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La familia siempre es lo primero

Por Jorge valle

La gran familia española comienza con las imágenes y sonido en directo de la película Siete novias para siete hermanos. Las referencias al clásico de Stanley Donen son continuas durante toda la cinta, y aluden al sueño de un matrimonio de tener siete hijos varones con sus mismos nombres bíblicos. Finalmente, sólo pudieron tener cinco: Adán (Antonio de la Torre), un depresivo que apenas entabla conversación con el resto de la familia y que busca ansiosamente recuperar a su esposa; Caleb (Quim Gutiérrez), un médico que ha estado en Kenia durante dos años como voluntario y que regresa con la intención de recuperar a su exnovia; Daniel (Miquel Fernández), un treintañero que ha aprovechado la marcha de su hermano para ocupar su rol en la familia; Benjamín (Roberto Álamo), un disminuido psíquico; y Efraín (Patrick Criado), un joven de diecisiete años que ha decidido casarse con el amor de su infancia.

Es precisamente la boda de este último la que sirve de telón de fondo al director Daniel Sánchez Arévalo para retratar, a través de sutiles pistas, miradas y gestos escondidos y reveladores, el complejo entramado de relaciones que compone una familia. Pero el enlace, unido al regreso del hermano pródigo, parece haber alterado el equilibrio familiar y sacado viejas rencillas entre los distintos miembros. Para empezar, ninguno de los matrimonios de la familia ha funcionado, ni siquiera el del padre (Héctor Colomé), quien sigue sin (querer) superar que su mujer le abandonara. Además, la boda coincide con la final del Mundial de Sudáfrica, a la que la selección española de fútbol ha llegado para sorpresa y alegría de todos los españoles. La gran familia española es la cuarta y última película de este director que deslumbró y revolucionó el cine español hace ya cinco años con AzulOscuroCasiNegro, su ópera prima y, hasta la fecha, su mejor película.

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En La gran familia española todos los hermanos tienen su propia historia, que va evolucionando paralelamente a las demás sin que ninguna entorpezca ni se sobreponga a las otras, de manera que el interés del espectador no decae en ningún momento del metraje. Sus historias personales, envueltas en un halo de felicidad aparente, esconden en el fondo personajes profundamente heridos y necesitados de amor. Y es que poco tiene esta película de comedia y mucho de drama, sacando a relucir de nuevo –ya lo hizo en Gordos y Primos- la habilidad del director para convertir lo dramático en cómico, las lágrimas en carcajadas. Arévalo abraza la ligereza y la insufla a todo el conjunto, haciendo que el espectador nunca se sienta agobiado por lo que se le muestra en la pantalla, sino que conecta con todos los personajes y es partícipe de sus sentimientos y emociones. Mucho tiene que ver en esto el prodigioso guión firmado también por Daniel Sánchez Arévalo, repleto de escenas y diálogos ingeniosos, destinados unos a provocar la carcajada de público –la simulación del atraco de la casa o las acertadas apariciones de Raúl Arévalo como el camarero torpe-, y otros a tocarle el corazón –el conmovedor y demoledor monólogo final de Caleb, que destripa la verdad sobre la familia-.

Pero la verdad sobre esta familia española es la verdad, o al menos debería serlo, de cualquier familia del mundo. El secreto que se nos revela al final, y que ha supuesto una terrible carga para Caleb, nos muestra que no son los lazos de sangre los que conforman una familia, sino las experiencias vividas, los sacrificios realizados, todo un vendaval de emociones y sentimientos contradictorios –al cariño siempre se unen la frustración, la envidia entre hermanos y verdades que es mejor olvidar, aunque a veces salgan irremediablemente a la luz-. La gran familia española es una oda al amor familiar, ese que a menudo despreciamos o infravaloramos sólo porque sabemos que siempre va a estar ahí, y que muchas veces constituye la base sobre la que construimos todo el resto de nuestra vida.

El potente y amplio reparto, compuesto por algunas de las caras más conocidas para el público, es otro de los puntos en los que se apoya la película. Conviene destacar a unos sorprendentes Patrick Criado y Roberto Álamo –suyos son algunos de los momentos más desternillantes de la cinta- y a un siempre genial Antonio de la Torre. El papel más dramático es, como viene siendo costumbre en el cine de este director, para Quim Gutiérrez, un actor que, como el propio Sánchez Arévalo, necesita un último empujón –un papel con mayor carga dramática o una película más compleja y profunda, respectivamente- para convertir sus notables trayectorias en brillantes. Y es que las películas de Arévalo, a pesar de estar rodadas con un talento y un ingenio asombrosos y estar repletas de cosas excepcionales, no terminan por convertirse en una obra memorable. O quizá el propio autor no lo busque, y prefiera seguir abrazado a la sencillez y la naturalidad para deleitarnos con historias de apariencia simple e intrascendente, pero finalmente tremendamente conmovedoras. La gran familia española confirma, en definitiva, el talento de uno de los directores más interesantes del panorama español actual y nos recuerda que, a menudo, pocas cosas hay tan gratificantes y acogedoras como el amor y el cariño de una familia.

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