Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Historia metafórica y luminosa para el mundo de hoy

Por Enrique Fernández Lópiz

Ya he dicho en otras ocasiones que el cine que trata la temática de los adultos mayores, me atrae. Sobre todo cuando está elaborado de manera profunda y con sentido. Más aún cuando trata del genuino amor a los ancianos. Pues bien, este film cuenta con estas características y más allá de ciertos deslices técnicos e incluso estéticos, la película me parece de todo punto interesante en este mundo tan tendente a la juvenilización, en esta sociedad en la que los mayores son dejados de lado como sujetos caducos o infantilizados. Los mayores son respetables ciudadanos cargados de experiencia y sabiduría, con un valor que hoy día, apenas se logra entender salvo de manera falsa e hipócrita, pues luego la realidad es muy diferente, y el trato hacia los mayores, no es el que debería ser.

En esta película El olivo, Alma tiene 20 años, vive en medio de una granja avícola y conserva un profundo amor por su abuelo y por los recuerdos de su relación con él cuando era niña. Su abuelo lleva años sin hablar. Alma cree que el abuelo se está muriendo porque sus hijos, entre ellos su padre, permitieron que el olivo milenario en el que Alma con su abuelo jugaba cuando era niña, fuera vendido a un vivero y luego a una corporación internacional, por su arruinada y abrumada familia. Para ella, ese duelo insuperable de la pérdida del olivo, es lo que ha ido silenciando a su querido abuelo. Cuando el anciano se niega a ingerir alimento, la chica decide recuperar el árbol vendido contra la voluntad del anciano. Para este cometido necesita la ayuda de su tío, una víctima de la crisis y la especulación, de su amigo Rafa y de todo el pueblo. El problema que se plantea es conocer en qué lugar de Europa está el olivo. Pero Alma es una joven luchadora con el suficiente sentido moral a pesar de sus incertidumbres, como para combatir en pos de que el árbol retorne a su lugar natural, a sus raíces.

Quién no recuerda a Icíar Bollaín en la película El Sur (1983), justamente haciendo el papel de Estrella, muchacha amorosamente cómplice de su angustiado padre. Al final, como es sabido para quienes hemos visto esta maravillosa obra, la jovencita no puede evitar que su padre sea fatalmente destruido por sus fantasmas y sus recuerdos. La cosa es que posteriormente, Icíar Bollaín, no contenta con la mera interpretación se metió de lleno en el mundo de la dirección. A Bollaín directora, lo que le preocupa es “el mundo que le rodea y particularmente las injusticias, los abusos, los entuertos, utilizando la realidad nacional o lo que ocurre en países lejanos. Digamos que su máxima preocupación son los seres humanos en situación de acorralamiento, explotados, sufrientes […] es una opción humanista e inconformista. Lo que sería deseable es que los resultados fueran artísticos, estéticos, veraces, apasionantes” (Boyero). Así es, si a la inquietud social se uniera en perfecta armonía el nivel artístico, el cine de la Bollaín sería redondo. Pero ahora me refiero a este extremo, aunque desde ya digo, que la película merece mi reconocimiento. anticipo, desde mi modo de ver, que estamos ate una cinta que vale la pena ver.

El libreto, escrito por Paul Laverty (guionista habitual de Ken Loach), describe personajes cercanos, identificables y bien definidos, aunque en algunas fases de la película, como la parte final en Düsseldorf, los comportamientos de estos personajes resulten poco creíbles. Diálogos precisos, escuetos, como corresponde a personas criadas entre gallinas y olivos. Y rondando, un tema social que, como apunta Quim Casas, “trata las raíces, la pérdida de valores y la invasión del espacio rural. […] una progresión de acontecimientos a la que le sobra un exceso de buenrrollismo y algún pasaje. […] De lo que habla es interesante; la forma, demasiado ingenua”. Así exactamente lo veo yo también. No obstante, el valor principal –y ahí discrepo de Casas- está en que cuenta una historia de orgullo, de firmeza, de amor, de desconsuelo, también de alegría, de paro y de trabajo, de injusticias, de lucha al cabo.

el-olivo-2

Es buena la música de Pascal Gaigne y fotografía sensacional de Sergi Gallardo, con bellas localizaciones y sugerentes miradas entre los personajes en primerísimos planos.

En cuanto al reparto, Anna Castillo está impresionante y para mí merecería un sobresaliente, de no ser por el exceso de griterío del que en ocasiones hace gala cuando está enervada. Más sugerentes y elegantes son las escenas tiernas con su abuelo. Javier Gutiérrez muy bien desplegando con magisterio su saber hacer actoral. El diálogo de Alcachofa (Javier Gutiérrez) con Alma (Anna del Castillo) en el restaurante frente a la playa, local que perdieron durante la crisis, es tal vez la mejor escena de la película, es la muestra de una sabiduría actoral que hay que aplaudir. Pep Ambrós está sensacional en un papel poco lucido que, gracias a su actuación, brilla con luz propia. Acompañando perfectamente Manuel Cucala, que no siendo actor profesional hace un trabajo como anciano desasido y silente inmerso en un “plan de muerte” y viendo el final del camino. Miguel Ángel Aladrén, muy correcto, entre otros.

Entre premios y nominaciones hasta la fecha (11/12/16): Premios Feroz: Nominada a Mejor actriz (Anna Castillo).

Pienso que una buena película ha de ser en cierto modo paradigmática, o sea, especie de metáfora que explique el mundo o la realidad, e incluso que en su esencia la acoja y radicalmente la constituya; con capacidad de desplegar redes de significado. Pues bien, esta obra “lo es en su sentido más obcecadamente cristalino. La historia de una chica que intenta recuperar en un árbol milenario el sentido perdido de un mundo que se desmorona quiere ser alegoría, fábula y, en efecto, metáfora” (Martínez). El problema es la evidencia, la obviedad, a pesar de que se da un in crescendo en la narración, y a pesar de la solidez de las interpretaciones. “Desde el primer fotograma, y pese al empeño de rescatar la película del más protocolario melodrama para transformarla en una enérgica road-movie, queda detenido en la formulación de una tesis tan obvia y manoseada como ritual: la insensibilidad de las grandes empresas frente al valor de la tradición; la rebeldía de la adolescencia como valor de cambio… Demasiada metáfora de lo mismo” (Martínez). No obstante es una película que a pesar de su obviedad termina cautivando al espectador. Pues de más interés que el curso de la trama, que como digo es predecible, es “el desarrollo de los personajes y sus relaciones. Con una efectiva combinación de comedia y drama, ‘El olivo’ ofrece un universo verosímil donde los actores disfrutan y hacen gozar con sus caracterizaciones” (Reina).

Pero dicho lo dicho hasta este punto, este film es una reflexión sobre las auténticas raíces familiares (encarnadas en el olivo), también habla de las relaciones entre generaciones, no siempre fluidas, y cómo no, “el choque entre los bienes materiales y los sentimentales” (Batlle), entre otros de gran interés como la solidaridad y el poder de las convicciones.

Tiene la cinta momentos especialmente brillantes, como cuando el tío Alcachofa y su sobrina Alma, en una parada del viaje por carretera en un gran camión, visitan a un individuo (al que no se ve en pantalla), que les debe dinero y al no encontrarlo se llevan una Estatua de la Libertad a escala que ha colocado en su lujosa piscina. Alcachofa es un camionero en paro arruinado por la crisis y que sirve de “contrapunto cómico de la película” (Bermejo), gracias a la labor de Javier Gutiérrez, un actorazo. La estatua es también una metáfora, claro, y el mismo título El olivoes una clara metonimia de la España del boom económico, la del derroche y el desarrollismo mal fundamentado por el que muchas familias de entornos rurales vendieron tierras para hacerse ricos y lo perdieron todo al llegar la crisis” (Bermejo).

Icíar Bollaín, sin duda, se sale de los tópicos. Su capacidad e inteligencia no le permiten hacer una película que ya esté contada, de manera que arriesga, y en este film vuelve a hacerlo consiguiendo una obra que entretiene a la vez que resulta tierna y hermosa. “La persecución de utopías, la poderosa lucha de David contra Goliath, el triunfo del todos juntos podemos, la conservación de lo natural y lo transmitido de generación en generación frente a los poderes deshumanizantes” (Aldarondo). Película que da para pensar “qué valores ancestrales, qué tradiciones hemos permitido que desaparezcan a cambio de una recompensa efímera. Y eso vale tanto para las casas antiguas que hemos dejado tumbar como si nada, como para los almuerzos familiares conversados, que languidecen mientras los adolescentes buscan pokémones bajo la mesa” (Castro).

Paul Laverty escribe un guión desenfadado en el cual critica los trabajos mal pagados, las familias desunidas, lo incomprensible del amor para la actual juventud, y a la vez introduce la esperanza de la solidaridad como forma de afrontar los problemas o a modo de motor de cambios importantes. En manos de Bollaín, este libreto se convierte en una “película luminosa para tiempos oscuros” (Castro). Bollaín demuestra una vez más un importante pulso narrativo capaz de revertir ciertas inconsistencias que se pueden pasar por alto, “porque las fábulas no requieren una estructura perfecta y giros argumentales asombrosos” (Castro). En realidad, las fábulas lo que precisan es de algo que decir y decirlo alto y claro.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=6u-DI_eTzdc.

Escribe un comentario