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La guerra a través de la inocencia

Por Jorge Valle

El Imperio del Sol, la película de Steven Spielberg basada en la autobiografía de J.G. Ballard y ambientada en la II Guerra Mundial, constituye un relato atípico de la guerra al mostrar todo el terrible océano de horrores e impiedades derivado del conflicto desde la ingenua perspectiva de un niño. Jim Graham (Christian Bale), un inglés de alta clase acostumbrado a una cómoda y placentera existencia en el asentamiento internacional de Shanghai, se ve envuelto de repente en una nube de caos y gritos desesperados cuya explicación escapa a la inocencia propia de la infancia –“¡Me rindo, me rindo!”-, aunque el sinsentido de la guerra es difícil de entender y asimilar a cualquier edad. Separado de sus padres y obligado a sobrevivir por sí mismo, Jim termina en un campo de concentración japonés en el que, con la ayuda de Basie (John Malkovich), irá aprendiendo a desenvolverse en un mundo sin reglas –“lo único que me has enseñado es que se puede hacer cualquier cosa por una patata”-. El obligado paso de la infancia a la adolescencia queda reflejado en los cuatro años de cautiverio de este niño que se revela como un individuo tremendamente pragmático –una de las palabras nuevas que aprende cada día gracias al médico del campo que le enseña latín-, pues aprovecha cualquier ocasión que se le presente. Un “Lazarillo” forzado a sacar lo peor de sí mismo para resistir las duras condiciones derivadas de la gran guerra: el hambre, las epidemias, la muerte y, sobre todo, la falta de solidaridad entre personas que solo buscan el bien individual y que se rigen por la ley animal del más fuerte.

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Pero en este infierno también hay lugar para la empatía y la amistad: ahuyentada la soledad y acostumbrado al miedo, Jim se convierte en un salvador de los más desfavorecidos, haciendo compañía a los enfermos y alimentando a los demás niños y a los más ancianos. Paradójicamente, el jovencísimo protagonista se ha sobrepuesto a la guerra gracias al cuidado no solo de sí mismo, sino también de los demás. Esta antítesis queda también reflejada en las bellísimas imágenes fotografiadas por Allen Daviau, con especial mención para el inicio de la cinta, en el que coronas de flores van desfilando por la tranquilidad del agua acompañadas de ataúdes de madera, mientras suena una preciosa nada llamada Suo Gan. La belleza y el horror, de la mano en una película que en su año de estreno no recibió el reconocimiento que se merecía –consiguió seis nominaciones a los Óscar, todas en apartados técnicos-, pero que el tiempo ha sabido poner en el lugar que se merecía, como una de las más bellas y tristes fábulas sobre la guerra y la inocencia. Una muestra más del talento de un director que lleva 40 años sacudiendo Hollywood a base de obras maestras y exitazos en taquilla. La mano de Spielberg se nota tanto en la poesía de la imagen –convertir una bomba atómica en una escena preciosa y emotiva, en la que Jim cree que la cegadora luz blanca es en realidad el alma de la señora Victor- como en la maestría con la que retrata las emociones propias de la infancia, a lo que contribuye también un jovencísimo Christian Bale que ya apuntaba maneras allá por 1987. Sobre él recae todo el peso de la película, ocupando todos y cada uno de 147 minutos de metraje. Su talento queda reflejado en las dos escenas más emotivas de la película: la primera, en la que admite ahogado en lágrimas que es incapaz de recordar las caras de sus padres; y la segunda, la escena final del reencuentro, en la que Jim apenas les reconoce, mientras mantiene la mirada perdida entre multitud de niños, una mirada triste y desolada que refleja toda una odisea de penalidades y sufrimientos que ningún niño debería haber visto nunca.

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