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Huyendo de la familia

Por Jorge Valle

La familia supone, a menudo, todo un hervidero de jaquecas y estrés envueltos en una tensión retenida durante tanto tiempo que corre el riesgo de explotar justo en el momento más agridulce. ¿Quién no ha deseado evitar en algún momento de su vida cualquier tipo de reunión o comida familiar? Lo mismo parece pasarle a los protagonistas de Agosto, la película de John Welles basada en la obra de teatro homónima de Tracy Letts, que se ha encargado también de la elaboración del guión. En este caso, los Weston deben reunirse por la desaparición del cabeza de familia Beverly (Sam Shepard), que ha abandonado el hogar paterno sin dejar rastro. Todos acuden con desgana, obligados por los lazos de sangre que les unen, aunque estos sean lo único que mantengan en común. Hay un momento de la cinta en el que Abbie (Julianne Nicholson), una de las hijas de Beverly, admite delante de sus hermanas Barbara (Julia Roberts) y Karen (Juliette Lewis) lo que todos piensan durante esta inesperada reunión familiar pero que nadie se atreve a decir: las relaciones que los vinculan no están basadas en el cariño o las experiencias compartidas, sino en simples y azarosas uniones de células. Los componentes de esta familia se sienten unidos por parentesco y no por empatía o afecto, lo que dificulta enormemente su convivencia y entendimiento.

Al frente de los Weston se encuentra Violet (Meryl Streep), una matriarca histérica y drogadicta que no tiene ningún reparo en sacar a la luz las decepciones y fracasos de todos sus hijos. La protagonista de Los puentes de Madison vuelve a demostrar por qué está considerada como la mejor actriz viva del momento en un papel al que lleva en determinados momentos al borde de la sobreactuación, pero que no puede estar más acertado con el tono trágico de la obra teatral. Siempre es un placer disfrutar del talento inagotable de esta actriz que acaba de sumar su 18ª nominación a los Oscar gracias a esta interpretación hiperbólica a la vez que memorable. Le da réplica una Julia Roberts descomunal, más contenida que Streep pero igualmente enérgica en los momentos de mayor tensión –esa magistral escena de la cena después del funeral-. Ambas protagonizan otra de las secuencias más conmovedoras de la película: Violet corre por el campo como si intentara dejar atrás un pasado que todavía escuece, mientras su hija Barbara la persigue en un desesperado intento de obtener su perdón y su cariño.

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John Welles ha sabido trasladar a la gran pantalla esta historia con gracia y funcionalidad, sin grandes alardes artísticos y relegando el protagonismo a las interpretaciones de todo el reparto, que constituye el punto más fuerte de la cinta. Y es que Agosto es una ocasión magnífica para el lucimiento de los actores, pues todos encarnan a personas depresivas y repletas de dolor por sus fracasos personales, heridas profundamente en su interior, y que se sienten engañadas y maltratadas justamente por las personas a las que más deberían amar. Pendientes de estallar en cualquier momento, todos guardan algún secreto o rencilla con otro miembro de la familia que nunca han podido o sabido perdonar. Así, el rencor, el resentimiento, la culpa, siempre extrapolada al prójimo, se hacen tangibles en el ambiente cerrado y sin ventilación que se respira en esta mansión de Oklahoma, aislada prácticamente del exterior por parajes desérticos y yermos que invitan a huir de la erupción de este volcán de sentimientos y frustraciones que nos atrapan en este laberinto familiar, quizá porque sabemos que nosotros podríamos estar protagonizando también esta función, a ratos cómica, a ratos trágica, pero siempre como la vida misma. El excesivo dramatismo y patetismo en el que cae la película en algunos momentos se puede justificar por su origen teatral, aunque tampoco supone un gran inconveniente para que Agosto funcione en su objetivo de plasmar las mentiras, los secretos y las desgracias de esta familia al borde del cataclismo que, lejos de apoyarse en el momento en el que más se necesitan, se ayudan a hundirse todavía más en el angustioso fango del fracaso y la soledad.

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