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Into the wild

Por Javier Burbano

Un viaje por los caminos del perdón

Chris MacCandless (Emile Hirsch) es un joven recién graduado que decide realizar el viaje de su vida a lo largo de los Estados Unidos dejando tras de sí sus posesiones, dinero, carrera e inclusive familia con el objetivo de llegar a Alaska y alejarse de todo lazo con sus 22 años anteriores. Su gran carisma le permite conocer muchas personas durante sus dos años de travesía, de ellas adquirirá importantes enseñanzas, pero también les dejará su impronta personal.

Sean Penn firma como guionista y director un biopic en el formato road movie en el que pone frente al espectador la historia de un hombre dispuesto a huir de todo lazo con su pasado, pero también con la voluntad inquebrantable de unificarse con la naturaleza viviendo en total desarraigo con el mainstream social. Solo algunos libros, cuadernos, gafas de lectura y unos cuantos pertrechos básicos de supervivencia acompañan a Chris/Alexander Supertramp en su odisea silenciosa por cambiar de vida y –sin quererlo- dejar huella en la forma de pensar de quienes halla en su camino –aunque se note su voluntad de no encariñarse con ellos-. No obstante, su carga más allá de su voluminoso equipaje está dentro de su mente, encarnada en aquellos que se niega férreamente a contactar, pero que le es ineludible recordar, un familia totalmente devastada por su ausencia.

Destaca la forma en que Penn dosifica el contenido filosófico/religioso de la historia explotando las aptitudes de un convincente Emile Hirsch, que transforma prodigiosamente su físico en varias etapas del filme dando una mayor fortaleza dramática a su interpretación. Asimismo, es resaltable la hermosa cinematografía de Eric Gautier (Diarios de Motocicleta y Paris Je T’aime) que en algunas ocasiones asume un matiz documental, sobre todo cuando se hace fotografía panorámica de los antagónicos paisajes norteamericanos –el desierto, la playa, la metrópoli, la nieve, las estaciones-, lo que además parece tener una conexión directa con los estados de ánimo del protagonista, al igual que la fabulosa banda sonora cantada casi en su totalidad por Eddie Vedder, vocalista de Pearl Jam. Por otro lado, hay un hábil uso de flashbacks y de voces en off, en especial la de Jena Malone (Carine la hermana de Chris), dada la intención de mantener argumentativamente el ancla con la familia del personaje, aunque ciertas intervenciones resulten excedentes.

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Aunque no hay muchas vicisitudes en el camino de Chris –y esto en cierto modo juega en contra del entretenimiento que brinda la película considerando su extensión superior a las dos horas- es fácil de predecir que los puntos de inflexión en su viaje los protagonizan las personas con las que se relaciona: la pareja de hippies poco felices (la siempre efectiva Catherine Keener y el conmovedor Brian H. Deaker), el loco agricultor (un encasillado Vince Vaughn), y la chica hippie cantante (una hermosa Kristen Stewart que muestra las dotes actorales que nunca debió perder/ocultar para la saga Crepúsculo). Sin embargo, es su relación con el anciano marroquinero Ron Franz (un extraordinario Hal Holbrock) la que sin duda da sentido a la hora y media precedente y al resto de metraje ulterior, pues el sorprendente intercambio mutuo de saberes termina por enriquecer a los personajes, pese a la “psicorigidez” de Chris. Ambos protagonizan al menos dos o tres escenas inolvidables, de enmarcado mental, cuando de road movies sea el recuerdo.

La película resulta, por tanto, una oda a la necesaria comunión humano/naturaleza, pero también una crítica pacifico-revolucionaria en prosa e imagen al sistema capitalista, y un viaje medio “lynchiano” en primera persona hacia el sentido de la vida que en el caso de Chris está en lo más simple y menos visible. Es posible que resulte un poco cansino el ejercicio de su visionado, y el espíritu desprendido y solitario del personaje resulte levemente chocante, pero la experiencia de verla es vivificante. Quizá una frase lo dice todo: “la felicidad solo es real cuando es compartida”.

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