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Jóvenes rebeldes

Por Jorge Valle

“Éramos jóvenes, éramos arrogantes, éramos ridículos, éramos excesivos, éramos imprudentes, pero teníamos razón” (Abbie Hoffman)

Pocos actores han gozado de tanta fama, tanto en vida como de manera póstuma, como James Dean. Con tan solo tres películas en su haber, el protagonista de Gigante o Al este del Edén supo conquistar al público, sobre todo al juvenil, con su carisma y rebeldía, cualidades que comparte con Jim Stark, el protagonista de Rebelde sin causa (1955), como si ambos se hubieran fusionado en el mismo personaje, o como si el propio Dean se estuviera interpretando a sí mismo en la que es, sin duda, una de las películas más icónicas de la historia del cine. El éxito de Rebelde sin causa no solo se debió a la prematura muerte de James Dean, que ayudó a elevar aún más su figura a la condición de mito, sino a toda esa juventud que se identificó con él gracias a su magnético atractivo, a la incomprensión que sufría por parte de las personas que le rodeaban, a esa búsqueda exhaustiva de la amistad y el cariño, o a esa pasionalidad irracional que parecía guiar todos sus actos y que tiñó de rojo una cazadora que se ha convertido en símbolo no solo de toda una generación, sino también de todos los jóvenes que, en algún momento de su vida, han dudado de su propia identidad y se han encontrado perdidos y abrumados entre tanta soledad, aunque en el fondo estén convencidos, como asegura la famosa cita de Abbie Hoffman, de que tienen razón.

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La película de Nicholas Ray comienza en una comisaría en la que coinciden Jim, Judy (Natalie Wood) y Platón (Sal Mineo), tres adolescentes que parecen mantener una tomentosa relación con sus respectivas familias. El primero, que se siente incomprendido por sus padres, ha sido arrestado por su estado de embriaguez. La cobardía de su padre, que vive bajo la sombra de su madre, le atormenta a la vez que le avergüenza, impidiéndole establecer un vínculo afectivo con él. Judy, por su parte, ha sido detenida por deambular sola por las calles a altas horas de la madrugada, en un intento de evadirse de las duras palabras que su padre ha pronunciado contra ella, pues ha llegado a decir que para él es “una cualquiera”. Ambos esperan en comisaría a que sus padres vengan a recogerles. Platón, en cambio, no tiene tanta suerte: la única que se preocupa por él es una criada negra que le ha cuidado desde pequeño. En este caso, la ausencia de la figura paterna es también fruto de angustia y tristeza.

Poco a poco, los tres jóvenes van conociéndose hasta establecer un fuerte vínculo entre ellos. El descubrimiento del amor y de la amistad, sobre todo en el caso de Platón, que nunca ha tenido un amigo de verdad, supone un elixir que enriquece y cura sus vidas. “¿Por qué es todo tan sencillo ahora?”, se pregunta Judy mientras abraza a Jim, de quien está locamente enamorada. La protagonista parece haberse dado cuenta de que hay personas que nos hacen la vida mucho más llevadera, sobre todo en el transcurso de la juventud, cuando más necesitamos el apoyo y el cariño de alguien que nos acompañe en esa insurrección contra las normas establecidas por los adultos, que muchas veces van en contra de la propia condición humana y que no son más que un obstáculo en su incansable e imprudente búsqueda de la felicidad. Esta rebeldía, tan propia de los jóvenes y que caracteriza a los tres amigos, tiene su mejor reflejo en esos calcetines de cada color que lleva Platón, una pequeña y sutil metáfora que resume la esencia de la película. Nicholas Ray ha construido un drama generacional que gira sobre las circunstancias y el devenir de la juventud, dotado de una tensión y una fuerza dramática extraordinarias. Quizá el calificativo de “obra maestra” le quede grande, pero no se puede negar que Rebelde sin causa supone un retrato de la juventud y la amistad eterno e imperecedero, un “clásico” sobre el que el tiempo parece no haber actuado, como si todas las generaciones tuvieran derecho a ser partícipes de esta rebeldía que, como reza el título, no tiene ninguna causa o razón de ser. Es inherente al joven.

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