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Joven y bonita. Sexo es poder

Por Toni Ruiz

En 1967, Buñuel creó una de sus muchas obras maestras con la imprescindible Belle de Jour, en la que una Catherine Deneuve hermosa hasta decir basta encarnaba a Séverine, una joven ama de casa que entre semana dedicaba sus tardes a prostituirse en un burdel de lujo. Buceando en temas como la frigidez, la represión sexual y las fantasías de dominación y sadomasoquismo, la cinta de Buñuel fue un auténtico acontecimiento en su época y se llevó importantes premios como el León de Oro del Festival de Venecia.

Casi medio siglo después, el galo François Ozon propone una vuelta de tuerca a esta mítica película de la cinematografía de su país acercándonos a la trayectoria de una suerte de belle de jour adolescente, Isabelle, que también entre semana, también por las tardes, lleva una doble vida ofreciendo sus servicios a clientes adinerados. El paralelismo entre ambas cintas es evidente. Las diferencias, mucho más.

En Joven y bonita la protagonista, recién cumplidos los diecisiete, toma la decisión de prostituirse tras un decepcionante primer encuentro sexual en el que asistimos a un ilustrador desdoblamiento de ella mientras se consuma el acto. La relación causa-efecto entre ambos hechos (si la hay) no se dilucida nunca, e Isabelle apenas da razones para su comportamiento cuando su madre y su terapeuta se lo piden. En este punto, la coherencia de la cinta es apabullante (¿Acaso la misma Isabelle lo sabe? ¿Por qué íbamos a tenerlo claro nosotros entonces?) y el director, en lugar de dárnoslo todo mascadito, confía en nuestra inteligencia para que saquemos nuestras propias conclusiones. No solo no subraya las causas que subyacen a tan inesperado comportamiento, sino que también renuncia a condicionarnos con consideraciones éticas. Usando un símil clínico, Ozon es aquí como un técnico de rayos X, no un doctor.  Con un acercamiento radiográfico, nos muestra lo que hay pero sin emitir un diagnóstico. Eso le toca al espectador.

Como sucediese con la estupenda No tengas miedo (en su tratamiento de los abusos a menores dentro de la familia), Joven y bonita, en su deliberado rechazo a emitir juicios de valor, aborda una cuestión espinosa con un enfoque valiente que, al igual que en la película de Armendáriz, está llamado a herir susceptibilidades y a provocar acusaciones de una inmoral falta de posicionamiento en algunas mentes cándidas y puritanas. Esta película no es una apología de la prostitución de menores, del mismo modo en que No tengas miedo no lo era de la violencia sexual.  No se trata de eso. Se trata de mostrar todos los matices y complejidades, los claroscuros y los grises, renunciando a la moralina de manual y a las cómodas simplificaciones que sirven para falsear la realidad y hacerla menos alarmante.

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Este falta de juicios de valor no implica, empero, un distanciamiento emocional (a lo Kubrick o a lo Haneke, por ejemplo) o un aproximamiento aséptico a la historia. Muy al contrario, el trabajo de cámara, la fotografía y la banda sonora (particularmente las partituras de Philippe Rombi y las canciones de Françoise Hardy) destilan unas nostálgicas elegancia y calidez que facilitan la empatía con la protagonista, pese a que no entendamos muy bien sus motivaciones. A ello contribuye también de modo crucial la espléndida interpretación de Marine Vacht. Donde otras habrían tirado por la senda de la inexpresividad o de la sobreactuación arrebatada, ella se muestra contenida e insondable pero con una extraña intensidad de sentimientos en su fría mirada (“Tienes ojos melancólicos”, le dice en un hotel su cliente favorito en su primera cita). Todo esto, unido a su irresistible mezcla de fragilidad y determinación, hacen de Isabelle un ser tan enigmático como imposible de no querer.

En definitiva, a Ozon le importa su personaje femenino y lo retrata desde una óptica comprensiva, preocupándose por él pero sin demonizarlo. El viaje de Isabelle, equivocado o no, es un viaje de autoconocimiento y descubrimiento y, como tal, debe ser respetado.

En El proceso de convertirse en persona (On Becoming a Person) Carl Rogers, padre de la psicología humanista, habla del autoconocimiento como de un “deleite sereno de ser uno mismo, junto con la actitud culpable que, en nuestra cultura, uno siente que es necesario tomar hacia tal experiencia” y como “un disfrute relajado, un primitivo joie de vivre, quizá análogo al cordero retozando por el prado o la marsopa elegantemente entrando y saliendo a saltos de las olas”. Mucho de esta perspectiva humanista tiene la visión de Ozon de la actitud despreocupada de su personaje, experimentando gozosamente y dejándose llevar aunque no sepa muy bien a dónde.

Mérito de Ozon es también el conseguir nuestra implicación emocional sorteando siempre la sordidez y amarillismo morboso en los que, dado lo escabroso del tema, sería tan fácil caer para conseguir altos réditos lacrimógenos. Todo se expone sin cargar las tintas sobre lo melodramático e incluso con unas gotas de humor y de banalidad, como en la vida real, de modo que cuando hay un estallido (las bofetadas incontroladas de la madre al conocer la “ocupación” vespertina de su hija) su impacto resulte tanto más lacerante. Esta aparente trivialidad y casi ausencia de histerismos vinculadas al proceso de aprendizaje sobre la vida nos hace recordar el pausado cine de Rohmer (aunque la película de Ozon es más oscura), cuyos cuentos estacionales, por añadidura, encuentran ecos en la estructura de la cinta, dividida en cuatro partes: verano, otoño, invierno y primavera.

Que la historia no se presente de acuerdo con los moldes trágicos no implica, no obstante, que esta no resulte absolutamente perturbadora. Desde el momento en que vemos a Isabelle caminando hacia un hotel con unos andares y actitud que no le corresponden (magistral y desasosegante elipsis que nos transporta, sin anestesia, del final del verano a esta nueva y confusa situación), las preguntas son muchas y las respuestas pocas y elusivas. La opacidad de sus motivaciones, su satisfactorio pero mecánico y ensimismado goce erótico, su interés en el poder que el sexo otorga más que en su potencial afectivo… todos estos son aspectos que conmocionan y desorientan. Hay por supuesto en ello mucho del consabido desafío adolescente a la autoridad y a los límites, de rebeldía ante las convenciones y de las ansias de experimentación y de descubrimiento de la propia identidad que impregnan esta etapa vital.

Pero hay mucho más. La película invita además a una reflexión acerca de los efectos que una sociedad hipersexualizada puede tener en un individuo de una edad a la que la irrupción del deseo sexual  ya predispone de por sí a no controlar demasiado estos impulsos. “Lleva el vicio dentro”, llega a afirmar la desconcertada madre de una Isabelle que ve porno, usa internet para anunciarse y colgar fotos en las que aparece desnuda, cuestiona a su hermano sobre sexo, busca un consolador en la casa de la familia para la que trabaja de niñera o flirtea con su padrastro.

La mezcla de juventud y belleza en este tipo de sociedad puede ser difícil de gestionar. Y la protagonista, joven y bonita (es así de simple, el título no podría ser más atinado), descubre las inmensas posibilidades que esta combinación proporciona pero sucumbe también a su fuerza. Como algún crítico ha señalado acertadamente, más que ante un despertar al sexo estamos ante un despertar al poder del sexo. Simplificando mucho, Isabelle no se prostituye por ninguna de las dos razones típicas que tan hartos estamos de oír y leer: ni lo hace por necesidad (es una niña bien en el seno de una familia acomodada) ni por enriquecimiento rápido (acumula el dinero en su ropero en lugar de gastarlo en caprichos caros), sino para experimentar y desde luego porque sentirse deseada la hace sentir valiosa y poderosa.

En la fiesta a la que acude con su amiga tras abandonar la prostitución, nuestra protagonista exhibe mucho de ese sentimiento de poder y de seguridad en sí misma (nada que ver con la muchacha tímida del inicio), lo cual resulta inquietante porque seguimos sin tener claro de dónde procede esa compostura. ¿De haber alcanzado la autoafirmación y sabiduría con respecto al funcionamiento del mundo? ¿O sencillamente de saberse deseable? Aquí la película de nuevo se mueve en un terreno ambiguo, insinuando lo primero a la vez que sugiere lo segundo: que la confianza que Isabelle siente no se basa sino en su valor “cárnico”.

Tras la fiesta, el invierno termina con una idílica estampa de la joven y su novio besándose a orillas del Sena. Es como si Ozon nos quisiera decir “Sé que podría acabar mi película aquí de manera complaciente, pero me temo que no va a ser el caso”. En efecto, en  el segmento final (la primavera), Isabelle vuelve a las andadas, y el subidón que experimenta al recibir mensajes de clientes  en su móvil se asemeja peligrosamente a la reacción de muchos cuando en una red social o aplicación de ligoteo alguien los alaba por su físico y eso, más que cualquier otra cosa, los hace henchirse de satisfacción. Autoestima enraizada en el valor “cárnico”.

En este último tramo, Isabelle deja a su novio, con el que quizá no obtiene las sensaciones que busca a pesar de que él le brinda una entrega y afectividad sinceras. ¿Es inmune por tanto Isabelle a la ternura? No lo parece. Pese a su frialdad y egocentrismo, se intuye el arrepentimiento inmediato al poner fin a la relación, e igualmente llora al recordar al cliente muerto (“Con él era diferente. Era todo más tierno”). Quizá esté sobrepasada por la fuerza de lo que ha descubierto en los últimos meses, quizá no sabe lo que quiere (“nadie es serio a los diecisiete”, dice el poema de Rimbaud que la propia Isabelle recita en clase), o quizá sí lo sabe y ha hecho su elección. La ambivalente escena final en soledad, tras haber compartido lecho con una Charlotte Rampling que hace un cameo memorable, tampoco nos arroja mucha luz. El pensativo gesto de satisfacción y reconciliación consigo misma con que termina la cinta puede interpretarse en distintos sentidos: ¿Ha cerrado por fin el círculo? O, más bien al contrario, ¿ya está libre de sentimientos de culpa que le impidan prostituirse sin reparos?

De nuevo, muchas preguntas y pocas certezas, como no podría ser de otra manera en una obra ambigua, compleja e inquietante. No me vuelve loco el cine de Ozon, pero, tras la lúcida disección del duelo en Bajo la arena (2000) y el fascinante juego especular de realidad y ficción de En la casa (2012), a un servidor lo ha conquistado por tercera vez con la historia de esta adolescente de incognoscibles razones para vender su cuerpo al mejor postor.

Calificación: 8/10

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