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Hoy no es ese día, Peter Jackson

Por Javier Fernández López

Decía un servidor, hará unos años, que Peter Jackson iba a ser el director más afamado con el tiempo, el que mostraría la calidad más enfermiza en cada película. Motivos tenía, pues enamorado estaba, y estoy, de la trilogía de El Señor de los Anillos y de aquella King Kong que aún hoy me deja sin palabras. Tenía su propia seña de identidad: películas de extensa duración, pero una duración justificada por impresionantes planos, una historia bien construida, unos personajes inolvidables y una banda sonora espectacular.

Llegaba entonces la noticia de que iba a adaptarse el cuento de Tolkien El hobbit, y que iban a ser nada menos que tres películas, igual que lo trilogía que hizo grande a Jackson. Muchas fueron las conversaciones entre ese grupo de amigos antes de iniciar el proyecto. James Cameron, Guillermo del Toro y Peter Jackson charlaban, hasta que el maestro que todos temen en Hollywood, James Cameron, le dijo a Guillermo que no debía dirigir un proyecto así, que se lo dejara al único que podía hacerlo posible. Guillermo del Toro se quedó entonces con el proyecto de Pacific Rim, mientras que Peter Jackson volvió a la Tierra Media con una misión bastante complicada: devolvernos las sensaciones que tuvimos con El Señor de los Anillos. El problema de base, no obstante, es que eso era imposible, porque El hobbit no es El Señor de los Anillos. Podría incluso decirse que es casi anecdótico que aparezcan algunos personajes en ambas obras, pues tal es la diferencia de tono en ellas, tal la diferencia de enfoque, que apenas son comparables. El hobbit es, al fin y al cabo, un cuento para niños, sin mucha más pretensión, todo lo contrario que El Señor de los Anillos, cuya épica y solemnidad, unida a un tono paisajístico, envuelven la obra haciendo de ésta una joya sólo manchada por la tediosa narrativa del propio Tolkien.

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Si bien es cierto que no son comparables, al menos uno espera que dentro de lo que pueda ofrecerte una adaptación así, obtengas lo mejor o mínimamente algo bueno. Y empezó bien, empezó muy bien. Es más, Un viaje inesperado empezó con más fuerza que La comunidad del anillo. Pero La desolación de Smaug llegó para avisarnos de que Peter Jackson había perdido la magia, cometiendo errores de principiante. El corte que se le hizo a la segunda entrega, dejando el único momento de verdadera acción para la última secuela, es un error imperdonable, más allá de que la película no fuese gran cosa en sí.

Llegados a este punto, nos disponemos a ver La batalla de los cinco ejércitos, y nos encontramos una cinta que no te deja apenas respiro para asimilar tanta batalla y tan acción. Ya no es sólo la puesta en escena, en la que cuesta ver a Christopher Lee haciendo, más que de mago, de Jedi medieval con su vara mágica. Jackson mete forzadamente en su película referencias a la trilogía de El Señor de los Anillos, y es tal así que hasta chirría. También está el hecho de hacer de Légolas algo totalmente distinto a lo que conocemos, como ya tuvimos ocasión de ver en La desolación de Smaug.

Un héroe dijo una vez, con la muerte delante de sus ojos, que hoy no sería ese día, no sería el día en el que los hijos de Gondor y los pueblos libres de la Tierra Media pereciesen ante la maldad que amenaza con asolar el mundo. Pero me temo, señor Jackson, que hoy tampoco ese día. Hoy no es el día en el que te recordaré como un grande, pues me has dado algo mediocre. Porque dijo otro héroe mucho más grande, después de mucho pensar, que hay historias que llegan al corazón, que verdaderamente importan, en la que los héroes se rendirían si quisieran pero no lo hacen, siguen adelante, porque todos luchan por algo. Te has olvidado de ese “algo”, señor Jackson. Esta historia podría haber sido mucho más grande de lo que ha sido, podría haber dado mucho más, podría haberme llegado al corazón incluso sin ser algo solemne y mágico.

La batalla de los cinco ejércitos es un cierre irregular para una trilogía que ha ido de más a menos, con bastantes deficiencias y errores, siendo lo peor de todo que algo así no quedará en el recuerdo, porque realmente no lo merece.

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