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Guerra y libertad

Por Jorge Valle

¿Hasta qué punto puede ser legítima una guerra? ¿Existe una causa lo suficientemente razonable que justifique el hambre, la pérdida, el dolor y la muerte de millones de personas? Las mismas preguntas parece cuestionarse Ken Loach, director de El viento que agita la cebada, premiada en el 2006 con la Palma de Oro en el Festival de Cannes. La película está ambientada en la Irlanda de 1920, sacudida por una ola nacionalista que pretende liberar a la isla del yugo británico, cuyas tropas recorren pueblos y aldeas cometiendo toda serie de atrocidades y agresiones con los más pobres y desfavorecidos. Animado por las injusticias que tiene que presenciar cada día –incluido el cruel asesinato de uno de sus mejores amigos por negarse a decir su nombre en inglés-, Damien (Cillian Murphy) decide abandonar su prometedora carrera como médico para unirse a su hermano Teddy (Pádraic Delaney) y comandar una guerrilla que combata a los ingleses. A partir de ese momento, este joven íntegro, honesto y bondadoso será consumido por un amor desproporcionado hacia su país y su gente, un exagerado sentido del deber que le llevará a plantearse cuestiones y realizar acciones que jamás pensó que podría llegar a hacer. “He cruzado la línea, Sinead”, confiesa asustado Damien a su amada hacia la mitad de la película, sabedor de que ha entrado en una espiral de horrores del que difícilmente podrá escapar. O al menos volver a ser el mismo que pasaba sus tardes jugando con sus amigos al hurling en las verdes praderas de su querida Irlanda –hermosísima la escena inicial, que sirve como presentación al film-.

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Y es que la guerra nos convierte en bestias, sacando lo peor de nosotros mismos, movidos por un instinto de supervivencia casi animal. Es una droga que nos despoja de cualquier rastro de humanidad y nos condena a la muerte o a una existencia donde todas las noches las voces de aquellos cuya vida hemos arrebatado nos quiten el sueño y nos recuerden qué somos en realidad: asesinos, cobardes que prefirieron la violencia a la palabra. Porque, volviendo a las preguntas del encabezado, la ansiada conquista de la libertad –de expresión, de prensa, de reunión, de pensamiento- que persiguen los protagonistas puede parecer una razón lo suficientemente justa como para tener que recurrir a las armas, aunque sea a costa de ver arder tu casa ante tus propios ojos, de ver morir uno tras otro a aquellos a los que más amas, de traicionar a tu propia familia por unos ideales o de apuntar con un arma a un amigo con el que has compartido casi todo. En la guerra no hay espacio para la amistad, ni siquiera para uno de los amores fraternales más fuertes que se han visto en los últimos años en pantalla. Porque el respeto y el cariño que se tienen Damien y Teddy será puesto a prueba cuando lo que les separa empiece a ser más importante que lo que les une. Loach, desde una posición claramente socialista, critica a la burguesía y defiende al proletariado, mediante el acercamiento a los seres anónimos del mismo. Y es que en El viento que agita la cebada, que apela al realismo como arma para emocionar e implicar al espectador, los personajes no son héroes, sino individuos corrientes sacados de sus granjas, obligados por un poder superior e injusto contra el que solo cabe la rebelión. Qué triste es que se tenga que apretar el gatillo cada vez que se quiere conseguir un mundo un poco mejor.

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