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Intriga y psicoanálisis en una Marnie genial

Enrique Fernández Lópiz

Según mi parecer, hay directores que nunca defraudan, artífices del cine que siempre te dejan buen sabor de boca en torno a una obra de arte de excelencia. Los nombres serían venturosamente numerosos: Capra, Mankievitz, Kurosawa, Kubrick, etc. Pues bien, la película que hoy comentamos es de otro de esos grandes de la cinematografía del que ya he comentado otras películas en estas páginas: Alfred Hitchcock.

Hitchcock dirigió en 1964 Marnie, la ladrona, una singular y gran película que narra la historia de Marnie (Tippi Hedren), una bella mujer mentirosa y ladrona reiterada (lo que hoy se conoce como cleptomanía, un trastorno del control de impulsos que lleva al hurto compulsivo). Pues bien, Marnie va encontrando trabajos de secretaria aquí y allá, cambiando su físico y su identidad, y sirviéndose de dichos trabajos para perpetrar importantes desfalcos. A Marnie lo que menos le importa es el valor de lo robado, de hecho, en ocasiones introduce el dinero hurtado en una taquilla pública de una estación cualquiera de autobuses y tira luego la llave a una alcantarilla. En un punto del film entra en escena Mark Rutland (Sean Connery), un importante hombre de negocios que a pesar de conocer a Marnie de una situación anterior y dudando, pues, de ella, decide contratarla a su servicio. Marnie no abandona sus hábitos delictivos, pero es que además, empieza a exhibir comportamientos propios de una persona psicológicamente enferma y desquiciada: fobias, ataques de pánico, aversión al contacto con hombres, reacciones inopinadas, etc. Empero toda esta casuística, Mark, empujado por un fuerte impulso pasional y amoroso decide casarse con Marnie y así poder ayudarla averiguando las razones de sus anómalos y obsesivos comportamientos. Mark tratará, basándose en las teorías freudianas, de averiguar la causa de los problemas psíquicos de Marnie, reflejado además de en la cleptomanía, en su rechazo sexual hacia él, su aversión por todo contacto físico y su pánico al color rojo. De manera que por amor, Mark Rutland se empeñará en desentrañar la causa-raíz hasta llegar al origen de sus traumas. En el curso de una cacería a caballo, Marnie sufre un ataque de pánico y tiene un grave accidente con el caballo que monta. Esto la lleva una situación límite, situación que Mark aprovecha para que su mujer se enfrente definitivamente a su angustia y a sus terrores, lo cual que la arrastra a casa de su madre descubriendo finalmente que las raíces profundas de sus males se encuentran sumidas en lo más profundo de su inconsciente y en acontecimientos pasados junto a su inestable y patológica madre.

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Ante todo es una película de suspense y psicológica, conducida como es característico en Hitchcok con todo lujo de detalles inquietantes y un guión magistral de Jay Presson Allen basado en la novela de Winston Graham Marnie de 1961. La música de Bernard Herrmann arropa con sus notas, como tantas veces hizo este compositor con Hitchcock, la intriga de la trama. Herrmann compuso una de sus partituras menos experimentales, con un variado cromatismo instrumental, interacción de temas románticos y la utilización del “séptimo acorde” para dejar suspendidos los finales de algunas frases musicales. El resultado tiene una gran intensidad, con apasionamiento súbitamente rotos por compases descendentes, más oscuros, que sugieren la inestabilidad y el desasosiego que caracteriza a Marnie, y temas floridos, descriptivos y vigorosos como los que acompañan las escenas de la cacería; Universal consideró esta banda sonora, por comparación con otras del mismo autor, como poco comercial, aburrida y lenta. Y nada que decir de la gran fotografía de Robert Burks que sabe darle el colorido adecuado, sobre todo en las escenas donde el rojo destaca por los profundos miedos de la protagonista. En cuanto a la puesta en escena, Hitchcock demuestra de nuevo y sobradamente su capacidad técnica e imaginativa para enriquecer el guión con sutileza visual y contundencia cinematográfica, empezando por el muy intencionado uso del color y siguiendo por una espléndida planificación.

Hitchcock pretendía de Hedren un registro interpretativo que fuera de la hostilidad al desasosiego y a a la inestabilidad de una mujer infantil e inmadura con llamativas y extravagantes reacciones. Esa combinación provoca una cierta inquietud en el espectador al contemplar una mujer que tan pronto se muestra fría, calculadora y segura de sí misma –como cuando ejecuta los robos o se enfrenta a posibles adversarios-, como asustadiza, inhibida y aniñada cuando busca el afecto de su madre; o que pasa momentos de plenitud –cuando disfruta de su caballo; o siente repulsión por el sexo. La interpretación de Hedren ante un personaje tan complicado y resbaladizo fue, si no brillante, sí fría y eficaz. Connery exhibe sus matices haciendo un personaje suficientemente ambiguo, flemático, seguro, desconcertado y enérgico, según va requiriendo el desarrollo dramático. El reparto es, pues, de excelencia, con una Tippi Hedren bellísima que se desempeña con un talante perfecto en un papel difícil y de variados matices como he dicho. Hedren hace creíble al máximo su papel. En cuanto a Sean Connery, además de su brillante papel como esposo de la protagonista, que sintoniza perfectamente con la Hedren, hay que subrayar su físico, su media sonrisa, su atractivo y su rol de hombre seguro y diligente, amén de que por aquel entonces su carrera estaba en ascenso debido a sus roles en la saga del agente 007, James Bond; cumple, en fin, perfectamente su cometido.

Quiero ahora aportar un matiz social y cultural que considero importante. El autor de la novela, Winston Graham (que se embolsó por derechos de autor 50.000 $ de la época), esboza en su obra y se refleja en la película, un símil entre la situación de Marnie y la de la mujer en general en la sociedad británica de posguerra, en una época muy puritana, severa, disciplinaria, machista, y con convenciones sociales antiguas y decadentes. Marnie encarna para Graham a la mujer oprimida por la moralidad de la época, que se enfrenta al patriarcado de clase alta, accediendo a la alta clase empresarial con sus engaños. En la otra parte, los hombres se sienten atraídos por ella justamente por su aura alejada y reservada.

Y como una cosa lleva a otra, quiero traer a colación una obra del célebre Sigmund Freud, anterior a cuanto hablamos, pero que tiene sus equivalencias y que es conecta de forma explícita con la película (Hitchcock era especialmente aficionado al psicoanálisis). Me refiero a Estudios sobre la Histeria, obra publicada por Freud en 1895 y que narra diversos casos de pacientes mujeres con neurosis de histeria, sobre todo debido a la moral victoriana de la época y cuya característica común son los traumas sexuales que narran en el diván al eminente psicoanalista, y su aversión a estos temas. Esta obra, al igual que ocurre en el film, apunta la idea del trauma precipitante del al psíquico (por violación, acoso, y otros acontecimientos sexuales prohibidos), que inició en Freud en la sospecha, tanto de la importancia de los aspectos sexuales en la psiconeurosis, como en la idea de que un momento de abreacción, de recuerdo y descarga del contenido emocional de tales acontecimientos, de catarsis, concluiría en la curación de las pacientes. Algo que luego fue descartado, entre otras porque Freud se dio cuenta de cierta insolvencia en relación al trauma único, unido a su hipótesis de que probablemente la mayoría de los recuerdos de sus pacientes no eran sino fabulaciones. Y si nos damos cuenta, esta teoría del trauma, de recordarlo y descargar la emoción contenida en el suceso antiguo, la descarga, etc., están muy presentes en esta película, no sin cierta tonalidad naif o ingenua. Pero hay dos detalles psicológicos que sí me parecen interesantes: el primero es la presencia de una madre inmadura que a la vez que absorbente es igualmente rechazante con su hija (doble vínculo, ambivalencia, etc., me remito a mi crítica sobre la película Madre e hijo; y la otra observación que destaco es cuando el marido de Marnie le dice que una mujer con una niñez de abandono como la que ella había tenido habría de creer (imaginar, etc.), que el tal abandono se supliría tomando las cosas, el dinero o lo que fuere de los demás (cleptomanía). Estas dos últimas observaciones sí me parecen más consistentes en la película, que la del trauma único en la infancia.

En cuanto a la censura, Hitchcock había mantenido dimes y diretes con la MPAA (Notorious, Rear Window, Psycho). La naturaleza del guión de Marnie incluye como es fácil adivinar para quien la ve, violación, asesinato, abuso de menores, prostitución, etc., por más que estos temas están implícitos o son meramente sugeridos. Sin embargo, hasta que pasó las censuras se tuvo que hacer un arduo trabajo ante esta puritana asociación.

Como apuntes de interés y que muestran el difícil carácter de Hitchcock y sus relaciones complicadas con colaboradores y sobre todo con las actrices, diré que esta película constituyó la última colaboración entre Hitchcock y Bernard Herrmann, su compositor por excelencia y autor de la banda sonora en ocho de sus filmes. También es la última película en que la actriz Tippi Hedren colabora con Hitchcock, poniendo prácticamente fin a su incipiente carrera en el cine, debido a que la relación entre el director y la actriz empeoró manifiestamente durante el rodaje. Se cuenta que los últimos días del mismo Hitchcock acabó por darle instrucciones a través de intermediarios, aunque Hedren ha negado en su biografía que tal cosa llegara a suceder.

En resumen, creo que Marnie la ladrona una obra maestra de ilimitadas lecturas, de matices múltiples y angulaciones encubiertas que el espectador avezado ha de ir descubriendo. Es un film que no tiene un solo abordaje y al que no se puede clasificar fácilmente. Según la profesora Paula Marantz Cohen en su obra Alfred Hitchcock: The legacy of Victorianism, la mayor influencia de Hitchcock en Marnie es su cine de los 50 que constituye además su mayor preocupación. Marnie es un filme sobre la pasión y el origen. Si le pidiéramos a Hitchcock un filme sobre el amor, quizá nos entregaría Psicosis. Si insistiésemos en que tuviese un poco más de compasión, nos entregaría Marnie.

En resumen: película con numerosos recursos narrativos, brillantez en la resolución de planos y secuencias, imágenes que van más allá del guión y densifican los significados. Una historia que, como tiene que ser, acaba siendo un soporte para disfrutar de la experiencia cinematográfica.

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