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Por Enrique Fernández Lópiz

La historia se desarrolla en un tiempo futuro, supuestamente no muy lejano. Theodore (Joaquin Phoenix), un hombre un tanto estrafalario y solitario está a las puertas del divorcio tras varios años de matrimonio. Trabaja en una empresa en la que se dedica a escribir cartas, sobre todo de amor, para otras personas. Un día adquiere un nuevo sistema operativo casi humano  basado en el modelo de la Inteligencia Artificial. Este sistema operativo llamado Samantha (Scarlett Johansson) está planteado para satisfacer cualquier necesidad del usuario. Poco a poco y sorpresivamente para el protagonista, entre él y Samantha se va creando una auténtica relación amorosa, un romance imprevisible con una entelequia, o sea, una mera voz femenina, la voz del tal sistema operativo.

Antes de comentar el film quiero contar una anécdota, algo que siempre me produce un radical enfado en las salas de cine y que en esta película ocurrió de igual forma, y además tiene que ver con la temática de la misma. Me refiero a cómo muchas personas, al principio, en medio o al final de la proyección sacan con total impunidad sus teléfonos móviles, los cuales se encienden con gran estruendo lumínico que a mí me molesta, tal vez para ver algún WhatsApp o similar. Esto, no puedo evitarlo, me enerva. Como me irrita cuando en una reunión alguno de los presentes habla por el móvil, manda mensajitos o se oyen los tintineos de los WhatsApp. Ya no digo cuando en una mesa, cuatro o cinco muchachos, cada uno por su lado y sin dirigirse la palabra, se ponen manos a la obra con sus respectivos móviles. Ya sé que quien lea esto, habrá observado este fenómeno, como el de la gente que va por la calle hablando sola, o sea con el móvil, a través de unos auriculares, o cuando el telefonín suena en medio de una conferencia o en un acto público. Y esas son, digámoslo alto, personas, que son millares, adictas a estos medios, individuos fascinados por la telefonía o el Internet, sujetos seducidos por la virtualidad. De manera que la película lo que hace es añadir elementos más sofisticados a una realidad que ya es de hoy, que se da, que existe, que es.

De otro lado, se sabe por la sociología y estudios diversos que un enorme porcentaje de personas, sobre todo en grandes urbes como Nueva York, Barcelona o Tokyo, viven solas y se comunican con el exterior casi exclusivamente a través de la telefonía o el ordenador, o sea, a través de medios que alzapriman, de nuevo lo digo, la virtualidad.

Y antes de decir nada más, expresaré a las claras qué sensación ha producido en mí esta película; esa sensación se puede llamar inquietud, turbación, desasosiego.

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Efectivamente, la peli, que es para aplaudirla por su enorme calidad, nos ofrece una crítica dramática y una reflexión sobre nuestras relaciones con la tecnología, lo virtual y, en cierto modo, el olvido por las personas reales circundantes. Es por lo tanto una película visionaria y futurista de algo que ya se da,  y que su director Spike Jonze, en una espléndido trabajo, nos pone frente a las narices para que pensemos un poco o tal vez un mucho. No sé qué ha pretendido Spike, pues para algunos la película resulta ser una película tierna y fresca; para otros es una humorada; para el de más allá es una película pasional; y así sucesivamente según he podido leer en críticas y comentarios. Pero a mí me ha producido la gran inquietud de imaginar un futuro de soledad y hastío, e incluso suicidal, si la gente se torna multitudinariamente adicta al chat o al porno por Internet, y no digamos cuando lleguen esos Sistemas Operativos cuasi humanos que de seguro están por llegar, si no lo han hecho ya, como la complaciente Samantha de la película. En este sentido es que digo que Jonze es un visionario.

La dirección es espléndida, un diez para Spike Jonze con uno de los mejores guiones de los últimos tiempos del propio Jonze, guión con excelentes diálogos, en ocasiones con un humor que dentro del contexto yo lo percibo ácido, irónicos en ocasiones y muy profundos.

La música me ha parecido muy buena, de Arcade Fire y Owen Pallett, con una gran secuencia con The moon song de fondo; bella fotografía de Hoyte Van Hoytema, y una ambientación y puesta en escena geniales, así como un diseño de producción que ya ha sido premiado junto a la mejor película por los críticos de Los Ángeles (EE.UU.).

En lo que toca a interpretaciones, Joaquin Phoenix hace una enorme interpretación, tal vez de las mejores que he visto últimamente, una acción actoral llena de matices, los mismos que exige su complejo personaje; una interpretación íntima, entrañable y melancólica. En cuanto a las demás principales actrices, dicen que Scarlett Johansson está excelente, pero lamentablemente yo he visto la película doblada y no puedo definir su actuación virtual original (lo cual que no deja de ser también curioso: una actriz como la Johansson con la mera voz); Amy Adams cumple muy bien en su breve papel e igual Olivia Wilde o Rooney Mara que conforman un equipo de actrices secundarias intachable.

Y ahora daré algunas pinceladas sobre lo que me parece el verdadero fondo de la película. Para ello me remonto en un triple salto mortal a Hegel, quien en 1808 escribe su obra Fenomenología del espíritu donde el filósofo habla de la importancia de la perspectiva histórica y la importancia de su método dialéctico, así como del cambio permanente. Estas ideas fueron retomadas en la obra de Karl Marx, quien en 1848 habla del cambio histórico como cualidad permanente de la realidad (según él motivado por la lucha de clases). E inspirado en estos argumentos hegelianos y marxistas, en los años setenta del anterior siglo, en la Psicología y las ciencias sociales, Klaus Riegel propuso un paradigma o metáfora para entender el cambio social y de las personas denominado Modelo contextual-dialéctico.” Según este modelo, los humanos cambian los contextos que habitan (modifican sus entornos, crean cultura, tecnología, arquitectura, urbanismo, arte, etc.) y a su vez estos cambios modifican a las personas. Es decir, entre estos cambios contextuales y los propios individuos se da un continuo diálogo (contextual-dialéctico); hay una interacción compleja entre factores biológicos, individuales, socioculturales y del entorno físico que explicaría cómo evolucionarán las personas en su futuro histórico, que en todo caso es impredecible: principio de incertidumbre.

Conforme a estas ideas, yo creo que esta película nos habla principalmente sobre cómo serán las relaciones y los hábitos sociales y afectivos del futuro. Y dado que desde lo que digo el individuo es cambiante en una sociedad que se transforma, pues parece que estaríamos cerca, según la tesis de Spike Jonze (pero también acorde con lo que ya se observa en nuestro mundo), de que la tecnología y lo humano se eclipsan, se solapan o, lo peor, se hacen indiferenciadas; y puede que el futuro consista en mantener una relación amorosa con tu iPod o algo similar. En este sentido, la peli se me ha resultado, como decía antes, inquietante, desasosegante, una película no para matarse de risa ni para reparar en su dimensión romántica, sino como una gran interrogante sobre qué será del género humano, en todo sentido, cuando la virtualidad nos inunde mucho más de lo que ya lo hace. Cómo responderemos a esta afrenta tecnológica que niega lo humano-real, lo social-real.

Algunas críticas opinan que Her es un mensaje con muchas lecturas. Puede que sí, pero para mí la más importante es, como decía el gran Antonio Machado tras apuntar que él va soñando caminos de la tarde, cuando añade: ¿A dónde el camino irá?Pues eso: ¿A dónde vamos? ¿Dónde desembocará esta virtualidad creciente? ¿Es tal vez a la soledad o a la deshumanización? Her es un film no tan fantástico como algunos pretenden, en un mundo en el que la realidad y la ficción son cada vez más difíciles de separar.

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