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K-9 investigadores privados

Por Jon San José Beitia

Tercera entrega de las aventuras de la entrañable pareja policial formada en los años 80 por James Belushi y su fiel perro. En esta ocasión los protagonistas han dejado el cuerpo de policía por no encontrarse en plena forma y han pasado a formar una especie de pareja de detectives que intenta resolver diversos casos.

Los responsables de la película no se la toman en serio, ni sus propios protagonistas, ofreciendo una comedia ligera con toques de misterio, donde el humor gamberro prevalece por encima de todo.

Un James Belushi en baja forma, se ríe de sí mismo y ofrece una imagen lamentable que explota para despertar la simpatía del espectador. Él y su fiel compañero ya no son lo que eran y empiezan a necesitar una puesta a punto. Mención especial merecen las secuencias cómicas en las que tanto el personaje interpretado por Belushi, como el perro, necesitan asistencia médica.

El caso que ocupa a los protagonistas es la excusa perfecta para volver a verlos en acción. Puede que la calidad de la película deje mucho que desear, tanto en la simplicidad de su argumento, como en la calidad interpretativa ofrecida por todo el reparto, pero es lo de menos porque se vuelve a disfrutar del tándem formado por perro y Belushi.

El humor empleado en determinados momentos llega a resultar forzado y, en su afán por resultar gracioso, llega a dar el resultado contrario, pero es algo que se le puede perdonar a una producción de estas características.  El cariño que cogió el espectador a la entrañable pareja protagonista formada por el perro y Belushi es elo único factor que mantiene el interés del espectador. El hecho de volver a verlos es el verdadero gancho comercial de la película.

De haber llevado otro título y contado con otro intérprete, la película hubiera pasado sin pena ni gloria por la programación de cualquier sesión de tarde televisiva.

Esperemos que los responsables de la franquicia la respeten y dejen de echar a perder el encanto de la misma, sería una pena que terminara por tener una mala imagen en la memoria del espectador.

Jon San José Beitia

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