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Juventud, divino tesoro

Por Borja Álvarez (Jita)

Cuando el nombre de Esplendor en la hierba aparece en una conversación siempre escucho las palabras, “es una película muy bonita” o “es una historia preciosa”. Supongo que la gente recuerda la escena en la que la bellísima Deanie (Natalie Wood) está sentada en su pupitre con la mirada pérdida pensando en Bud (Warren Beatty). O aquella otra en la que ambos se besuquean ante la mirada de dos ancianas.

Supongo que también recuerdan el poema de Wordsworth y olvidan estas palabras que Deanie le susurra a su madre al oído:

Mamá, no puedo comer, no puedo estudiar, no puedo ni estar con mis amigos. Quiero morirme, quiero morirme

Esplendor en la hierba es, sin lugar a dudas, la obra que más ha profundizado en el amor entre adolescentes. Pero yo no puedo recordarla por lo que no es.

Esplendor en la hierba no es una película de amor entre chico rico y chica pobre. No es una película sobre la represión sexual o la incomprensión generacional que había en Kansas en el año 1928. Tampoco es, pese a la terrible escena de la bañera, una película sobre como el amor puede acabar en obsesión y volverte loco.

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Todo eso son detalles –imprescindibles- para entender el verdadero significado de la historia.

Esplendor en la hierba es una película sobre la juventud. Sobre cómo la vida puede joder las cosas más hermosas que hemos tenido, la imposibilidad de recuperar los mejores años de nuestra vida.

Eso simboliza el desenlace. Son los 8 minutos más deprimentes que he visto en una película. Es la tristeza de ver lo que ha pasado y pensar en lo que podía haber ocurrido. Es cuando por fin abres los ojos y te das cuenta de la que la vida sigue, de que todo tiene solución salvo una cosa, el tiempo perdido. El tiempo es el único que no perdona. La sensación de haber desperdiciado los años dorados de tu vida es algo que marca a una persona de por vida.

“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolverme las horas de esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, pues siempre, la belleza subsiste en el recuerdo”

Las famosas palabras de William Wordsworth no me alivian porque recuerdo las de Rubén Darío:

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Fue tal el desazón que el final dejó en mi cuerpo que decidí no volver a verla nunca. O por lo menos no lo haré mientras me siga sintiendo joven.

Borja Álvarez

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Comentarios

  1. Sara Márquez

    Hace poco descubrí esta frase: “cuando somos jóvenes nuestra riqueza son las ilusiones y cuando somos mayores lo son los recuerdos”.
    Leer esta crítica me la ha recordado.

  2. Puede ser Sara. Con el paso de los años tendemos a quedarnos con las cosas buenas y no con las malas. Cuanto más y mejores recuerdos tengamos, más felices seremos. Por eso siento mucha pena viendo por todo lo que pasa (y todo lo que se pierde) Deanie. Un saludo :)

  3. Sandra

    Vivimos, y en consecuencia, gastamos nuestro tiempo.
    Perdemos el tiempo si no lo aprovechamos.
    No lo aprovechamos si dejamos que, algo o alguien tenga un mayor poder sobre nosotros que nuestro propio corazón.
    No hay verdades absolutas, no existe lo correcto o lo incorrecto, lo apropiado o inapropiado, hay que vivir la vida pidiendo consejos, escuchando, leyendo…pero no siguiendo instrucciones.
    Lo único eterno (mientras duramos), son nuestros recuerdos…
    Solo nosotros, somos los responsables de fabricar sonrisas o lágrimas futuras. Porque es inevitable, llegará un momento en el que viviremos de ellos.
    Gran película y gran crítica :)

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