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La búsqueda de la libertad

Por Enrique Fernández Lópiz

Película del año 1959, la historia de Antoine Doinel, un niño de doce años en una Francia a medio gas tras la Segunda Gran Guerra, en una Escuela propia de la época, con castigos físicos y una pedagogía obsoleta y en exceso severa, un niño que además debe afrontar y ser testigo de los problemas matrimoniales de sus padres.

Este niño, con el temor de ser de nuevo castigado en la Escuela por no haber cumplido unos deberes, decide no asistir a clase y escaparse en compañía de su amigo René. En esa tarde de novillos ve casualmente cómo su madre besa a otro hombre en plena calle. A partir de aquí, y tras escuchar comentarios que lo involucran a él como hijo tal vez no deseado, entre otras porque se entera que su padre no es su padre natural, con culpa y miedo, inicia todo un rosario de mentiras (incluyendo afirmar en la Escuela que su madre ha muerto, lo cual es castigado con una sonora bofetada por su padre); y todo ese estado de cosas (vive miserablemente y duerme en un saco de dormir, debe sacar cada noche la basura, castigos y más castigos); pues todo digo, va obviamente tocando su ánimo hasta desear dejar atrás toda la problemática que le angustia. Y como sueña con conocer el mar, planea con René una manera de huir, lo cual que hace finalmente, pero por su propia cuenta.

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Se trata de otra joya de François Truffaut que dirige con pulso firme esta historia de niños inmersos en el conflicto y el trauma, y muy determinado todo ello, por la época que les toca vivir y el empobrecido ambiente que viven. Un gran guión del propio Truffaut y Marcel Moussy que trazan una historia sensible y dramática. Gran fotografía en blanco y negro de Henri Decae, y una música penetrante y densa de Jean Constantin.

En 1959 esta película obtuvo los siguientes reconocimientos: Nominada al Oscar: mejor guión original. Festival de Cannes: mejor director. New York Film Festival: mejor film extranjero. Círculo de Críticos de Nueva York: mejor película extranjera. Nada que añadir, merece, desde mi modo de ver, esto y más.

El reparto es muy bueno, y sobresale la actuación de los niños, sobre todo del protagonista, algo sin duda desde la meritoria del director Truffaut que es el responsable. Actores y actrices, adultos y niños como un Jean-Pierre Laud magnífico, Claire Maunier espléndida, y brillantes Albert Rémy, Guy Decomble, Georges Flamant y Patrick Auffay.

Es desde mi modo de ver la visión de un niño en torno a la falta de amor, a sentirse abandonado en un mundo de adultos frío e incluso cruel. Los ojos del protagonista lo dicen todo, nos habla de su desolación, de unos padres distantes, de unos maestros que parecen domadores de fieras, una sociedad deficitaria que no provee al niño de lo que un niño necesita: cobijo, afecto, educación. Sólo tiene a los amiguitos, niños igual que Antoine en torno a los doce años, entrando en la pubertad. En esta edad, a los sufrimientos que le ocurren a Antoine está también su deseo de ser mayor y sobre todo su necesidad de desembarazarse y escapar de todos las dificultades que le angustian. Sobre todo unos padres que a las claras ni se aman ni lo quieren. Hay que escapar y su sueño es hacerlo a ese lugar de inmensidad que todo lo acoge y abarca: ¡el mar!

De manera que con esta vida de precariedad que vive el pobre Antoine, desde esa existencia perra que transita, hablar de cuatrocientos golpes es incluso quedarse corto. Pues en realidad el niño lo que está es literalmente machacado, sin horizonte ni perspectivas, sin aliento vital, sin sugerencias de parte de una vida adversa y sin esperanza, justo cuando la pubertad se abre ante él y más necesita de una guía.

Hoy los niños son acariciados (quizá en exceso), no hay castigos, y entonces sería prácticamente imposible que en la actualidad se rodara este film de violencia a la infancia en todo sentido. Hemos avanzado mucho, pero también hay demasiada malacrianza y mimo. Pero sea como fuere, Los cuatrocientos golpes es una película de su momento, fruto de la historia de aquellos años cincuenta. Lo que no quita que hoy se den casos equivalentes, sobre todo en zonas marginales y pobres.

Más que la mera historia del niño-joven Antoine Doinelle, la película es igualmente una metáfora de otros temas como el paso del tiempo, tanto del tiempo histórico como de del tiempo personal, una alegoría de la nostalgia, del sentido del castigo, la educación y el aprendizaje, la pérdida de la inocencia y, sobre todo, es una película que nos habla de la emancipación, de la búsqueda de la libertad y el feliz encuentro con la independencia.

Veo esta película muy recomendable para educadores en general, para estudiosos de las ciencias sociales y, en fin, para los amantes del buen cine. Esta es una gran obra, otra del gran Truffaut.

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