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La Belleza en el terror

Por Martha G. García

Allá por los años sesenta, un director desconocido en occidente pero de reconocido talento en su Japón natal, decidió plasmar en celuloide cuatro de los relatos de Lafcadio Hearn, japonés no de nacimiento pero sí de pasión. Y no pudo haberlo hecho mejor. Masaki Kobayashi, que es el nombre de este hombre, supo crear un estilo único en el género de terror. Este tipo de cine puede ser contemplado desde una amplia variedad de perspectivas, que van desde el más puro terror psicológico hasta la sucesión sin fin de secuencias gore. Dentro, además, de cada uno de esos enfoques nos podemos encontrar con distintas tonalidades de grises, donde el negro es el terror en estado puro y el blanco una visión más inocente, si es que esto es posible en el género. Kobayashi optó por el terror ameno, casi moralizante, que Hearn había puesto sobre el papel tiempo atrás, pero le dio algo propio y único. Le dio belleza al terror, y esto dio como resultado a Kwaidan (El más allá).

Kwaidan (El más allá) reúne cuatro historias independientes y completamente diferentes, pero que giran en torno al elemento común de lo sobrenatural, el cual aparece representado como si de un escenario de teatro se tratara. El primero de estos cuentos es El pelo negro, y narra la vuelta a casa de un samurai que, habiendo abandonado a su primera esposa para obtener una vida mejor con la hija de su señor, regresa a ella al darse cuenta de que aún la ama. Esta es una historia en la que el terror se mezcla con la moraleja, donde los sentimientos de culpa del protagonista reciben a la vez el perdón y el castigo. La puesta en escena nos muestra ya desde el principio el estilo de Kobayashi, que antepone el silencio a los diálogos y la sobriedad, aunque oscura, al terror fácil. Opta, además, por un desarrollo lento de la trama. Pausado, pero no aburrido, pues el ritmo está en el equilibrio perfecto para dar un mayor efecto a lo que está por venir.

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En La mujer de la nieve, dos campesinos encuentran cobijo en una cabaña mientras fuera los aísla una tormenta de nieve. Durante la noche, hace presencia una extraña y bella mujer, que se lleva la vida de uno de ellos pero promete no hacer nada al segundo, a cambio de que jamás cuente a nadie lo que vio aquella noche. No puede considerarse que se trate tanto de terror cuanto de fantasía, pero los efectos visuales de esta historia hacen que aquello resulte casi irrelevante. Y es que el director juega con las tonalidades al puro estilo Kurosawa, creando un paisaje onírico y tremendamente hermoso donde el paso del tiempo se refleja en la concordancia entre colores y estaciones, consiguiendo que a través de la pantalla se llegue a sentir el frío del invierno y la calidez del verano. A esto se le añade la creación de la atmósfera que tan bien secunda los hechos narrados a través de los planos y la expresividad de los actores.

La tercera historia, Hoichi, el hombre sin orejas, recurre a la música tradicional japonesa para acompañar y ser elemento sobre el que gira una trama de gran contenido épico. Comienza con la representación de una batalla entre dos grandes familias, los Genji y los Heike, siendo los sucesos narrados bajo forma de canción por Hoichi. Éste es un monje shintoista de gran talento con el biwa, hasta el punto en que una noche es llamado por unos señores feudales para que cante ante ellos. Lo que no sabe Hoichi, a causa de su ceguera, es que estos no son más que los espíritus de los mismos muertos de la batalla sobre la que canta. Ir noche tras noche a su encuentro lo acaba debilitando físicamente, lo cual es notado por uno de los superiores de su monasterio quien tratará de salvarlo. Esta historia es sin lugar a duda una obra única, en la que los efectos visuales y musicales se mezclan con maestría para dar lugar a la creación y desarrollo de un ambiente tan realista como fantástico, de admirable belleza y gran sentido del misterio.

Una de las características del repertorio de cuentos japoneses es la gran cantidad de ellos que permanecen inacabados y En una taza de té, la cuarta historia, la idea gira en torno al porqué de este hecho. Comienza con un samurai, el cual no deja de ver una imagen reflejada en el agua de una taza, un rostro que no es el suyo. La cara le sonríe con ironía, con una mirada de quien parece saber algo que los demás ignoran, motivo por el que los desprecia. El samurai rompe la taza, coge otra, pero la imagen sigue ahí, mirándole, hasta que decide ignorar el rostro y beber el contenido de la taza. Esta idea es muy particular en el género, como si el protagonista estuviera bebiéndose el alma de otra persona. Esa misma noche recibe la visita del fantasma, que perseguirá al samurai hasta llevarlo gradualmente a un estado de locura propio de quien ya no sabe si está realmente luchando contra algo real o contra un producto de sus miedos. Las luces, los planos consiguen que el espectador se meta en la historia, consiguiendo que algo tan simple como el plano de una taza de té transmita una sensación de amenaza, de peligro ante la llegada de lo desconocido.

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Comentarios

  1. Iker Yañez

    Una revelación de película para mí, no sabía nada de ella pero me han entrado unas ganas enormes de verla. Supongo que no será fácil encontrarla pero lo intentaré.

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