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La adolescencia o la búsqueda de uno mismo

Por Jorge Valle

I
Nadie es serio a los diecisiete años.
Una hermosa tarde, asqueado de cañas, limonada
y cafés ruidosos con candeleros brillantes,
caminas bajo los verdes tilos del paseo.

¡Qué bien huelen los tilos en las buenas tardes de Junio!
El aire es a veces tan suave que se te cierran los párpados,
el viento cargado de ruidos-la ciudad no está lejos-
lleva aromas de vid y aromas de cerveza…

II
De pronto divisas un trapo muy pequeño,
de azul sombrío, ceñido por una rama diminuta,
picado por una mala estrella, que se funde
con suaves estremecimientos, pequeña y muy blanca….

¡Noche de Junio! ¡Diecisiete años! Te dejas embriagar.
La savia es de champaña y se sube a la cabeza…
Divagas, sientes en los labios un beso
palpitando, como un pequeño animal…

III
El loco corazón Robinsonea por entre las novelas,
cuándo al claror de una pálida farola
pasa una damisela de aspecto encantador,
a la sombra del espantoso cuello postizo de su padre…

Y, como te encuentra inmensamente ingenuo,
se vuelve, apresurando el trote de sus botines
pequeños, alerta y con un vivaz movimiento…
Sobre tus labios mueren entonces las cavatinas…

IV
Estás enamorado: Ocupado hasta el mes de Agosto.
Estás enamorado: Tus sonetos le hacen reír.
Tus amigos te rehúyen: Eres de mal gusto.
Después la adorada, una tarde, ¡se digna escribirte!

Esta tarde…Vuelves a los cafés brillantes,
pides varias cañas o una limonada…
Nadie es serio a los diecisiete años,
caminando bajo los verde tilos del paseo.

A. Rimbaud, 29 de Septiembre, 1870.-

En una escena de Joven y bonita, la última película del director François Ozon, Isabelle (Marine Vacth) y sus compañeros de clase recitan este poema que Arthur Rimbaud escribió hace más de 100 años pero que conserva intacta su capacidad para emocionar y conmover. El poeta francés hablaba sobre la incertidumbre de la adolescencia, esa etapa difícil y complicada de nuestra vida en la que se forja nuestro carácter y asistimos a una continua búsqueda de nuestra identidad.  Tras su exitoso paso hace dos años por el Festival de San Sebastián, donde consiguió la Concha de Oro a la mejor película con la excelente En la casa, el realizador francés vuelve a adentrarse en el mundo de la pubertad con la historia de una chica que, a sus 17 años, decide empezar a prostituirse. No lo hace por dinero, sino por una extraña y peligrosa adicción a concertar citas con hombres mayores a los que se entrega sexualmente en habitaciones de hotel. Lo hace quizá por el puro deseo de satisfacer su recién descubierto deseo carnal, aunque en muchas ocasiones da la sensación de que ella no disfruta realmente del sexo, como prueba ese primer plano que nos muestra su rostro impasible mientras pierde su virginidad en una calurosa noche de verano.

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Ozon narra este tránsito de la adolescencia a la madurez –con el sexo como telón de fondo, al igual que la reciente La vida de Adèle, con la que comparte muchas similitudes- mediante una estructura dividida en cuatro partes que se corresponden con las cuatro estaciones del año, y que concuerdan con la progresiva metamorfosis que sufre la protagonista: el calor de la primera vez en verano, la melancolía y la tristeza del otoño, el invierno frío y distante y la esperanzadora primavera. La joven y bonita Marine Vacth debuta en la gran pantalla con una interpretación misteriosa, atractiva, sugestiva y turbadora, adjetivos que la actriz extrapola al conjunto de una película que, si bien tampoco ofrece nada memorable, supone una interesante y compleja visión de la necesidad de afirmación, tanto social como individual, y del abandono de la adolescencia que, como dijo el propio François Ozon, supone “el nacimiento de la melancolía, el periodo de la desilusión”.

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