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Jocosa crítica que se queda a medio cocer

Por Enrique Fernández Lópiz

La película Quiero ser italiano narra la historia de Dino Fabrizzi, un argelino afincado en Francia cuyo verdadero nombre es Mourad Ben Saoud, un vendedor de coches de la importante casa Maserati. Tiene 42 años y vive en Niza. Durante años ha escondido su origen musulmán y se ha inventado una identidad italiana para poder ascender en Francia en el escalafón social; y además tiene engañados incluso a su bonita y rubia novia, con la cual se va a casar, y a su familia política. Todo por temor al rechazo racista. Por un acontecimiento de salud del padre, se ve obligado a hacer el ramadán y es descubierto, lo que provoca que se tenga que marchar de su trabajo, lo abandone la novia, e incluso está a punto de ser deportado de Francia.

Es una cinta entretenida, con tintes de denuncia social y toques de humor que se agradecen. La dirección de Olivier Baroux me parece aceptable, aunque al guión del propio Baroux le falta un hervor. Bien la música de Martin Rappeneau y la fotografía de Arnaud Stefani.

En cuanto al reparto, Kad Merad cumple con su rol, aunque no logra empatizar con el espectador; bien Valérie Benguigui, y acompañan dignamente Roland Giraud, Phlippe Lefevre y Guillaume Gallienne.

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Hay un mecanismo común que quiero exponer para luego extraer alguna conclusión en el film que comento. Veamos. Cuando en una película de calidad, con un guión y una dirección consistentes el protagonista es alguien instalado en la mentira, lo que debe y suele pasar es que el espectador sufra con el tramposo, sea un criminal o un pobre hombre. Es un mecanismo psicológico inconsciente que se da cuando el personaje está bien dibujado como persona desfavorecida que incita más a la compasión que al castigo. Quien sea que esté en la butaca viendo una película así, ha de estar con el personaje mentiroso o desfavorecido y desear que no lo pillen. Pues bien, en esta película, el personaje no se cuela en el corazón del espectador, no empatiza, y al poco lo que estás casi deseando es que lo agarren, que lo detengan, que descubran su falsía.

Más de la primera mitad del film está plagada, como escribe Ocaña: … de chistes rancios y situaciones poco originales alrededor de la identidad; porque el último tercio, aún peor, se convierte en un melodrama moralista con toques de realismo social crítico basado en situaciones harto improbables; porque el impostor no es el protagonista, sino la película.”

Pero bueno, siempre se pueden salar cosas de una película. En esta las diferentes interpretaciones, los medios técnicos, la puesta en escena y la misma historia tiene sus angulaciones y complejidad como para que podamos pasar un buen rato, y a la vez, darnos cuenta de la discriminación social en la que viven los musulmanes en el país galo.

Lo malo es su pretendida condición humorística ya que, como escribe Lobo: «…los sucesivos malentendidos de esta historia que pretendía ser una jocosa, aguda crítica, al final se queda como a medio cocer. O sea, un poco lejos de ´al dente´».

Puedes ver aquí el tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=WG-927TLFk4.

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