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La cura del bienestar

Por Alejandro Arranz

-Deben aventurarse en este viaje comprendiendo que el sentido fundamental del terror no es ser coherente, complaciente o sobrio, sino aterrador.
-Una historia interesante, una atmósfera densa y un apartado visual para perderse en él. Si les gusta el terror gótico tienen aquí una cita obligada.

Sé de sobra que no ha gustado demasiado este demente trabajo de Gore Verbinski, pero a mi me ha entusiasmado. He dejado que repose el tiempo suficiente y sigue retorciéndose en mi mente como una anguila colérica. Porque es una película bastante subversiva, que sale de los terrenos marcados y respira con pulmones propios. Uno de los trabajos más personales y autorales de este cineasta que tras sorprender con su remake de The Ring me cautivó con una de las mejores comedias dramáticas de la primera década del siglo XXI, The Weather Man, y con una cinta de animación con la que rompí el aplausómetro, Rango. También es cierto que su anterior película, la adaptación larga, aburrida, tópica y absurda de The Lone Ranger, fue una tortura; pero eso solo es porque este señor necesita salir de los proyectos de encargo y trabajar como una especie de enfant terrible surgido de Hollywood. Eso ha hecho en esta ocasión, con la ayuda del desigual guionista Justin Haythe (Revolutionary Road, Snitch), y el resultado no dejará indiferente a nadie. No esperaba menos de Verbinski.

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El protagonista de la aventura es el joven y ambicioso Lockhart (Dane DeHaan), que ansía ciegamente subir peldaños hasta la cima de Wall Street a costa de quien haga falta. Evidentemente le asolan todos los males de nuestro mundo, los cuales le marcan profundamente desde muy pequeño. Su misión de ir a buscar al CEO de la compañía y llevarlo de vuelta de un misterioso balneario situado en los Alpes suizos, es el comienzo de este relato destructor, no solo de convenciones del género, sino de los males de una sociedad capitalista cuyas contagiosas raíces de ambición, apatía y materialismo están demasiado arraigadas en los fantasmas que caminan por las calles sin una pizca de felicidad o amor propio. El primer paso de un descenso a los infiernos de la carne y el alma, una maléfica purga acuífera, una novela de terror narrada con virtuosismo visual brillante, turbador y magnético. La puesta en escena de Verbinski nos lleva hacia delante sin pestañear, esperando su siguiente atrevimiento, el tiro de cámara posterior o la solución visual inesperada a la vuelta de la esquina. Puede que literalmente, porque esta pesadilla pasillesca ofrece una arquitectura del todo inquietante, y al mismo tiempo atrayente para invitarnos a dar un paso más y abrir la siguiente puerta del castillo sin saber lo que hallaremos tras ella.

El pegadizo leit motiv musical nos acompaña según el thriller se vuelve malsano y transita hacia el terror psicológico con tintes sobrenaturales, mientras Verbinski hace gala de unas influencias maravillosamente digeridas y aún mejor plasmadas, que van desde Bram Stoker, H.P. Lovecraft, J.G. Ballard, Gastón Leroux y Allan Poe en lo literario, hasta Polanski, Dario Argento, Hitchcock y Kubrick en lo cinematográfico; por ejemplo. Problemas también hay, desde luego. La película se siente errática en más de una ocasión (a veces a propósito), algunas escenas sobran y la coherencia se infravalora a un nivel que no todo el mundo quiere aceptar. No obstante, el mayor problema es el montaje. Si su primera hora es impecable, el tramo medio tiene una cuantas escenas para recortar que se pasan por alto por las habilidades de Verbinski, y el tramo final se enreda una y otra vez ofreciendo hasta cuatro desenlaces que aumentan en delirio respecto al anterior. Como todo, ésto es pura controversia, el epílogo puede ser un problema o un jolgorio macabro para el espectador, pero lo que dejan claro esos 146 minutos de metraje, es que Verbinski ha hecho la película que quería, eso no se ve hoy en día y es admirable.

Extraña, enrevesada, agobiante, chiflada, larga, sin un instante fácil, convencional o complaciente. Verbinski se adentra en el exceso y nos hipnotiza incluso cuando la lógica más básica no se encuentra de su parte. “La cura del bienestar” no conseguirá suspender la incredulidad de todo el público, pero encontrará cierto espectador que la defenderá a capa y espada como una de las mejores propuestas de terror gótico en muchísimo tiempo. Ojalá más directores de talento logren sacar adelante sus proyectos atípicos y arriesgados para enriquecer la cartelera. Mientras tanto denle una oportunidad a esta película y presten atención al perverso doctor interpretado por Jason Isaacs, y a una de sus últimas frases: “¿Sabes cuál es la cura para la condición humana? La enfermedad, porque es la única manera de que podamos tener esperanzas en una cura”.

Alejandro Arranz

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