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La Foster, gran orfebre de la nota desafinada

Por Enrique Fernández Lópiz

Siendo yo muy niño, un hermano mío de los seis que éramos, el más pequeño, gustaba de cantar rancheras mejicanas, lo cual hacía de manera fatal, a base de desentonar cada nota, con falsetes inaudibles y toda una vocinglería insoportable. Mis hermanas mayores le daban un dinerito a cada tanto con tal de divertirse, mientras el incauto niño-hermano entonaba “Yo tenía un chorro de voz…” todo ufano y disfrutando de lo que hacía Incluso de adolescente continuaba con esa inútil vocación, esta vez guitarra en mano y metido a cantautor de canciones protesta. Siempre pensé que este hermano hacía un despliegue de lo que era su fantasía y su gusto, “negando” sus limitaciones. La “negación”, como es sabido por los psicoanalistas, es un mecanismo de defensa inconsciente contra la angustia, que ejecuta nuestro Yo, por el cual una persona se enfrenta a sus dificultades obviándolas y negando su existencia o su relación o la relevancia que para él tiene, no reconociendo aspectos dolorosos de la realidad o de las propias experiencias que son manifiestos para los demás. En el caso que cuento, ya pasados unos años la sensatez y la dura realidad se impusieron y mi hermano abandonó la guitarra y su afición a cantar. El caso que esta película trata es equivalente, pero más extremo y llamativo. Veamos de qué va este film que lleva por título el nombre del personaje principal Florence Foster Jenkins.

Producción británica ambientada en el Nueva York de los años ´40, cuenta la verdadera historia de Florence Foster Jenkins, la ya legendaria heredera neoyorquina de la alta sociedad, que persiguió de manera pertinaz e incluso obsesiva su sueño de llegar a ser una diva del “belle canto”. Pensaba con gran convicción que tenía una hermosa voz de soprano, pero era evidente para conocidos y extraños que dicha voz, amén de su oído, eran horrorosos, tanto era así y tanto desentonaba, que llegó a ser motivo de risa para el público que asistía a sus conciertos. Iban para cerciorarse de que la cosa era tan espantosa como se comentaba. Florence carecía del mínimo talento pero tenía siempre junto a ella a su esposo, amante y manager St. Clair Bayfield, un aristócrata y actor inglés decidido a proteger a su esposa de la verdad y tenerla en la burbuja del autoengaño en que Florence vivía. Cuando Florence decide dar un concierto en el Carnegie Hall, St. Clair tiene que enfrentarse a su mayor desafío. El relato del film abarca el breve período en que la valerosa “cantante” contrató a un joven y excelente pianista e incluso al gran Paganini, para poner a punto su ilusorio talento.

El prolífico director Stephen Frears consigue sacar adelante este proyecto basado en una vida real haciéndolo con humor pero sin arruinar la obra con excesivas pretensiones, más bien recurriendo a cierta ligereza, propia en él, a la hora de narrar las peripecias de la pareja protagonista: Florence y Míster Bayfield. “Frears adopta un enfoque sentimental y vocacionalmente liviano que sortea asuntos espinosos […] y evita reflexiones críticas” (Salvá). Esto es de agradecer en cierto modo, pues la cinta habría podido derivar en lo grotesco. El guión de Nicholas Martin está confeccionado con el asegurado artilugio del complot y el enredo, algo que suele funcionar en el cine y también en el teatro. El asunto consiste en que los personajes que rodean a la protagonista se confabulan para que Florence sea la única que ignora la verdad del caso, de su caso. Gracias a su marido, cuya mayor virtud es ser consciente de su falta de talento, Florence carece de sentido y no tiene ni idea de lo horrenda que es su voz. En esa trama, los diálogos, algunos gags y la eficiencia de los actores construyen una historia divertida, a la vez que con no obvia su trasfondo, si bien este trasfondo queda muy diluido.

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Efectivamente, a propósito del trasfondo de este film, lo que acontece es un “un interesante discurso global sobre la impostura, las máscaras y el valor de la pureza (en el arte, en el deporte, en la vida social…) que bien merecería alguna reflexión más allá del cliché de que el británico ya no hace sino livianos pero poco significativos divertimentos” (Trashorras). Pero creo que lo que ocurre es que la jugada de apostar por tonalidades gráciles y la renuncia a subrayar, bien en la comicidad o el drama, es lo que convierte obras como esta en artilugios que a la postre tienen un restringido impacto comercial, pero que a la vez son agudos y en el fondo enternecedores. Por eso gustan.

Excelente la música de Alexandre Desplat, luminosa fotografía de Danny Cohen, ambientación y vestuario muy interesantes, así como la puesta en escena en general.

El reparto es básico para sostener esta película con una Meryl Streep que, aunque lejos de sus mejores interpretaciones, no obstante hace reír y sabe acentuar la fragilidad y cierta condición kitsch del personaje de Florence; también es capaz de cantar tan mal como el personaje precisa, lo cual aporta una vis cómica entre lo extravagante y lo penoso. Hugh Grant hace un excelente papel como como el platónico amante de la protagonista, midiendo con su soltura habitual cada gesto, sonrisa o simplemente poniendo en marcha el repertorio de actor elegante y singularmente british que viene como anillo al dedo a su personaje. Simon Helberg destaca en el papel de pianista con su típica cara chispeante, demostrando gran versatilidad. Acompañan con un excelente nivel Nina Arlanda, Rebecca Ferguson, Neve Gachey, Dilyana Bouklieva, John Kavanagh, Jorge Leon Martínez, Danny Mahoney, Paola Dionisotti, David Menkin, Tony Paul West, Philip Rosch y Sid Phoenix. Magníficos todos.

Entre premios y nominaciones a fecha de hoy (12/12/06): Critics Choice Awards: Nominada: Vestuario, actor comico (Grant), actriz comica (Streep). Premios del Cine Europeo: Nominada a mejor actor (Grant). Satellite Awards: 2 nominaciones incluyendo mejor actriz (Meryl Streep).

Biopic divertido y en ocasiones dolorido de Florence Foster que yo aconsejo. Mujer que fue diva del autoengaño, filántropa, melómana y que tuvo la loca ocurrencia el 25 de octubre de 1944 de sembrar el “estupor y la risa desde el escenario del Carnegie Hall, (desde entonces) su condición de mito fundacional de la cultura basura, entendida como postmoderno activismo del gusto, no ha hecho más que crecer y consolidarse. La Jenkins era una orfebre de la nota desafinada que se percibía a sí misma como prodigiosa soprano de coloratura: su generosidad en el mecenazgo y su posición social hicieron que nadie la sacara de su error” (Costa). Sé que hace sólo unos meses, en 2015, se estrenó la producción francesa Madame Marguerite, inspirada libremente también en este curioso personaje, y dicen que es una versión mejor, que ésta que ahora comento es “menos rica y menos redonda que ´Margueritte¨” (Lodge). Lo digo para que el lector lo sepa, mas yo no he podido ver todavía esta versión de Xavier Giannoli que dejo en lista de espera porque el personaje lo merece. No está mal visionar otros puntos de vista, y además posee cuatro premios César.

Pero volviendo a la versión de Stephen Frears, a mí me ha gustado esta especie de tragicomedia con sus interesantes puntos de humor, es entretenida e incluso tiene momentos muy emotivos; el film, así, bascula entre lo conmovedor y lo divertido. El punto álgido se alcanza cuando la farsa está a punto de desmontarse. Entonces, el guión de Martin, la dirección del septuagenario Frears y la actuación de todo el elenco actoral consiguen, según mi opinión, afrontar con éxito este largometraje. Soy consciente que hay huecos, que faltan elementos para alcanzar la excelencia, pero muchos querrían hacer películas así en términos promedio. Una comedia deliciosa que esconde un drama real.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=N4OBOczmHqs.

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