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Interesante temática, mediocre película de aventuras

Por Enrique Fernández Lópiz

Trata este film una historia de aventuras irregularmente dirigida por el mediocre y poco prolífico director neozelandés Lee Tamahori, quien da un tratamiento plano a un igualmente mediocre guión del prestigioso David Mamet; la música de Jerry Goldsmith pasa desapercibida en el peor sentido, y lo mejor por sus paisajes, calidad y buen enfoque es la fotografía de Donald McAlpine.

El reparto es en teoría bueno, con un Anthony Hopkins que lo hace pasable pero sin su virtuosismo habitual, más bien con algunos tics y gestos estereotipados para salir del paso; Alec Baldwin es quizá el mejor, pero atrapado en un guión insustancial; y la bella pero casi meramente de pose Elle Macpherson, cuya hermosura no cuestiono, siendo prácticamente lo único que aporta a la película. Acompañan al trío protagonista el grupo actoral Harold Perrineau, L.Q. Jones, Gordon Tootoosis y Kathleeen Wilhoite que lo hacen con profesionalidad.

En la película el multimillonario y hombre de letras y ciencias Charles Morse (Anthony Hopkins), hace un largo viaje a Alaska acompañando a su hermosa esposa Mickey (Elle Macpherson), quien va a posar para un reportaje fotográfico en la zona bajo la dirección del cotizado fotógrafo de moda Bob Green (Alec Baldwin). Tras esta experiencia, Charles y Bob deciden hacer una excursión extra en avioneta en busca de un indígena nativo, para fotografiarlo y hacer un segundo reportaje. Lo cual que la avioneta se estrella en el trayecto cayendo a un profundo lago. Charles, Bob y un tercer pasajero logran salvar la vida. Pero al llegar a la orilla se encuentran en una zona boscosa y de montañas. Es en este punto cuando toman conciencia de que tendrán que librar una desesperada lucha por la supervivencia, en medio del agreste paraje y perdidos como están. Pero pronto descubrirán que el mayor peligro no proviene de la naturaleza en si, ni siquiera del oso que los persigue incansablemente para merendárselos, sino de sus conflictos personales y el temor a una traición en muchas ocasiones fabulada. Para estas mimbres contamos con un Anthony Hopkins muy avispado en el terreno que pisa, a modo de Boy Scouts ejemplar que se las sabe todas: hacer fuego, fabricar una brújula, construir trampas para osos, herramientas hechas de ramas, etc. Y de otro lado a un torpón y acobardado Alec Baldwin a merced del viejo, indefenso e incapaz de hacer la mínima para salir del atolladero. O sea, Hopkins no es sólo rico, es también listo, y Baldwin no es sólo pobre, es también torpe.

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El desafío me recuerda, salvando las distancias de calidad, claro, a una gran película titulada Deliverance, de 1972, dirigida por John Boorman y que confronta al igual que en esta, al hombre civilizado con la naturaleza en estado salvaje, donde el río o la espesa zona selvática crea gran desasosiego en sus protagonistas.

En El desafío, Lee Tamahori nos conduce por los espectaculares parajes de la Alaska invernal, con dos personajes antagónicos: un solitario millonario y un fotógrafo ambicioso que rivaliza por el amor del magnate. En realidad se trata del manido triángulo amoroso. Y a poco que uno lea entre líneas, podrá observar en este triángulo la confrontación de la edad acompañada del dinero versus la juventud y la belleza acompañada del interés en todo sentido. El poder y el dinero frente a la sexualidad vital. Y en medio, la prueba de fuego, el oso que será quien decida al vencedor, o sea, al más experimentado y sabio que acabe con él antes que él acabe con todos.

El guionista David Mamet devuelve a la bella pero cruel naturaleza en estado puro, a los hombres con sus perversiones, pero poniendo distancia de la seguridad y el cobijo de la urbe y de la sociedad civil que tan bien conocen el millonario como el fotógrafo. En este escenario agreste, la ambición, la concupiscencia y la felonía se pierden en un medio hostil acechando la ira y la venganza a cada vuelta del camino, y por supuesto el oso como elemento simbólico en el que se encarna la sombra acechante del peligro y el miedo que no da lugar más que a la lucha a cuerpo descubierto, sin triquiñuelas ni ardides: matar o morir es la cuestión. Pero hasta para eso se precisa de inteligencia.

Y en el centro de la trama la carnalidad de Elle MacPherson como objeto de deseo, mujer diez, amada por el magnate y ambicionada por el joven fotógrafo. Pero sobre todo, este elemento motivo de disputa centra la historia, clavando a la mujer como un símbolo en medio de un contexto supervivencial y primigenio. Se dibuja así un escenario de salvajismo en estado puro, desatado (osos hambrientos y humanos re-celosos), en el que triunfará el sujeto mejor dotado para salir a flote en tan turbulentas aguas.

Dicho esto, quiero añadir que la película es mediocre y previsible, es decir, que el tema habría dado para bastante más, pero ni director, ni guionista, ni actores saben sacarle partido a tan sabrosa historia.

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