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La broma asesina

Por Marcos Cañas Pelayo

Pueden haberse hecho películas de terror y violentas en el cine español, sin embargo, ninguna lograría jactarse en justicia de ser más cruel que Calle Mayor (1956). Quizás alguna de sus rivales brinde imágenes más desagradables a primera vista, obligarán a taparse los ojos a su audiencia; costará conciliar el sueño tras su visionado, pero la obra maestra de Juan Antonio Bardem es la única que reúne uno de los requisitos más intolerables para conseguir que algo tan humano y deleznable como la crueldad sea insoportable: es vacua, vacía, inútil, una estúpida chanza de gente con mucho tiempo libre.

No tiene nada de extraño que la censura de la época se dedicase con saña a golpear el film. Los ingredientes que la pluma de Carlos Arniches dio al director tienen la receta de los males de una sociedad en un tiempo concreto, un relato de provincia desnuda de adornos y expuesta ante el espejo. Una radiografía de aburridas tardes de domingo y la mentalidad de mirar la paja en el ojo ajeno, el expiar las culpas burlándonos de lo que no han conseguido otros, antes de vernos obligados a pensar en nuestras propias miserias.

Sorprende todavía a día de hoy que una hora y media diera para tanto. Los temas que toca Calle Mayor darían para cientos de páginas de sesudas disertaciones. De cualquier modo, bajo la sabia batuta de Bardem y un elenco espectacular de intérpretes, la síntesis brilla para hablar de todo el mal que unos semejantes se hacen a otros sin mirar atrás. Es una cinta breve, pero cada plano está pensado, si se perdiese una escena, todo el edificio se vendría abajo, puesto que está medido el argumento para ser a prueba de bomba.

Con bastante acierto, la crítica ha puesto siempre los ojos en Los inútiles (1953), dirigida por Federico Fellini, como una de las grandes influencias para esta pieza atípica dentro de la filmografía española. Y es que el grupo de los Sordi y compañía encajarían sin ningún problema en la banda formada por los haraganes colegas de Juan (José Suárez), una panda de personas maduras que viven en una eterna adolescencia descerebrada, jugando al billar y sin pensar en exceso los costes de sus gamberradas.

Por edad, el personaje de Alfonso Godá sería una especie de anárquico líder de la camada, más bien una jauría de virilidad mal entendida. Los espléndidos Manuel Alexandre y Luis Peña parecen captar eso en la risa de hienas con las que acompañan las pequeñas fechorías de dardos y ofensas en una pequeña ciudad que atrapa.

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El lenguaje de las flores

La soltería siempre estuvo mal vista. De hecho, bien podría pensarse que ha habido muchas etapas en la historia donde el engranaje social ha admitido sin problemas los matrimonios infelices, pero no así a quienes despectivamente se les “pasaba el arroz” o “quedaban para vestir santos”. Nadie duda que muchos de los ejemplares paterfamilias que pasan el domingo en los casinos de Calle Mayor tendrán sus affaires y sus queridas, pese a ello, el motivo de mayor crítica en los mentideros públicos es Isabel (Betsy Blair), una mujer cuyo único delito conocido es no haberse casada cuando sus amigas y compañeras de generación ya lo han hecho.

Actriz de talento y trota-mundos, comprometida con sus ideales, el hecho de que terminase coincidiendo con Bardem en aquel momento fue la enésima demostración de que, a veces, Dios no juega a los dados con el universo. Su personaje es la pieza clave del engranaje de una jugarreta que se va a ir de las manos cuando Juan, de un modo bastante pusilánime, ceda a la presión de sus compañeros de francachelas para intentar seducir a Isabel, bajo la promesa de que la llevará al altar.

El teatro español ha indagado mucho en el estereotipo del solterón o la solterona, pero con especial hincapié en la segunda. Y es que sí puede encontrarse hoy en día un alegato contra el machismo es Calle Mayor, donde ser ejerce una presión brutal y desmedida sobre quien no ha hecho mal a nadie, simplemente porque, las de su sexo, ya deberían estar recogidas y en casa esperando al marido. Isabel dando paseos a la estación un domingo molesta levemente a los amigotes que se cruzan con ella. De ahí su delito, el cual conlleva una condena atroz y absurda.

Blair maneja todos los registros posibles de su creación, componiendo a todo un ser humano repleto de fragilidades y esperanzas. El guión, se nota aquí la mano de Arniches, no deja fisuras para que el anzuelo de Juan le llegue en el peor momento posible, una flaqueza donde se dejará llevar por las ensoñaciones más absurdas. El romanticismo puede convertirse en un veneno disfrazado que ella ingiere de una manera voluntaria porque no sabe de sus efectos secundarios.

Y es que Calle Mayor también advierte sobre la bondad ingenua, por triste que sea decirlo. Porque, en determinadas esferas, esas dos virtudes pueden convertirse en armas de destrucción masiva para quien las porta.

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El forastero

Dentro de esta orquesta, hay un instrumento que va por libre, no siguiendo ninguna de las batutas de la ciudad. Desde el arranque del film, parece claro que Bardem ha escogido a Federico Rivas (Yves Massard) para que sea el vehículo que va a empatizar con las personas que vean la obra. Igual que esa audiencia muda, Federico siente que no quiere pertenecer a ese tinglado, aunque se le atisba cierta simpatía por Juan, parece comprender que una visita que se prolongase más de un fin de semana lo haría abominar de él y, especialmente, su círculo de amistades.

Este testigo involuntario de la trama será el único abogado defensor en el proceso que el sistema colectivo ha hecho contra Isabel. Intentará proporcionarle una salida a esa calle de habladurías y correveidiles, observando, al igual que le sucedía al personaje de José Luis López Vázquez en ¡Vivan los novios! (1970), que hay una inmensa telaraña de convenciones y tradiciones que van a ahogando al sujeto individual.

Sin adoctrinar, hay una clara exposición de clichés de muy diferentes índoles (sociales, religiosos, socioeconómicos…) que nos explican bien la hoja de ruta que hace factible cada reacción y solución adoptada. Hay también, temática predilecta para escritores como Rafael Azcona, visiones de ese mundo de las pensiones tan propias de la época, quedando también constancia de las miserias de carácter de Juan, quien se va viendo atrapado en su propio juego, algo que explota Bardem de una manera admirable.

Es en ese tercer acto donde nuestros ojos, también tornados en forasteros involuntarios como Federico, van a ir asistiendo a una procesión muy particular de pequeños horrores, donde enerva tanto la maldad que subyace en ellos como la estupidez de sus perpetradores. Si Arthur Miller encontró en Willy Loman al transmisor perfecto para exhibir en los escenarios la fragilidad del sueño de una clase media estadounidense venida a más, Bardem y su equipo hacen lo propio para mostrar a una generación sin futuro ni horizonte, esos primos-hermanos de los que ya había hablado Fellini. Aunque estos tienen la inmensa fortuna de que su ignorancia les salvaguarda de cualquier complejo o atisbo de depresión, satisfechos y ufanos en sus eternos días de la marmota.

Hay algún lujo que el director se da con todo merecimiento. Es ese instante que a Luis García Berlanga también le gustaba, el momento en que una pareja de presuntos enamorados va a ver su nuevo piso. Como pervierte el rito social para convertirlo en un momento de terror solamente está al alcance de un gran artista.

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La limpia fotografía y la música que nos han acompañado hasta aquí no nos han mentido. Si, al igual que Federico, hemos sido tan ingenuos de pensar que Calle Mayor podía darnos esperanzas, solamente a nosotros se puede imputar la culpa. Igual que la protagonista, hemos creído que otra opción era posible, que el enjambre, a veces, tiene abejas que no pican.

El mejor trabajo de Bardem no sirve de ningún consuelo o paño caliente. Es bastante más que eso. Un aviso a navegantes, una señal de Stop antes de llegar al callejón sin salida. Sencillamente, algo triste y magistral.

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Comentarios

  1. Jose Manuel Morales

    La peli es de las buenas y tu crítica está muy bien hecha. A seguir así :)

  2. Marcos

    Muchas gracias por tu comentario, José Manuel.

  3. Enrique Fernández Lópiz

    Me han gustado tus reflexiones. Yo te mando algo mío al respecto, por si te interesa: CALLE MAYOR (1959)

    http://www.ojocritico.com/criticas/una-de-las-grandes-peliculas-del-cine-espanol/

    Una de las grandes películas del cine español

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