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La conquista de la libertad

Por Jorge Valle

Que una película tratara tan abiertamente el tema de la homosexualidad en plena Transición, cuando los prejuicios sobre el colectivo gay imperaban todavía con gran peso en la sociedad española, es poco menos que sorprendente y admirable. Un hombre llamado Flor de Otoño (1978), del director Pedro Olea, tiene como protagonista a Lluis (José Sacristán), un joven abogado que siente verdadera devoción por su madre, pero a quien esconde un gran secreto: por las noches actúa travestido en un pequeño cabaret. Sus números musicales nos revelan a un hombre melancólico y triste, ansioso de una libertad que le permita ser él mismo las 24 horas del día, tal y como afirma en un pasaje de la película.

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Lluis no solo reivindica el derecho a la homosexualidad, sino el derecho de toda persona a pensar y actuar por sí misma, una máxima imposible de concebir en plena dictadura de Primo de Rivera. No obstante, Un hombre llamado Flor de Otoño es tremendamente actual, pues la homofobia todavía sigue instalada en nuestra sociedad, aunque de manera mucho más calmada. La cinta, aupada por la genial interpretación de Sacristán, que le valió el reconocimiento internacional en el Festival de San Sebastián, donde recibió el premio al mejor actor, no necesita grandes alardes artísticos en la narración ni sorprendentes giros en el guión para emocionar y permitir al espectador empatizar con el protagonista, quien finalmente pierde el miedo a que los demás le vean tal y como es. Ha comprendido que pocas cosas hay tan satisfactorias como la aceptación de uno mismo, sean cuales sean las consecuencias.

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