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Hacer negocio de la supervivencia: el drama del Holocausto visto por un falsificador

Por Enrique Fernández Lópiz

Se sitúa la película Los falsificadores en el Berlín de 1936 y narra la historia de un judío sin escrúpulos, Sorowitsch (Karl Markovics), que es un máximo experto, tanto en la falsificación de moneda, como de documentos legales tipo pasaportes, visados, etc. Cuando estalla la guerra es detenido y confinado en un campo de concentración nazi, donde es obligado a trabajar, junto a otros falsificadores judíos como él. El reclutamiento tiene por fin llevar a cabo “La Operación Bernhard”, donde tendrán que falsificar en producción masiva pasaportes, documentos, papeles bancarios, pero sobretodo la libra británica y posteriormente el dólar americano. Debido a la cualificación de estos judíos expertos en falsificación, sus condiciones de vida son mejores que las de los demás prisioneros. Pero esta situación les plantea el dilema moral de que si ayudan a los alemanes prolongarán la guerra y al Régimen Nazi, pero si no lo hacen, serán matados; o sea, colaborar es su única vía de supervivencia. Este dilema moral de calado precipita el film por un derrotero sorpresivo.

Stefan Ruzowitzky dirige una excelente película con gran guión del propio Ruzowitzky basado en la novela autobiográfica The Devil’s Workshop, de Adolf Burger, que define y perfila los matices de sus torturados personajes, incluyendo al que inicialmente es un auténtico desalmado Sorowitsch (Karl Markovics), que finalmente acaba cayendo del caballo al modo de Pablo de Tarso, y convertido, se solidariza con sus compañeros de trabajo y condición judía.

Hay pues, además de toda la crítica a la barbarie nazi y los campos de exterminio, una historia de conversión, donde el protagonista pasa de ser un judío sin escrúpulos, a concienciarse de la barbarie y tomar partido en el lugar que le corresponde como prisionero judío en un entorno cruel de tortura y crímenes sin fin. En 2007 le valió el Oscar a la mejor película de habla no inglesa (el film es austríaco). Destaca la genial interpretación de Karl Markovics, acompañado por un elenco de excelentes actores que juegan cada uno su papel a la perfección. Actores como August Diehl, Devid Striesow, Martin Brambach, Veit Stübner, Sebastian Urzendowsky o Andreas Schmidt, todos grandes en sus trabajos. Excelente y sombría la fotografía de Benedict Neuenfels, acompañada de una música ad hoc de Marius Ruhland.

Creo que es una excelente película donde se masca la tragedia de los judíos en esa cruel contienda que fue la Segunda Guerra Mundial, cuyo dramatismo y malignidad parece que sigue siendo necesario contar por la vía cinematográfica, entre otras, para que JAMÁS se vuelva a repetir tamaño despropósito y crueldad. Si bien no hay que pecar de optimismo, como al final diré.

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Premios en 2007: Oscar: Mejor película de habla no inglesa. Festival de Valladolid – Seminci: Espiga de Plata, mejor actor (Karl Markovics). Festival de Berlín: Sección oficial de largometrajes. National Board of Review: Top 5 – Películas extranjeras del año.

El dilema que se les plantea a los prisioneros del film llena de angustia pues, desde mi modo de ver, el espectador puede identificarse con la dificultad que surge entre sobrevivir o morir y colaborar con el fin de la Guerra. Hay un desgarro interior en los personajes que es el de cada uno de nosotros en sus circunstancias. Es, pues, un drama digno de verse y que sirve a cada cual, para reflexionar sobre los límites a los que te somete la vida en casos extremos.

Hay también quien opina que la visión que aporta el film es la de un grupo de judíos favorecedores del régimen Nazi, que no hacen nada para evitar esta posición a cambio de mantener su estatus: higiene, comida razonable, camas confortables e incluso mesa de ping pon versus la tortura y la muerte. Y como alguien ha apuntado, Los Falsificadores es una película que hace entender mejor a los que callaron, a los que algunos llamaron cobardes. Pero las cosas, como ahora diré, no son tan sencillas.

En esta obra tenemos verdugos y víctimas. Los primeros son individuos con un Yo débil que necesitan, por tanto, de una identificación substitutiva con grandes grupos colectivos, para ser encubiertos por ellos; o sea, son gente compensada y amparada por el nazismo imperante y toda su parafernalia ideológica delirante. Gente peligrosa, facinerosa e inhumana, por lo cual y en suma, el tema de la película, desde mi modo de ver, se condensa en la idea, en su momento expuesta por el pensador Theodor Adorno, de que la “cosificación”, así como su extensión práctica, es condición de la propia existencia al interior de la sociedad despótica (nazi en el caso de esta film). En ella, el individuo es tratado como una mercancía más, como “carne de cañón”, y los personajes del film saben a ciencia cierta que el asunto se reduce a sobrevivir. No se consigue nada tratando a los seres humanos como si fuesen mierda, no es productivo. Es mucho más práctico tratar a la mierda como si fuesen seres humanos, se llega a decir en la película. Los falsificadores abordan la realidad de cómo el poder absoluto e irrestricto sobre otro ser humano y el tenerlo a su merced, no sólo hace aflorar lo peor del verdugo, sino también de la víctima. La víctima, impotente, se deshumaniza y pierde su dignidad de hombre. Así, lo realmente peliagudo de esta cinta es cómo se hace un negocio de la supervivencia.

Por eso este film es una obra arrojada, que ofrece un punto de vista que no es común cuando se toca una temática sensible como la de los campos de exterminio nazis. Por lo tanto la óptica que aquí se nos ofrece del Holocausto es insólita, en el amplio panorama de películas con esta temática, y la manera narrativa es correcta como para que el espectador mantenga un buen nivel de interés.

Y quiero concluir con una reflexión osada. Para ello advierto, tomando de nuevo ideas de Adorno, que no creo que haya nunca una completa garantía contra la reproducción de los campos de concentración, y que la cicatriz de Auschwitz y otros campos de exterminio es probable que jamás desaparezca. No obstante, los educadores podrían hacer su labor de tal modo que dichos campos, si reaparecen, no dispongan, al menos no con tanta facilidad, de verdugos y centinelas. Eso sí es una pretensión encomiable y plausible de nuestra civilización, si es que queremos mantenernos a flote, humanamente hablando.

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