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Interesante película sobre una singular escritora: Violette Leduc

Por Enrique Fernández Lópiz

La película narra la historia de Violette Leduc (1907-1972), hija bastarda de un noble y escritora de fama en los años sesenta en Francia. Violette conoce a Simone de Beauvoir tras la posguerra y entre ambas se iniciará una relación intensa. Este vínculo de dos mujeres durará toda su vida, siendo Simone de Beauvoir la que descubre, ayuda y constantemente anima a Violette a que escriba. En esta relación siempre priva la búsqueda de libertad de parte de Violette, y el convencimiento de la Beauvoir de las capacidades literarias de Leduc; Beauvoir es artífice y mecenas de Leduc, y tiene en cierto modo en sus manos el destino de esta gran escritora. Apunta el director del film Provost en una entrevista que “Beauvoir es generosa en todos los sentidos, pero no se convierte en su amiga, es una relación más de mecenas y de darle apoyo moral para que crea en su talento”. Como digo, Leduc era hija bastarda, y de hecho, una de sus obras principales se titula así: La Bastarda (La Bâtarde), publicada en 1964 y que fue un Best Seller del momento, ensalzado por emblemáticos pensadores como Jean Paul Sartre o Jean Cocteau.

Esta película trata, como la mayoría de sus novelas, de ella misma, de Violette Leduc, de su turbulenta vida afectiva y de su intenso trabajo como escritora. Violette destila llanto en lo que escribe y explora mundos difíciles por sentirse diferente y por pasar por complejos encuentros afectivos en su vida, de los que la película da buena cuenta, pero de una manera elegante y sin salidas de tono.

Nacida en 1907, Violette es una escritora que permite al lector conocer su infancia y adolescencia, una mirada sobre ella misma, como un objeto en sí. Ella, una mujer con una madre ambivalente, a la vez protectora, pero también fría y distante, escribió: “Mi madre no me ha dado nunca la mano. Me ayudaba a subir, a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro, allí donde la costura de la manga es fácil de asir…”. Ser sola o sentirse sola. Leduc es ambas a la vez. La soledad aqueja su vida, reclama amor. Amor de madre, de un padre que no tuvo, amor homosexual, amor no correspondido, y siempre anhelando el cariño y el afecto de alguien. Y resulta aterradora la búsqueda desesperada por parte de Violette del amor. El director del film dice lo siguiente: “El amor es algo que cuando corremos no lo encontramos. El problema del amor es que primero lo tenemos que encontrar en nosotros mismos. Todos conocemos a buenas personas con mala suerte sentimental porque arrastran problemas de autoestima que les impiden relacionarse naturalmente en ese plano. Violette estaba muy marcada por su infancia difícil, por su condición de bastarda. Eso le generó mucho sufrimiento pero al mismo tiempo fue un motor muy importante de su creación. Los escritores suelen ser personajes solitarios porque la escritura requiere un gran compromiso, es un trabajo que aparta del mundo”. O sea, Violette es un personaje afligido y sin interés por las personas que la rodean, SALVO para que la amen y depender emocionalmente de ellas.

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Esto me recuerda a un conocido psicoanalista llamado Michael Balint, quien refirió el concepto: “falta básica”. Se trata de esa falla que algunas personas como Violette experimentan a modo de “defecto” y carencia a la vez, y que tiene su origen en la infancia y en los cuidados y afectos que el niño recibe, sobre todo los maternos. Las dificultades de ajuste entre las necesidades infantiles y los aportes maternos dan como resultado, según Balint, a un sentimiento de soledad y carencia, así como al nacimiento de la agresividad. Y así era Violette, a quien llegaron a calificar como miserable, solitaria, melancólica, triste, y a la vez bronca y huraña.

Esta película es, pues, la historia, junto a la Beauvoir y otros personajes, de Violette Leduc, una escritora de talla, singular, amiga de triunfadores y a quien mucho le costó el reconocimiento de sus coetáneos y la fama como novelista, si bien luego pasó rápidamente al olvido. Marcada por las ansias de amar, avanzada en cuestiones sexuales por su homosexualidad, y siendo una mujer fea, pues aunque suene mal, lamentablemente fue un hecho clave en su vida, lo cual se ve en la película. Ella misma escribió: “La fealdad en la mujer es un pecado mortal; si eres bella es a la que miran por la calle por su belleza, si eres fea es a la que miran por la calle por su fealdad“. Así, se sintió siempre, atormentada por sus limitaciones físicas, económicas y vitales, ofreciendo una extraña rebelión frente a su soledad asfixiante (La asfixia es precisamente el título de otra de sus novelas principales).

Pero vayamos al film. Se trata de una obra magistralmente dirigida por el canadiense Martin Provost, que comienza la historia de un modo imprevisible, sin presentar a los personajes –como suele hacerse-, como si desde el principio estuviéramos en una fase avanzada del film. Además, la cinta está organizada al modo de un libro, por capítulos, un biopic dividido en siete actos, y cada uno de ellos hace referencia a una persona clave en ese momento en la vida de la protagonista (Beauvoir, su madre, sus amantes, etc.). El conjunto de la obra es excelente. Provost logra transmitir la angustia del personaje, y también auscultar al mundillo literario francés que fue vanguardia en el siglo XX. Como dice Javier Ocaña sobre la película: “Violette cumple a la perfección una triple función: la de dar a conocer a la típica personalidad marginal, arrinconada entre el palmario triunfo de otras; la de demostrar que las pioneras que se atrevieron a cruzar fronteras prohibidas provocaron la concienciación sobre diversos asuntos morales que condenaban a la mujer de la época; y la de hacer partícipe al espectador con unos textos en off de sus escritos (La asfixia, La bastarda) que dan ganas de conseguir nada más salir del cine”.

Así, buena dirección y guión de Martin Provost (en el guión participan también René de Ceccatty y Marc Abdelnour); gran fotografía en tonos melancólicos de Yves Cape; y una sugerente y dramática música de Hugues Tabar-Nouval. En cuanto a la interpretación destacan los personajes de Violette y Beauvoir (Enmanuelle Devos y Sandrine Kiberlain respectivamente) que hacen sendos roles magistralmente, en sintonía y con una veta dramática totalmente creíble y con gran carga de fondo. Otros actores conforman un cuadro actoral de lujo, así: Catherine Hiegel, Olivier Gourmet, Olivier Py, Jacques Bonaffe, Nathalie Richard (madre de Violette), Stanley Weber y Fabrizio Rongione.

Efectivamente, Leduc habla en sus novelas del aborto, de la bisexualidad, de sus experiencias infantiles, y salvo Simone, y quizá Sartre, en aquel tiempo no se toleraba que una mujer hablase y escribiese abiertamente de su sexualidad e intimidades. “Me están mutilando”, dice Violette cuando la editora Gallimard recorta las escenas lésbicas de su libro Ravages. Entonces está a punto de abandonar la escritura, que sería abandonar su vida, pero como hemos señalado, De Beauvoir la alienta a continuar, pues escribir es su manera de liberarse y exorcizar sus demonios internos.

Recuerdo cuánto me gustó la película, también de Provost, Séraphine (2008), sobre una singular pintora, igualmente enferma psíquica; y ahora leo, en declaraciones de propio Provost, que conoció a la Leduc pues ella escribió un artículo sobre Sárephine, que por cierto la revista Le Temps Modernes no quiso publicar, pero que a él “la belleza y la lucidez del texto le dejó estupefacto”. Pues bien, tanto en aquella película como en la que comento aquí, Provost hace unas excelentes obras de acercamiento a figuras artísticas y enigmáticas, de la pintura a la escritura, y manteniendo el discurso social alrededor de la mujer que quiere ser independiente y libre en tiempos de ataduras.

Provost opta en su película por crear una atmósfera pesada que entorna la atormentada vida de Violette. Además, pone en duda la supuesta libertad y liberación del mundo francés de la época de postguerra, pues la libertad y la igualdad, tan francesas, aún se discutían en el siglo XX donde se desarrolla la película, marginando a la mujer de manera evidente (el contexto cultural en el que se desarrolla la película es el existencialismo francés). Y para ello rescata el tortuoso tránsito de Violette por el camino literario, hacia la liberación, hacia la salvación encarnada en su obra. Este es un tema central del film, más allá de las diferencias entre hombres y mujeres, de la soledad o la hipocresía. Como es sabido De Beauvoir escribió un famoso ensayo titulado El segundo sexo, que apoyaba la idea de que el segundo sexo es igual al primero. Pero en aquellos tiempos –y aún hoy- todavía no es así. De hecho, en aquella época, el mismísimo Albert Camus se quejó porque Leduc “ridiculizaba a los hombres franceses”. Y es que Violette, poéticamente simbolizó la lucha por la dignificación de la mujer, tanto en hechos como en palabras.

Entonces y a la postre: ¿qué cosa verán en este film? La respuesta la da su director Martin Provost: “Es un filme que no habla del dolor sino de la vida, es más fuerte que todo eso. Violette era una persona con un profundo amor por la vida, por la naturaleza, y tenía una energía desbordante. Hay una explosión de vitalidad y de amor”.

Para concluir, es a mi parecer una película que cautiva y crea un plausible conjunto de armonía tenue y gran fulgor. No es una película comercial, es tal vez para espectadores aficionados al cine con mayúsculas, pero si tienes un poco de interés por la cultura, por la literatura, y una pizca de sensibilidad, te la recomiendo encarecidamente.

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