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Historia sobre el esfuerzo, la perseverancia y los sueños

Por Enrique Fernández Lópiz

Si hacemos un poco de historia diré que en el mismo año en que se desarrolla este film, año 1988, nuestra conocida esquiadora Blanca Fernández Ochoa, en Nakiska, a 100 kilómetros de Calgary (Canadá), desaprovechó su gran oportunidad de ganar un título olímpico al caerse en la segunda manga del eslalon gigante. Al mismo tiempo, erigían en estrella al británico que participaba en salto de trampolín con esquí, Eddie Edwards, un individuo que desde pequeñito soñó ser olímpico, eligiendo esta disciplina ante la falta de competencia en su país. Deportivamente hizo el ridículo pues quedó el último, pero su esfuerzo, su tesón, su carácter extrovertido y su candidez, le hicieron conquistar el favor del público, siendo aclamado y entrevistado, y pasando a la historia de los Juegos Olímpicos. Este biopic que ahora comentaré, no es una gran película, “pero entretiene y no ofende, porque las historias de superación personal y de lucha contra molinos de viento funcionan desde hace siglos y seguirán haciéndolo siempre, por mucho que, como es el caso, el personaje tenga un interés ciertamente limitado” (Luchini).

En la cinta se detallan las inspiradas hazañas de Eddie Edwards, más conocido como “Eddie el Águila”, el más famoso saltador de esquí en la historia británica, en su lucha por lograr cumplir su sueño de infancia y participar en los Juegos Olímpicos de invierno. En Calgary, 1988, Edwards se convirtió en el primer deportista británico que compitió en la modalidad de salto de esquí, con más optimismo que sentido de realidad, “un optimismo que, al calor de una mirada despegada, es como la nieve: blanda, blanca, efímera” (Salvans).Y si Edwars tiene su interés (limitado), el personaje más sugerente del film es su entrenador accidental, un exdeportista, saltador igualmente de esquí en su juventud, bebedor, pero lleno de humanidad, que ayuda sobremanera al protagonista Edwards.

Eddie el Águila es el tercer largometraje del director y actor Dexter Fletcher. Es una película biográfica y de deportes, o sea, la historia acerca del esquiador británico Eddie “El Águila” Edwars. Fletcher hace una dirección efectista con tintes de nostalgia y elogio, lo que le confiere al film cierto sexappeal. De otro lado, la película tiene un claro barniz conmovedor y “echa mano de un arsenal de recursos que atacan directamente al lagrimal” (Weinrichter).

Un guión escrito con gran precisión en su estructura, conforme a las reglas de las historias emotivas sobre el arrojo y la autosuperación que ya hemos visto en otras ocasiones, el triunfo ante la adversidad; pero en este caso se añade la rara cualidad de un formidable sentido de la contención. Está escrito el libreto por los casi debutantes Simon KeltonSean Macaulay, adaptando una historia del mismo Kelton basada en hechos reales. La historia es contada por el propio Eddie Edwards y resulta ser un caso de libro de texto sobre la idea del triunfo de la voluntad, a pesar de sus dudosas capacidades iniciales. Música entusiasta de Matthew Margeson y excelente fotografía de George Richmond.

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Entre el reparto Taron Egerton hace un papel redondo y se ve que le pone muchas ganas al su trabajo, dando en la tecla de su personaje, un muchacho ingenuo pero perseverante y carismático que no ceja hasta ver cumplidos sus deseos. Hugh Jackman está genial en el rol de Peary, el entrenador alcohólico, antiguo saltador por los trampolines de esquí de 70 y 90 metros, un antiguo campeón de saltos que perdió su carrera deportiva arruinado por los excesos y su falta de disciplina, quien con mucho corazón se aviene a ayudar al poco dotado Edwards. El dúo Egerthon-Jackmen tiene mucha química. Chrtistopher Walken en su papel de Jersey Boys, en los pocos minutos de rodaje que le corresponden, está genial como antiguo maestro de Matthew Brandon. Acompañan muy bien Ania Sowinski, Mads Sløgård Pettersen, Tony Paul West, Marc Benjamin, Rune Temte, Tomasz Dabrowski y Austin Burrows. Y no hay que olvidar el trabajo de los “especialistas” que merecen, ellos sí, una gran medalla de oro, aunque la película carezca de brillo.

En fin, una cinta que se deja ver, llamativa por momentos, aunque sabemos que la historia es una pamema, una entrañable y emotiva cinta. Pero aquí tenemos a Fletcher como director de una película de saltos y en torno a un singular personaje: Eddie Él Águila´; y “ninguno pone en duda su verosimilitud […] ‘Eddie el Águila‘ es un cuento de hadas basado en un hecho real, una feel-good movie de manual en la que el patito feo no se transforma en cisne, pero se redime y se le aplaude porque lo importante es participar” (Salvans).

Dexter Fletcher sabe manejar una sucesión de clichés sobre el cine de deportes y “una descarada voluntad de estimular el uso de Kleenex. Como su protagonista, pues, suple su falta de habilidad con motivación y corazón abundantes, y abandera la máxima olímpica -lo importante es participar- para disculpar su propia blandura” (Salvá).

Como detalle, sirva el siguiente, en la ceremonia de clausura de aquellos Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary (Canada) en 1988, Samaranch, entonces presidente del COI, decía ante los micrófonos: “En estos Juegos algunos atletas han ganado medallas de oro, otros han batido récords y uno incluso ha volado como un águila”. No pudo seguir. Miles de gargantas prorrumpieron en un grito unánime: “¡Eddie, Eddie!”. Esa mención concreta a un deportista fue el epílogo de la historia de un hombre muy particular, un escayolista bajito de ochenta kilos de peso y gruesas gafas, que un día soñó con ser olímpico, pese a no dar el tipo ni de lejos. En vez de ejecutar el salto con la elegante y aerodinámica posición de un saltador nórdico, Eddie agitaba los brazos cuando iba en el aire para no perder el equilibrio y con ese aleteo se ganó el apodo de “el águila”. A pesar de quedar el último en la competición, la expresión de unos ojos vivarachos tras el grueso cristal de las gafas empañadas y el desparpajo con que paseó su ridícula estampa de atleta, habían conquistado el cariño del público canadiense y regresó a Inglaterra vestido de héroe.

En muy contadas ocasiones los “perdedores” alcanzan una gloria más elevada que los propios triunfadores y nuestro personaje supo estirar muy bien su buena suerte: hizo publicidad, asistió a infinidad de programas y eventos, se editó una biografía suya, tuvo programas de radio… incluso grabó una canción llamada “Fly Eddie fly” (que llegó al Top 50 inglés) y un par de canciones en finlandés, una de las cuales, “Mun niemi en Edtu” (“Mi nombre es Eddie”) llegó al número 2 en Finlandia. Luego fundó una compañía de vuelos chárter llamada “Eagles Airlines”.

En conclusión, es una película ligera y entretenida, honesta con el espectador. No hay que esperar exagerados milagros deportivos, sino que subraya la importancia del tesón, del hecho de perseguir los sueños y como decía el padre del olimpismo, el Barón Pierre de Coubertain: “Lo mejor que tienen los sueños es que se pueden hacer realidad”, a lo que cabe añadir también de su propia boca: “Lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien“. Son mensajes muy positivos que la película nos proporciona, para este mundo que ha olvidado estas reflexiones en un deporte masificado, donde los deportistas no son personas, sino marcas comerciales, su valor en dinero o sus éxitos en terrenos que a veces no son los deportivos. Deportistas que cantan, hacen desfiles de modelos, se venden al mejor postor e incluso se dopan. Eddie es el joven inocente que lucha en aras de un ideal, de una ilusión, de un impulso que le sale del corazón y no de la marca patrocinadora, que por cierto no tenía ninguna. Ojo al parche, película sentimental, pero mensajes sólidos. Los jóvenes deberían ir a verla, y los padres.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=8wI5Bgcdxlg.

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