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Historia sencilla de profundo calado

Por Enrique Fernández Lópiz

En El niño de la bicicleta (2011), Cyril es un niño de apenas once años que ha sido internado por su padre en un hogar de acogida, con la promesa de que volvería a buscarlo. Pero no ocurre así, de modo que el pobre niño está enloquecido por encontrar a su padre a cualquier precio. Y en esto se empeña escapándose del hogar y pasando mil desventuras. Cuando llega al apartamento de su padre, llama insistentemente si éxito. Para escapar del personal del hospicio que lo persigue, se refugia en un consultorio médico echándose en brazos de una joven que espera en la sala su turno. De esta forma, por puro azar, conoce a Samantha, una peluquera que le permitirá de ahí en adelante que vaya a su casa cada fin de semana. A partir de aquí la historia se desarrolla en una sucesión de experiencias que van de la ilusión a la desilusión con su padre, pasando por episodios que le servirán a modo de duro aprendizaje en la vida, siempre con la incondicional mano tendida de Samantha.

Los magníficos directores y guionistas de este film son los hermanos belgas Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne que construyen una sencilla pero a la vez profunda historia de soledad, desencanto y amor. Tiene una música variada que va muy bien con el film. Y como dice Sara Brito: “La música es quizás una de las más llamativas, ya que los hermanos no suelen hacer uso de ella, en pos de su conocida contención y el antisentimentalismo. En esta ocasión hay arranques musicales muy medidos (una bellísima melodía de Beethoven), que sirven en bandeja al espectador altos vuelos emocionales. Entre ellos, dos: la hermosa carrera nocturna de Cyril en su bicicleta cuando el dolor del rechazo de su padre es ya definitivo y el final, que es sencillamente mágico.” La fotografía de Alain Marcoen es igualmente excelente.

En el reparto están sobre todo una brillante y guapísima Cécile De France que interpreta el papel de Samantha con austeridad pero a la vez con gran sensibilidad y empatía con el espectador; Thomas Doret hace un excelente papel de niño angustiado por el abandono de su padre, un papel cuyo mérito de seguro cae sobre los hombros de los Dardenne; y les acompañan con gran profesionalidad Jéremie Renier en el papel de padre; Fabrizio Rongione, Egon Di Mateo y Olivier Gourmet.

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Entre premios y nominaciones este film cuenta en 2011: Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado (Ex-aequo). Premios Cesar: Nominada a Mejor película extranjera. Premios del Cine Europeo: Mejor guión. 4 nominaciones, incluyendo mejor película. Globos de Oro: Nominada a mejor película de habla no inglesa. Independent Spirit Awards: Nominada a Mejor película extranjera. Satellite Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa. Festival de Valladolid – Seminci: Sección oficial largometrajes a concurso. Un gran currículo, si se tiene en cuenta que compitió, entre otras, con The artist.

Esta película de título original en francés Le gamin au vélo es, al modo de los Dardenne, una obra construida de variaciones apenas visibles, pero que resultan ser determinantes. De nuevo los Dardenne abordan la vida tal cual, sin tapujos, en una historia en apariencia sencilla pero que tiene mucho calado, un gran fondo para explorar.

Cuentan que en una ocasión, el ajedrecista cubano José Raúl Capablanca y Graupera, campeón del mundo y a quien apodaban el “Mozart del ajedrez”, jugaba algunas partidas otorgando ventajas de piezas a sus rivales. Tras haber ganado, en alguna de esas partidas alguien le preguntó por qué hacía esa estrategia tan arriesgada. Y Capa respondió: “Con menos piezas se juega más libremente y mejor”. En fin, no sé si la anécdota es auténtica, aunque yo pienso que es así en el ajedrez y en la vida. Pues bien, los Dardeen en este film juegan con pocas piezas: un niño, una bici y un barrio de Bélgica que podría ser de cualquier lugar. Y como estamos en el cine, pues en medio de esas “piezas” hay una cámara transparente y atenta a cada movimiento de las mismas. De esta manera, podría decir que en este film, lo sustancial radica en permanecer en silencio a la espera de ver qué pasa. No se hacen valoraciones apriorísticas ni juicios morales, tampoco hay ni mucho menos una versión maniquea, no se piensa en términos de bueno o malo. Es la cámara la que se constituye en espacio entre la pantalla y el espectador.

Tampoco los Dadenne hacen cine social estricto sensu; o no totalmente. Lo que hacen es cine real. Yo digo de los que se ocupan de la salud mental en general, y el cineasta puede contribuir a ello, que quienes a esto se enfocan han de ser ante todo “embajadores de la realidad”. Pues eso hacen los hermanos belgas, priorizar la realidad, aunque al final haya un poquito de ayuda por la vía positiva-mágica.

Además es un film luminoso, una película que como decían ellos mismos es: «la que nos ha sido más fácil rodar, un cuento de hadas para tiempos de crisis», una versión de «Caperucita Roja» (el niño viste de rojo) donde hay «un hada madrina, un niño perdido en el bosque y un lobo que lo quiere tentar».

El amor es una parte importante en la película, pues éste nace en realidad a partir del abrazo que el niño desesperado le da a la desconocida Samantha (Cécile de France), en la consulta de un médico, como antes decía. Se trata de un abrazo total que anticipa el camino del niño Cyril, un pobre niño que se mueve entre la ira y la necesidad afectiva. Y a modo de descarga eléctrica, éste es el núcleo de energía que mueve toda la película. El niño es 220 voltios de rabia e incomodidad. Ira tras saber que su padre no quiere verlo nunca más; e incomodidad porque no entiende bien a la mujer que le ofrece su cariño y su casa de manera desinteresada.

Está además bien, que la película no dé lecciones de Psicología. Aporta claridad al relato. Así, la cinta es más libre y natural, más comprensible y deja de lado los análisis farragosos que en el fondo suelen ser maniqueos. Hay que meramente ver y escuchar los hechos y las acciones. No se dicen las razones de la aceptación de Samantha de acoger a Cyril, ni hay datos sobre el contexto familiar de Cyril, salvo su padre que no lo quiere tener con él.

Sólo los acontecimientos que se suceden, parece que hacen recapacitar a Cyril sobre su impulsivo comportamiento, y quedar pensativo y meditabundo al final; como que se hubiera dado cuenta del verdadero valor del amor de Samantha. Una mujer que a modo de hada madrina es capaz de ayudarlo a salir del bucle de violencia y abandono en el que se encuentra.

Los Dardenne dijeron sobre esta película cosas como: Estábamos menos ansiosos de lo habitual y quizás eso se ha filtrado en el resultado final. También es cierto que los personajes son menos complejos; o: Es el cuerpo y la presencia física de Cécile (Samantha) lo que nos importaba, no tanto sus razones. Ella es capaz de devolver al niño su infancia y eso es lo que queríamos contar: una historia de amor que sale bien.”

El niño va en bicicleta, un símbolo entre mágico y terrenal que le confiere fuerza al personaje. Y justamente en el bosque de la ciudad el chaval encuentra un lobo que le tienta. Y añaden los Dardenne: Hemos querido hacer un cuento. De hecho, en un principio pensamos titularla Un cuento de hadas moderno, pero pensamos que era demasiado explícito“.

Amigos lectores, se trata de una película encantadora, bella y tierna, sobre la búsqueda del cariño y el amor, con la trágica admisión de su ausencia donde debería darse, pero al mismo tiempo con su resplandeciente aparición dónde menos se esperaba. Un film sobre la pura y legítima gratuidad del amor incondicional que finalmente nos reconcilia con lo mejor de la condición humana.

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