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Kon-Tiki. Una epopeya humana con poca alma

Por Áralan Aidir

Si a muchos de nosotros nos  preguntan quién es Thor Heyerdahl, diríamos algo así como «el dios nórdico del trueno y el rayo y que luchó contra alienígenas interdimensionales junto al resto de los Vengadores». Justo después de esto, los noruegos se reirían de nosotros y nos matarían, no sé en qué orden, pues este tipo es poco menos que un héroe por allá, parece ser.

El amigo y muy humano Thor Heyerdahl resulta que cruzó 8000 kilómetros de océano en 101 días (ni uno más, ni uno menos) donde tormentas, tiburones, fricciones entre compañeros, momentos de miedo, de asombro y de alegría debieron acaecer sobre una balsa construida con los métodos de los antiguos sudamericanos y sin dar cabida a ningún método moderno de navegación, porque este cabezota quería demostrar a la sociedad científica que se reía de él que sí, que los antiguos habitantes sudamericanos llegaron a colonizar la Polinesia antes de que Colón cruzara el océano, ahí es «ná». Dado que las teorías no convencían a los eruditos de escritorio y biblioteca, ya que habían concluido que con semejantes medios nunca se hubiera podido cruzar el océano, decidió probarlo empíricamente.

Y sin saber nadar. Había que tenerlos tan cuadrados como grandes para navegar miles de kilómetros oceánicos sin saber flotar, brazear ni nada parecido a un estilo natatorio salvo la especialidad de todo ser humano en el primer día de natación: la inmersión chapoteando entre alaridos histéricos.

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La premisa augura épica, tal y como debió ser el viaje. Y la película, la verdad, que empieza muy bien presentándonos al personaje de pequeño y en sus años mozos con una factura fotográfica, musical y narrativa que nada tiene que envidiar a cualquier producción estadounidense. Solo con la secuencia de niño, ya vemos el espíritu de Thor. Sigue muy bien en su labor antropóloga y cómo descubre a través de los indígenas polinesios que estos llegaron allí desde el Este; y sigue mejor la ambientación de los E.E.U.U. de los 50, donde Thor quería encontrar un mecenas para su odisea particular. No destripo nada si os digo que lo encuentra, claro, porque esto es Historia. Sería como asegurar que es un spoiler decir que Jesús muere crucificado en Jesús de Nazareth.

Y justo cuando empieza el viaje, justo donde la película tenía cobrar mucho más interés, es donde yo menos encontré en el transcurrir de los minutos. Las situaciones, aun curiosas y bien filmadas, no terminan de llegar al corazón. Aunque hay escenas muy buenas y los efectos especiales y la fotografía submarina y a ras de superficie es estupenda; aunque la banda sonora es una delicia y los actores trabajan bastante bien pese a la planitud de sus personajes, algo le falta a Kon-Tiki para que me llegue a emocionar. Y, la verdad, no sé qué es, porque la película está muy trabajada y así parece que lo ha reconocido la academia de cine estadounidense al nominarla a mejor película extranjera.

Espero que cuando el 23 de septiembre llegue a España, y si os da por verla, guste mucho, porque gestas como estas siempre son interesantes y necesarias para recordarnos que si hemos llegado donde hemos llegado, es por gente que se atrevió a hacer cosas que la mayoría de nosotros, anclados en nuestra mediocre comodidad, ni hemos llegado a soñar con hacer.

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