en la empresa, dando el salto al otro lado del Telón de Acero. Igualmente de lujo están el resto de actores y actrices de primer orden como Pamela Tiffin, Horst Buchholz, Arlene Francis, Liselotte Pulver, Howard St. John, Hanns Lothar, Leon Askin, Ralf Walter, Karl Lieffen o Hubert von Meyernick. Un auténtico coro de intérpretes con una gran vis cómica y enorme ingenio para esta obra de Wilder.

La historia narra la vida en Berlín del ambicioso, astuto y típico norteamericano C.R. MacNamara (James Cagney), quien desde el occidente berlinés pretende abrirse paso hacia la URSS con su incuestionable Coca-Cola, y sueña con la llegada de ese día, mientras se entretiene con su secretaria y procura pasar por alto las excentricidades de su plantilla que sigue actuando con las mañas del recién extinto nazismo. Pero contra sus delirios y deseos, lo que su jefe supremo le encarga desde los EE.UU. es que cuide a su hija Scarlett, que llega a Berlín esa misma tarde, de visita temporal. Scarlett es una enredadora e impetuosa joven que, con dieciocho años, ya ha estado prometida en cuatro ocasiones. Pero lo peor viene cuando tras saltarse la vigilancia de MacNamara, conoce y se enamora perdidamente de Otto Piffl, un joven comunista cargado de ideas estereotipadas y consignas, que vive en la Alemania Oriental. A partir de aquí todos los planes del ambicioso jefe de ventas se ponen en peligro. El señor MacNamara hará lo imposible por deshacer el noviazgo antes de que el padre se ponga al corriente.

A mí me parece que si alguien quiere hacerse una idea cabal de quiénes o cómo eran los nazis y la escuela que dejaron aun después de derrotados, quiénes y cómo eran los comunistas de la Rusia Soviética, sus consignas, tics, prejuicios y estereotipos, y si alguien quiere conocer una definición del silvestrismo capitalista y la ambición de las altas esferas empresariales americanas, encontrará en este film todos esos tópicos sin necesidad de sesudas lecturas, y encima, riéndose a mandíbula batiente. De la mano del gran Wilder, cada detalle visual, cada diálogo, cada escena por mínima que pueda parecer, cada línea del guion funcionan como un golpe directo a todo aquello que critica, sin permitir que el espectador pierda en ningún momento la sonrisa.

Wilder destaca y luego ridiculiza los tópicos del nazismo, del comunismo –al que le dedica grandes dosis de sátira- y del capitalismo, pues desvela los aspectos más deficitarios del mundo americano (recordemos que Wilder es de origen húngaro). De manera que delata, siempre en clave de humor, la disciplinariedad estúpida de las reminiscencias hitlerianas en los taconazos y forma de cuadrarse de los empleados berlineses, se ríe de las consignas y el colectivismo comunista, ataca con contundencia la enfermiza obsesión por ganar dinero de los americanos, y denuncia la ambición social por el ascenso y el reconocimiento en general. De igual modo, enfrenta el gran contraste que se da entre el quijotismo del joven y la practicidad cruel de MacNamara, no porque defienda una u otra ideología, sino como un acto de fe en aras al romanticismo –aunque sea ingenuo- “versus” el cinismo.

No sé cuántas veces he visto esta película y no me cansa, siempre descubro nuevos alicientes en su recorrido, y no recuerdo haber visto nunca una sátira tan perspicaz al mundo de aquellos entonces, de no hace tanto, en el cine.

Humor más que inteligente, ritmo trepidante, montaje perfecto, interpretaciones admirables, escenas a toda velocidad con persecuciones alocadas, James Cagney magistral, enérgico y chillón, representante de ese capitalismo maquiavélico típicamente americano, con sinuosa secretaria para más señas, chistes en tropel (por eso no está mal verla varias veces), a veces no te ríes para no perder la siguiente ocurrencia y sobre todo, no se te ocurre ni levantarte un palmo del asiento.

Película, en fin, sincopada, impulsiva, y desvergonzado sarcasmo político, que no deja títere con cabeza en esa “guerra fría” que caldeaba el mundo de aquellos felices sesenta. En “Uno, dos, tres” se reparte leña a todos: al nazismo, al comunismo y al capitalismo, todos, y aunque no por igual, todos son ridiculizados severamente a lo largo del film.

Estimados lectores de estos comentarios de ojocritico, no se olviden que Wilder fue único (no en vano su maestro fue otro grande: Ernst Lubitsch), que única fue la porción de Historia que narra en clave sarcástica esta película, y que no van a encontrar ya más, por lo que se ve hoy, un personaje de esta talla a la hora de abordar con humor los problemas y asuntos complejos de nuestra reciente Historia. Recomiendo y recomendaré este film una y mil veces.

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