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Gravity

Por Alejandro García-Castellano

Habría muy poco más que añadir a lo ya dicho a día de hoy sobre Gravity (id. Gravity, 2013, Alfonso Cuarón), y todo lo que se añadiera sería redundante y no aportaría, por consiguiente, nada nuevo a lo que hemos venido escuchando las últimas semanas. El largometraje de Cuarón se ha convertido desde su estreno en el Festival de Venecia, hace ya más de un mes, en el baluarte del buen cine; ese cine que encandila tanto a la crítica como al público más exigente y también embelesa a aquellos espectadores que sólo buscan disfrutar de un buen entretenimiento que esté a la altura del precio pagado por las cada vez más caras entradas. Gravity no sólo ha satisfecho unos expectativas que gracias a su predecesora, Hijos de los Hombres (id. Children of Men, 2006, Alfonso Cuarón), eran más que notables, sino que ha conseguido lograr lo que la primera obra maestra de ciencia ficción del cineasta mexicano no consiguió: convertirse en un fenómeno que ha traspasado los límites del celuloide para convertirse en un miembro de la cultura popular coetánea. Mentiría si dijera que Gravity me parece superior a Hijos de los Hombres, ya que, en mi opinión, la película protagonizada por Clive Owen contiene una humanidad de la que carece Gravity. No sé si mi posición sería la idónea para elaborar una comparación entre ambas películas, puesto que Hijos de los Hombres se ganó por méritos propios hace años su victoriosa entrada en mi lista de “Películas favoritas de todos los tiempos”. Pero evitando entrar en consideraciones personales, mantengo que Hijos de los Hombres es objetivamente -dentro de todo lo objetivo que puedas ser en el cine- mejor que Gravity, siendo esta última, no obstante, una obra culmen del cine moderno. Gravity es un espectáculo hermoso y fascinante que ha sabido mezclar, gracias al talento de su director, arte y entretenimiento de una forma que nunca antes habíamos experimentado en una pantalla de cine -con permiso de la omnisciente 2001: Una Odisea en el espacio (id. 2001: A Space Odyssey, 1968, Stanley Kubrick-. La hermosura de sus planos y del realismo del que están dotados transportan al público hasta las mismas alturas por donde revolotea Matt Kowalski y lo enfunden en un traje espacial, para que así pueda compartir el sufrimiento y la agonía que padece una correcta Sandra Bullock. Que si bien, no interpreta el papel de su vida como actriz -como famosa es otro cantar-, sí que cumple con el objetivo impuesto y consigue trasladar su angustia más allá de la pantalla logrando que los espectadores se emocionen y sufran al compás de la protagonista. No podría marcharme de aquí sin mencionar la maestría técnica que rezuma la película, en especial, ese primer plano-secuencia de más de trece minutos que abre el film y con el que Cuarón nos muestra en toda su plenitud, una fulgente tierra que se convertirá en el perpetuo fondo durante todo el largometraje. El director mexicano ha logrado posicionarse muy merecidamente a pesar de su escasa filmografía como uno de los referentes del cine a nivel mundial. Su nombre ya era, pero a partir de ahora lo será aún más, sinónimo de calidad y talento. Espero que no tengamos que volver a aguardar otros siete años para poder disfrutar de la brillantez de este artista.

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La película es casi perfecta en muchos sentidos. Ahora bien, aunque parezca lo contrario, lo que yo pretendía al comenzar a escribir esta “crítica” no era ensalzar, ni de lejos, a esta aventura espacial protagonizada por un insulso -como siempre- George Clooney, sino más bien criticar sus deficiencias -que las tiene, aunque, ¿qué película no?- e intentar argumentar de manera vehemente por qué el largometraje aún siendo un grandísimo film, no es la grandiosa película de la que la crítica y un amplio sector del público no paran de hablar.

Hace una semana, cuando los estudios y las responsabilidades por fin me dejaron tiempo para el ocio, decidí emprender un viaje que comenzó el sábado a mediodía y que me iría a llevar hasta dos de los lugares más emblemáticos del cine. Me sentía con fuerzas y ganas así que me armé de valor y me dispuse a ver en lo que creía yo, inconsciente de mí, que sería una sola mañana y parte de la tarde, dos Obras Mayúsculas del cine de todas las épocas y lugares: Fresas Salvajes (id. Smultronstället, 1957, Ingmar Bergman) de Ingmar Bergman y El Padrino (id. The Godfather, 1972, Francis Ford Coppola) de Francis Ford Coppola. Lo que en un principio se preveía como un día cinéfilo que culminaría con la visualización, ya en el cine, de La Gran Familia Española (id. La Gran Familia Española, 2013, Daniel Sánchez Arévalo), se tornó en dos mañanas de Cine. Bergman es suficiente Cine para un día. Al acabar por fin el domingo mi odisea cinematográfica pude reafirmar mi absoluta pasión desbordada hacia el célebre Séptimo Arte, y sacar de esta ratificada pasión varias conclusiones en relación a Gravity y su desbordado éxito. Ante todo me gustaría recalcar que mi gusto en cuanto al cine no se limita ni se centra, ni mucho menos, en películas “intelectuales y gafapasta”. He de reconocer que como cinéfilo empedernido disfruto con unas horas de esta clase cine, pero también me puedo enamorar de un Robert Rodríguez o de un Seth Rogen con su humor en estado de gracia. No tengo preferencias. Me gusta, en esencia, disfrutar de lo que veo.

Gravity ha sido tildada este último mes, y no en escasas ocasiones, de obra maestra. La película ha sido calificada como revolucionaria y se la ha concedido sin contemplaciones o esperas el título a mejor película del año -yo prefiero aguardar a la nueva incursión de los Coen para dar mi veredicto-. El destino del film, en base a lo dicho por las voces que se han alzado para vanagloriarlo, no parece otro que el marcar un antes y un después en la manera técnica de rodar las películas venideras. No son pocos los comentarios de entendidos en la materia que sin temblarles la voz, o más bien, los dedos sobre el teclado, afirmaban que Gravity estaba a la altura de lo conseguido por Kubrick y su película espacial o por la obra imperecedera de Ridley Scott: Blade Runner (id. Blade Runner, 1982, Ridley Scott). Incluso alguno ha declarado que Gravity es la mejor película del espacio jamás hecha. La pregunta que me hago y que traslado a ustedes es: ¿de verdad es para tanto?

Decir que Gravity es una obra maestra implica colocar a la película a la altura de títulos imborrables como Solaris (id. Solyaris, 1972, Andrei Tarkovsky) o Fellini 8½ (id. 8½, 1963, Federico Fellini). Para mí el término obra maestra es absoluto y no es posible encontrar películas que sean más obras maestras o menos obras maestras entre sí; una obra maestra no es más que eso, una obra maestra. Gravity ha conseguido en muy poco tiempo elogios suficientes que bien la hacen merecedora de esta categoría. Una crítica entusiasmada con el film de Cuarón y un público igual de entusiasmado han colocado, tanto al director como a su creación, en el Olimpo de los mejores. Cuando salí del cine después de ver Gravity el pasado cuatro de Octubre abandone la sala con una sensación muy distinta a la sensación con la que acabé el domingo una vez concluida mi Odisea de cine casera. Tras Gravity salí con la impresión de que en verdad estaba ante un gran espectáculo, de una belleza extraordinaria, que sin duda sería merecedora de muchos de los galardones este año y que si la academia quisiera redimir sus errores con la ciencia ficción tras todos sus garrafales olvidos, Gravity sería la mejor candidata con la que pedir perdón. Pero ahí me quedé. Gravity no me dijo más porque no dice nada más. En cambio, tras mi domingo de mafiosos y recuerdos perturbadores acabé con una impresión muy distinta. Esta impresión vino acompañada por una legión de sentimientos que hicieron aflorar en mí tantas emociones como preguntas. «¿Quién cree hoy en Dios?» le preguntaba Sara al profesor Isak Borg mientras sus dos compañeros de viaje se peleaban entre los arbustos intentando resolver con la fuerza, una cuestión que ni en el diálogo se encuentra la respuesta. ¿Quién cree hoy en Dios? Me hice a mí mismo la pregunta una y mil veces, haciendo las veces tanto de Sara como del laureado profesor protagonista del film de Bergman. Si por su parte Gravity quedó reducida a unos noventa minutos verdaderamente angustiosos, pero nada más; Fresas Salvajes me zarandeó y zarandeó haciendo que mi cabeza no parase de dar vueltas para al final seguir a mi lado en forma de pensamientos y reflexiones. Puede resultar algo abusivo confrontar una película recién estrenada, que apenas tiene “dos semanas de vida”, con dos portentos cinematográficos que marcaron un “antes y después” en los anales de la historia del cine, pero las tres han sido reseñadas como obras maestras -unas mucho antes que otras- y como tal, puedo establecer una comparación entre ellas que en términos absolutos es justa.

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La técnica de Cuarón es soberbia, vale. El aspecto visual y la tecnología creada para dotar a la película de esa consustancial hermosura es de “quitarse el sombrero”, vale. Pero el cine no es técnica ni tecnología, el cine es sentimientos e ideas, y la técnica y la tecnología deberían estar subordinadas a las emociones y trabajar conjuntamente para lograr transmitir al espectador con el mayor vigor posible esas ideas y sentimientos. De Gravity me esperaba lo mismo que sentí al ver llorar al bebe en Hijos de los Hombres entre los horrores de la guerra, y cómo el llanto conquistó los estruendos de la batalla que pasaron a ser silencio. De Gravity me esperaba la épica de El Pianista (id. The Pianist, 2002, Roman Polanski) o la humanidad de Olvídate de Mí (id. Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004, Michel Gondry), y lo que me encontré fue con una serie de catastróficas desdichas en el espacio. No hay más por mucho que intentes dar la vuelta a las cosas. Su guión tremendamente simple no puede estirarse más, aunque la simpleza del mismo no debe tomarse como una crítica. Gravity es la historia de una mujer que ha de hacer frente a las adversidades que un accidentado viaje espacial la depara. Eso es la película en toda su extensión. No hay mensaje detrás de eso. No hay simbología. La película es el mejor espectáculo visual pero es un espectáculo visual vacío. No tiene ideas ni interrogantes detrás de todo su armatoste, el espacio es suficiente para Cuarón. Una vez que sales de la sala del cine la película no te acompaña sino que se queda encerrada en la pantalla. En mi opinión, Cuarón ha intentado insuflar a la película un simbolismo mediante alegorías vacuas y planos con los que nos quiere hacer creer que el largometraje no está conformado solamente por una historia “sencilla” y unas imágenes preciosas. Y si no es así, los planos por ejemplo, de la cruz y Buda, o bien, Sandra Bullock agazapada en la Estación Espacial Internacional a lo 2001 como metáfora de ese “nuevo nacer”, parecen apoyar mi idea. Pero por mucho que se esforzara Cuarón en su momento, la película mantiene la simpleza de su idea y no va más allá, siendo una increíble experiencia para vivir en una pantalla de cine, pero, como ya he repetido antes, y no en pocas ocasiones, no es nada más. Llegados a este punto podría continuar diciendo: ¿y qué más da que Gravity sea sólo espectáculo? Como espectáculo es lo mejor que ha dado el cine en mucho tiempo y eso ya, viviendo los tiempos que nos ha tocado vivir, es muy meritorio. Y en verdad sí que lo es, porque el cine de hoy en día es cada más más deplorable. Los blockbusters que desembarcan procedentes de Estados Unidos son cada vez más deprimentes. Dinero, dinero y más dinero sin nada de talento que se traduce en un gran primer fin de semana en recaudación para luego pasar a mejor vida. Así que, si Gravity rompe con la tendencia que parece ir a acabar con el buen cine y nos presenta un producto novedoso y de una calidad enorme, ¿qué más da que no haya simbología o demás pajas mentales en la película? Y la verdad es que da totalmente igual. Hay que estar muy agradecidos a Cuarón por lo que ha hecho y esperar que en los próximos años saque algo de igual magnitud. El cine “masivo” que llega a las grandes salas de cine es de tan baja calidad que la llegada de una película como Gravity sólo puede ser motivo de alegría. Gravity supone una bocada de oxígeno que puede dar al cine algunos años más de vida.

Pero después de este aburrido discurso que he decidido exponer no puedo ni debo concluir de la misma manera en la que empecé: alabando el largometraje de Cuarón. Y no voy a hacerlo. Desde luego que Gravity como película es enorme. El cine es una simbiosis del arte y el entretenimiento y Gravity mezcla ambos elementos de una forma buena pero bastante mejorable. Aunque Gravity sea el súmmum del entretenimiento, su arte es vacío y superficial. Como película no aporta nada al espectador. El espectador que entra en la sala de cine es el mismo que tras más de 90 minutos agobiantes sale de la sala. ¿Hemos sufrido?, sí. ¿Hemos disfrutado de la belleza de sus imágenes?, sí. Pero ya está. Lo que me duele ver es como a una película como Gravity se la comprara tan impunemente con largometrajes que van más allá de todo frontera cinematográfica como Blade Runner o 2001: Una Odisea en el Espacio. Me duele ver que una película tan vacía como Gravity reciba más elogios y fama que Hijos de los Hombres. Me duele ver que el término “obra maestra” tenga en nuestros días un uso tan masificado y que con un poco que una película aporte ya baste para condecorarla con tan gloriosa medalla. Me duele ver como una película tan bella y profunda como Fresas Salvajes queda a la misma altura de una película que es sólo entretenimiento, por muy bueno que éste sea. Las películas deberían ser el reflejo de los pensamientos de su director, siendo este último el que debería encontrar la forma más entretenida de mostrar sus ideas. El cine debería ser el espejo del alma de un artista. El cine debería ser el retrato de una persona con sus ideas, fobias y sentimientos, tal y como sucede en las mejores novelas. Sí que es verdad que no podemos exigir a todas las películas que creen una historia con la profundidad y la humanidad que reivindico. Para que aparezca un Fargo (id. Fargo, 1995, Joel Coen) o un Annie Hall (id. Annie Hall, 1977, Woody Allen) debe de haber entre medias películas que sólo busquen lo que parecen buscar hoy en día todas: dinero y más dinero. El cine es también un negocio aunque ¡bendito negocio! Pero si bien no es a todas las películas a las que deberíamos exigir tan difícil cometido, sí que habría que demandar esto y más, a las mejores. Las películas galardonadas con el título de obras maestras deberían cumplir con este propósito, que si bien es ambicioso, no es imposible. Y Gravity no lo consigue. Gravity para mí un largometraje soberbio pero carente de sentimientos y humanidad. Gravity consiguió infundirme angustia y miedo pero de la misma manera en la que lo hizo Expediente Warren (id.a The Conjuring, 2013, James Wan) unos meses atrás, y no se está hablando de ambas películas de la misma manera -a pesar de las buenas críticas que recibió en su momento la película de James Wan-. Gravity es una película asombrosa y espectacular. Me rindo ante Cuarón y su talento. Ahora bien, no me rindo ante Gravity de la misma manera en que me rendí ante Hijos de los Hombres. Gravity es una película, Hijos de los Hombres es arte.

Comentarios

  1. Gravity, a través de las innovaciones técnicas y el uso del 3D, alcanza un nivel soberbio. Además, me parece una cinta trepidante, hay largos momentos de tensión y angustia. Es una película como Avatar, pierde mucho si no se ve en pantalla grande, con sonido envolvente y en 3D. Verla en casa por segunda vez no será lo mismo pero como experiencia, es la mejor que he tenido en una sala de cine.

    Por todo eso yo la definí como “una obra maestra de nuestro tiempo”, que no es lo mismo que una obra maestra como bien apuntas.

  2. Dicho esto, he de decirte que yo si veo humanidad en la película. Veo una lucha por la supervivencia, una mujer que quiere volver a casa, un ser humano que ha recuperado la fe por vivir. Gravity esconde más de lo que parece, una historia sencila pero no tan vacua como se dice.

    En mi caso por ejemplo, me costó creeerme “Hijos de los hombres”. En fin, la subjetividad infinita del cine, del arte. Yo podría hablarte de películas que han removido mi conciencia de una manera asombrosa, cintas o personajes que han tocado mis puntos vulnerables de una manera que no te creerías pero si soy objetivo muchas de ellas no son obras maestras. Sin embargo, para mí, son las películas de mi vida y eso a veces es más importante.

    Lo de obra maestra es algo que va ligado con la objetividad y por tanto siempre va a ser un termino que cree polémica.

    Un saludo ;)

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