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Heridas de amor y guerra

Por Jorge Valle

“Amor mío, te sigo esperando. ¡Cuánto dura un día en la oscuridad! El fuego se ha apagado. Empiezo a sentir un frío espantoso. Debería arrastrarme al exterior pero entonces me abrasaría el sol. Temo malgastar la luz mirando las pinturas y escribiendo estas palabras. Morimos, morimos, morimos ricos en amantes y tribus y sabores que degustamos en cuerpos en los que nos sumergimos como si nadáramos en un río, miedos en los que nos escondimos como esta triste gruta. Quiero todas esas marcas en mi cuerpo. Nosotros somos los países auténticos, no las fronteras trazadas en los mapas con nombres de hombres poderosos. Sé que vendrás y me llevarás al palacio de los vientos. Solo eso he deseado, recorrer un lugar como ese contigo, con nuestros amigos, una tierra sin mapas. La lámpara se ha apagado… y estoy escribiendo a oscuras…”

(Katherine)

El amor es el sentimiento del que más se han valido escritores, poetas y cineastas a lo largo de la historia como tema para sus obras. Pocas son las novelas y las películas que no lo traten. Y sin embargo, la mayoría de ellos se quedan en lo superficial, pues no hablan del amor en profundidad, del amor en sí, de todo el vendaval de emociones que despierta. Quizá El paciente inglés, la obra maestra del recientemente fallecido Anthony Minghella, director de Cold Mountain y El talento de Mr. Ripley, sea una de las pocas películas que, a partir de una historia de amor, nos invita a reflexionar sobre nuestra propia capacidad de amar, sobre los límites y las metas que estamos dispuestos a alcanzar por otra persona, sobre la naturaleza intrínseca del amor y, ante todo, sobre las consecuencias de una pasión que puede llegar a ser devoradora.

Basada en la novela homónima de Michael Ondaatje, la historia nos traslada a un monasterio italiano abandonado y en ruinas que, ya en el final de la Segunda Guerra Mundial, es ocupado por cuatro personas que a pesar de pertenecer a mundos totalmente distintos entre sí, comparten el sufrimiento y el sentimiento de pérdida derivados de la guerra: Kip, un desactivador de bombas indio (Naveen Andrews); Hana, una bella y amable enfermera que ha visto cómo las balas y las bombas aniquilaban todo su mundo (Juliette Binoche); un mendigo al que le han amputado los pulgares y que busca venganza (Willem Dafoe) y un misterioso hombre que ha sufrido graves quemaduras en un accidente de avioneta en África (Ralph Fiennes). Poco a poco van conociéndose en profundidad, hasta descubrir los motivos y las causas que los han llevado a su situación actual.

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Es precisamente este último personaje el eje principal que vertebra la película. Gracias al vagabundo David Caravaggio, que muestra un extraño interés por él, y a las lecturas que Hana le hace de un libro con notas y apuntes que se salvó del accidente -y que es lo único que le queda, pues ha perdido casi la totalidad de sus recuerdos-, descubrimos que el paciente inglés es, en realidad, el conde de Almásy, el líder de una expedición arqueológica y topográfica en Egipto. En las cálidas arenas del desierto egipcio conoce a Katherine (Kristin Scott Thomas), una mujer casada que hace gala de una osadía y una valentía impropias para una mujer de la época. Repleta de amor pasional, odio y venganza, su misteriosa y trágica historia desencadena un tsunami de emociones que termina por tambalear y destruir varias vidas. Su tormentosa relación pone de manifiesto la fuerza destructiva del amor, su cara más demoledora y fatal, aquella que conduce a los celos, la envidia, el dolor, la tristeza y, finalmente, la soledad. Todo a cambio de unos pocos momentos, eso sí, de plena y ardiente felicidad.

Su historia es la de dos personas que se aman y se odian al mismo tiempo, que no pueden estar juntas ni separadas, lo que les provoca una enorme infelicidad que termina por hacerles perder el control y el sentido de sus propias vidas. Pero el amor también es capaz de salvarnos de la vida, alimentando nuestro corazón con sensaciones maravillosas y sentimientos que nunca antes habíamos experimentado. Puede que el amor sea un agente destructivo, pero también lo es de redención. Solo gracias a él Hana, enamorada de “fantasmas” y al borde de ese terrible precipicio llamado soledad, encuentra la esperanza a la que aferrarse para superar las dificultades que la vida le ha puesto en el camino. Y es que su romance con Kip -bellísima la escena en la que ella descubre las pinturas murales del viejo monasterio después de haber seguido en la noche las velas encendidas que él ha colocado- constituye la única luz entra tanta oscuridad y tristeza.

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Es inevitable comparar la cinta de Minghella con otra de las obras maestras del drama romántico. Los vuelos fatales en avioneta por el continente africano -acompañados por una música inolvidable-, o la bellísima escena en la que Katherine le lava el pelo a Almásy son algunas de las claras referencias a Memorias de África. Tanto El paciente inglés como la película protagonizada por Streep y Redford nos hacen testigos de un deseo arrollador y un debate entre libertad y compromiso cuya solución parece ser siempre el sufrimiento. Entre el “odio la propiedad” que asegura Almásy en uno de sus primeros encuentros con Katherine, y el “eres mía” que le susurra al oído cuando sabe que está a punto de perderla, hay una diferencia abismal: la de una persona que reconoce el profundo cambio que el amor que siente por una mujer ha provocado en él. Un cambio en el que ya no hay vuelta atrás.

El paciente inglés también constituye un fuerte alegato antibélico en el que se ponen de manifiesto todos los horrores de la guerra y, sobre todo, el sinsentido que supone malgastar tanto dinero y tantas vidas por un absurdo. Ahí tenemos a Almásy quien, a pesar de ser británico, se ve obligado a negociar con los alemanes para poder salvar la vida de su amada, pues sus compatriotas se niegan a ayudarle. Y es que calificamos de locura o insensatez entregar nuestra propia vida y arriesgar todo por la persona a la que amamos, pero creemos firmemente que morir por la patria -esa gran mentira que no ha provocado más que desastres y lágrimas- nos parece algo honroso y dignificante. “Nosotros somos los países auténticos, no las fronteras trazadas en los mapas con nombres de hombres poderosos”.

Las oscarizadas música y fotografía de Gabriel Yared y John Seale, las interpretaciones –la elegancia de Kristin Scott Thomas, la pasionalidad de Ralph Fiennes, la melancolía de Juliette Binoche, ganadora del Oscar a la mejor actriz de reparto- el guión y la dirección de Minghella, todo en El paciente inglés se puede calificar de excelente. Y terminamos con el espíritu perturbado y lloroso, gracias a ese salvaje final que alcanza y hiere nuestro corazón y destruye, al igual que en los protagonistas, todos nuestros miedos y nuestras ilusiones, todas nuestras convicciones acerca del amor. Pero, puesto que el amor es lo que nos hace más humanos, su visionado nos hace sentir mejores, más completos, pues hemos asistido a una lección magistral de amor y, sobre todo, de vida. El paciente inglés es una de esas pocas películas que, con su lirismo sentimental y su energía e intensidad, dignifican el cine, el arte, la condición humana y, por qué no también, la vida.

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Comentarios

  1. Lourdes Lueiro

    - Llevas el dedal.
    - Claro, Idiota, siempre lo he llevado porque, siempre te he querido.
    (para mi la escena más bonita de la película)
    Me pusiste la piel de gallina en cada palabra que fui leyendo, una maravilla de artículo, de verdad que si; es una de mis películas favoritas, una de las películas más hermosas que he visto nunca, de hecho iba a dedicarle una crítica, pero después de leer la tuya ni me atrevo, por lo que me hace sentir la película, algo muy parecido podría haber escrito yo; me encanta Ralph Finnes, esta fantástico en la película y guapisimo por cierto (corta el aliento), Kristtin Scott Thomas también estupenda, pero sin duda adoro a Juliette Binoche en el film, su dulzura, es genial. Enhorabuena por cada palabra Jorge, te daría un aplauso tremendo.

    • Jorge Valle

      Muchas gracias Lourdes, me alegro de que te haya gustado.
      Veo por tus críticas que tenemos gustos muy parecidos :)

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