Image Image Image Image Image Image Image Image Image

La gran belleza

Por Enrique Fernández Lópiz

Se trata de una historia que se desarrolla  en Roma, en el verano, mientras los turistas acuden en multitud a la colina de Canícula. Allí un visitante japonés impresionado por tanta belleza cae desvanecido. De otro lado, Jep Ganbardella (Toni Servillo) es un hombre maduro, un seductor irresistible que no quiere afrontar los signos de su envejecimiento. Para Jep la vida social de Roma es toda su vida; asiste a cenas, bailes, fiestas sin fin donde siempre es bien acogido. Es un periodista exitoso que hace entrevistas y en cuyo currículo figura un único libro de juventud con el cual ganó un Premio, sin que volviera a repetir esta hazaña. Su desencanto de escritor frustrado y de hombre casquivano lo guarda tras una importante carga de inteligente cinismo que le hace tener una visión del mundo lúcida a la vez que desconsolada.

Esta película no es evidentemente una obra para mayorías ni pertenece al cine llamado comercial, pero sí es un gran film lleno de ondulaciones, vericuetos y lugares desusados, algunos surrealistas, que nos aproximan, entre otros, al mundo de Fellini.

Se trata de una película italo-francesa magistralmente dirigida por un gran Paolo Sorrentino, basada en guión del propio Sorrentino escrito a dúo con su inseparable Umberto Contarello. La fotografía es muy buena, con una música variada y al hilo de la trama; y una gran puesta en escena que repara en multitud de detalles.

El reparto está compuesto en su papel principal por un genial Toni Servillo que en el papel de Jep Gambardella es el alma de la película. Y alrededor de él las excelentes actuaciones de Carlo Verdone (Romano); Sabrina Febrilli (Ramona); Carlo Buccirosso (Lello Cava); Iaia Forte (Trumeau); y Pamella Villoresi (Viola) que conforman un fuera de serie coro actoral.

Su director Sorrentino afirma haberse querido acercar a la belleza, las escenas y las personas que ha conocido en Roma, ciudad que considera de enorme atractivo, reconfortante e incluso con “aventuras intelectuales que no conducen a ninguna parte”. Para Sorrentimo fue Gambardella la definitiva pieza del rompecabezas que habría de dotar de sentido y cierta claridad al film.

lagranbelleza2

De otro lado Paolo Sorrentino describe su vínculo con Umberto Contarello como una amistad de juventud, cuando ya Contarello era un escritor de fama y quería dedicarse al guión. Y cómo, desde entonces, ambos han sabido aproximar sus mundos poéticos de manera conjunta. Al modo del juego del ping-pong, uno escribe un guión, otro un segundo, se lo van comunicando, hacen un tercero, y así sucesivamente, siendo que el guión está siempre modificándose; la palabra fin no existe en la escritura a dúo de ambos.

Cualquiera que vea la cinta se dará cuenta de que es una obra exuberante, incluso con cierto exceso en los escenarios, el vestuario y la gran cantidad de actores que el film requería. Mucha “densidad”, explica Sorrentino.

El arranque es el de la Dolce Vita, un actor, Gambardella que es en esencia un espectador del mundo que le rodea y se convierte en la razón de ser de la historia. El protagonista se ve envuelto en historias en muchos casos accidentales y otras veces ligadas al destino, y a su través va haciendo un viaje personal e íntimo; un viaje interno, pero en el encuadre de Roma y de la Dolce Vita. Ambas obras maestras, la de Fellini y la de Sorrentino, no es que haya que mezclarlas o compararlas, sino verlas y entender que de alguna manera, bajo la sabia batuta de Sorrentino,  son dirigidas de forma creativa confundiéndose ambas.

Al ser Toni Servillo mayor que Marcelo Mastroniani, la naturaleza de la historia cambia y se da una mayor desilusión frente a su incompatibilidad con la creatividad. Jep Gambardella siente la necesidad de incluir su biografía en sus escritos, pero ocurre que el escritor y mundano personaje se ve tironeado de un lado al otro por su banal existencia, sus fiestas, por la deriva en esa vida superficial y de chismorreo inútil; y eso le hace darse cuenta de que su empeño es imposible. Para Gambardella el origen de su desesperación es el envejecer, su tiempo limitado, su menor energía, presenciar cómo la felicidad se esfuma o tal vez nunca existió. Sólo le queda la nostalgia y la inocencia que él asocia en su ingenuidad con la beatitud. De ahí todo el magistral pasaje de la monja santa. La beatitud es un estado envidiable, inesperado, lo que le conduce poco a poco a la suspensión y al silencio. Y será la monja la que consiga conducirle por otro camino, a iniciar una nueva vida creativa y artística.

A mí me parece que se da, a poca sensibilidad cinematográfica que se tenga, un enganche con el lenguaje visual, un lenguaje bello que retrata con extravagancia y singularidad espacios y personajes de Roma en las primeras horas de la mañana. Pero también hay para la noche. Y también tenemos el retrato psicológico del protagonista, un cínico en toda regla, hastiado hasta el boato, que vive de noche y duerme de día. Desde la ya lejana época en que escribió su famosa novela, se quedó sin ánimo ni argumentos para escribir otra obra. Desde entonces Jep Gambardella no exterioriza sus emociones o meramente las atribuye a su juventud. De esta guisa, él es un cronista mundano en medio de millonarios y gente singular, observando el mundo siempre de forma elegante hasta el amanecer en que le sorprenden lugares e instantes con una belleza extraña y gran resonancia poética.

Así, la película resulta muy atractiva pues lo esperpéntico adquiere sentido en esa rara mezcla de lo convencional con lo chocante; como antes decía, la música está muy bien utilizada y el permanente juego de máscaras hipnóticas fascina la retina del espectador. Sorrentino también dispone, como es habitual, de un actor admirable llamado Toni Servillo, actor verosímil, con firmeza y con una elevada carga de sátira, pero también con momentos intimistas. No creo errar si digo que una importante porción del peso del film lo carga Servillo sobre sus espaldas.

Al final yo me quedé como atontado, en silencio, fascinado y a la vez confuso, pero siempre atraído por lo que vi y aun por lo que seguía viendo y oyendo en los créditos finales: ¡una gran belleza!, nunca mejor dicho.

Comentarios

  1. Anna Montes Espejo

    En mi opinión, detrás de cada secuencia está mucho más el Fellini de “Fellini 8 y 1/2″ y el director de obras más teatrales y aparatosas como “E la nave va”, “Casanova” y “Giulietta degli spiriti”, que el de la “Dolce Vita”; aunque Mastroianni está en la sombra del protagonista y hasta en el modo de interpretar de Servillo (si bien es cierto que Mastroianni siempre actuó como alter ego del director italiano en sus películas).

    Estoy de acuerdo en que toda la “belleza” deplegada es magnífica, sin embargo, en ese empeño de criticar la vacuidad de todo ese mundo, la película acaba quedándose vacía, o supeditando en exceso el contenido a todo el hermoso empaque.

    • Enrique Fernández Lópiz

      Vaya Anna, me ha dejado una grata impresión tu comentario, y me ha enseñado y mostrado ángulos que tú aportas de una manera muy clara y bien expresada. Entonces te doy las gracias y te digo: ¡hasta otra!

  2. Anna Montes Espejo

    Muchas gracias por tus palabras, Enrique!
    Saludos, compañero :)
    http://www.ojocritico.com/author/annamontesespejo/

Escribe un comentario