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Kill Bill

Por Marcos Cañas Pelayo

Imagina que has causado furor con tu primera idea. Un sagaz homenaje, aunque los detractores hablen de plagios concatenados, a todo un género, plagado de inteligencia ecléctica y un nuevo estilo de diálogos (Reservoir Dogs, 1992). Justo cuando tus críticos tienen las plumas afiladas, tu segundo proyecto es una historia circular; una rayuela con boxeadores sonados, lobos solitarios, chicas del jefe y matones que filosofan en un coche (Pulp Fiction, 1994). Los tienes aturdidos, justo cuando te van a tachar de posmoderno y rompe-sistemas, tu tercer film es inicio, nudo y desenlace, a la manera más clásica (Jackie Brown, 1997).

Es lógico, por ende, que cuando Quentin Tarantino anunció su cuarto largometraje, hubiera una expectación desmesurada. Una ópera sangrienta en dos actos, con el nombre de Kill Bill, estrenada cada una de ellas en 2003 y 2004, respectivamente. Viajemos en el tiempo, para recordar una boda que no llegó a celebrarse en “El Paso”…

THE BRIDE

Quien mucho te quiere, te hará sufrir. No es fácil identificar que gore emocional fue mayor, si él cometido por Tarantino sobre sus incondicionales al comenzar tan fuerte su nuevo film, o las hercúleas pruebas de paciencia que hizo pasar a Uma Thurman, musa particular del heterodoxo director. Aunque, quizás, solamente quizás, no hubiera nada sádico en los métodos de aquel devoto videoclubero que se convirtió en el enfant terrible del séptimo arte en los noventa, tal vez era incluso masoquismo.

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La propia actriz llegó a tener problemas con uno de sus grandes valedores. La desventurada novia, masacrada por un escuadrón asesino de élite en plena boda, iba a seguir un duro sendero para obtener su venganza. Una retribución o cuenta sin saldar, que no iba a dejar a nadie indiferente. Volvían las katanas y homenajes crípticos de un artesano especial, empeñado en destrozar a todo crítico que osase inmiscuirse en la violencia de sus historias. Se lo amase u odiase, Quentin Tarantino había venido para quedarse. Y si tenía a bien fusionar la filmografía de luchas orientales con el spaghetti western de Sergio Leone… lo hacía.

Mientras los espectadores asistían perplejos a un homenaje asiático que incluía una escena al más puro estilo anime (brillantísimo, por otra parte, en una historia de yakuza y ascenso criminal), aderezada con coreografías hiperbólicas, una banda sonora escogida con muchísimo buen gusto y… Hattori Hanzo. El legendario hacedor de espadas volvía, rescatado por el oráculo de la cultura pop en el celuloide, empeñado en alternar sus diálogos brillantes con asesinas niponas mortales, de inocente aspecto colegial y recién salidas de Sailoor Moon (Gogo Yubari, una de las mejores escenas de combate del film, curiosamente).

Desde que se conocieran en un restaurante al este de California, Uma y Quentin habían vivido esa especie de relación amor-odio. Cuanto menos, la actriz había superado sus recelos iniciales con el pasional patrono, cuando descubrió lo bien que le sentaba salir sobre una cama, con traje negro, cigarrillo y revistas pulps alrededor. Por ello, no entendía porque su personaje The Bride, alias Black Mamba, así como ella misma, sufrían el acoso y derribo de su valedor.

Hay amores que matan, debió de recordar la corajuda mujer mientras era enterrada en vida, pisoteada, ultrajada… pero, siempre, resistente al invasor. «Esta mujer merece algo más… merece su venganza», llegará a decir uno de sus rivales. Justo en la segunda entrega, precisamente cuando los menos elogiosos, se iban a abalanzar sobre los personajes de retablo que había creado…

BRING ME THE BAD GUYS:

No hay epopeya que no se nutra de ellos. Ocurre lo mismo con las películas de James Bond; las que mejor se recuerdan, no se deben tanto al inefable 007, como al formidable antagonista que les puso las cosas difíciles por una vez. Guste o no, el recuerdo de Kill Bill, justo ahora que se acerca la fecha de esa supuesta secuela que Tarantino ha prometido/negado/jactado/retractado, no dejará indiferente en cuanto a su galería de villanos.

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Con una primera entrega centrada en las peleas sobre tejados de madera y roja nieve, es decir, entre Uma Thurman y Lucy Liu. Dagas volando alrededor de una heroína con una determinación irresistible (y casi inexplicable en su inicio, con una primera parte donde Black Mamba es tornada una deux ex machina, en una montaña rusa de referencias). Adornada de la implacable Gogo Yubari, ya mencionada, así como de una asistente personal de lujo, en la figura de Julie Dreyfus, una cruel y astuta cabeza de la mafia nipona, fruto del mestizaje. Los particulares demonios de Charlie, a cargo de un Tarantino encantado de conocerse a sí mismo. Junto con Vernita Green (caracterizada por Vivica A. Fox, abnegada madre con la caja de cereales más peligrosa de la historia), las villanas en las que se centran los 110 minutos de la primera parte. Más que suficientes para cualquier héroe que ocupe la cartelera de hoy día, pero, curiosamente, apenas el primer acto del grandilocuente escenario formado por el maestro de ceremonias de Pulp Fiction, Malditos Bastardos o Django Desencadenado, entre otras vengativas (y extraordinarias) películas.

Entre el triunvirato de supervivientes de los primeros actos de revancha de The Bride, hay un juego inesperado con Budd. Michael Madsen, quien únicamente aparece para ayudar a la masacre en el primer volumen, logra hacer el milagro de provocar una fuerte empatía. Su rudo pistolero, vaquero crepuscular y obligado a trabajos de poca monta, provoca el fuerte shock en el espectador de no estar ante el fiero lobo feroz que ha querido imaginar. Pero, cuidado con las reconciliaciones con alguien que, a fin de cuentas, no deja de tener un gatillo peligroso…

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Una extraña mezcla de sensaciones que es el opuesto de Elle Driver (la princesa de Éboli con esgrima mejorada y con la facilidad de Agripina para un buen veneno). Daryl Hannah encarna un duelo bajo el Sol y acero, en uno de los unos contra unos más épicos de sendos volúmenes. El antagonismo de ambas mujeres es uno de los platos fuertes de una partitura ambigua, con notas más grandes que otras, con un punto de absurdez innegable, pero que no deja de ser una oleada de puestas en escena ante las que es complicado no caer embobado, en cuanto se baja la guardia.

No sabemos si habrá cuatro o cuarenta chiflados acechando en la esquina, pero sí que es cierto que hubo samuráis ciegos en los días antiguos y Tarantino siempre ha sido de guardar balas doradas en el cargador. Quizás vuelvan a cruzar aceros.

UNA HISTORIA DE AMOR Y LA FILOSOFÍA DE SUPERMAN:

Mención aparte. Afirmar que Kill Bill es una historia de amor, no dejaría de ser la osadía de querer hacer reír con un chiste bueno, pero que tiene un fuerte componente de mal gusto. No obstante, así es. Y desde al maravilloso prólogo del volumen 2, queda constancia de la química en pantalla de Thurman y el malogrado David Carradine (excelente como Bill, la verdadera Némesis de la saga), así como del fetichismo del director por los pies.

Pero no deja de ser así. Los dos prólogos presentados en ambos filmes no podían ser más contrapuestos, aunque narrativamente apenas existan unos segundos de distancia entre ambos. La capacidad de Carradine y Thurman para hacer creíble lo increíble, resulta digna de todo elogio, en una reinterpretación aguda y graciosa del pequeño saltamontes, tornado en el mentor de una Liga de Asesinos con su discípula más aventajada.

Más allá la cruel tutela marcial de Pai Mei, así como los continuados buceos de su estética en el heterogéneo y atractivo marco del cine de Hong-Kong, Kill Bill 2 logra colocar las precisas notas a pie de página de su predecesora, una historia excesiva e inverosímil. Por otra parte, si se paran a pensarlo, como lo puede ser la propia ópera. Allí, duendes, ninfas y otras criaturas de los bosques tejen destinos, nobles se visten como campesinos y las resoluciones suelen tener giros dramáticos y traiciones sangrientas.

Quizás algún día volvamos a retornar a aquellas tierras extrañas de la imaginación del creador de Pulp Fiction. O, tal vez, permanezcan en unas anotaciones apresuradas en hojas de diferente tamaño, junto con la aventura conjunta de los hermanos Vega o un poco plausible (pero ansiado) retorno del coronel H. Landa. Y es que, el universo tarantiniano, tiene ese extraño don de hacer parecer que ese caos está controlado, donde todo tiene que ver con todo.

Suspiras por la secuela que te haga retornar…

Comentarios

  1. Javier Burbano

    Excelente reseña, tus palabras son muy elocuentes y acertadas, también soy fan de Tarantino.

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